Peripecias del hada torpe Titania (Episodios I al VIII, reescrito)

Salva Carrión

 

PERIPECIAS DEL HADA TORPE TITANIA (Episodios I al VIII Reescrito)      

  

EPISODIO    I

Un Hada Torpe en el Bosque Nevado

Titania era un hada. Y ése era, precisamente, su mayor problema. Poseía un talento innato para la calamidad, una habilidad tan persistente que la purpurina, las mariposas rosas y cualquier elemento mágico con un mínimo de instinto de supervivencia huían despavoridos a su paso. Sus desgracias quedaban fuera de las consideraciones románticas: dejaban una estela de pequeños desastres. En su extenso historial de "gestas épicas" figuraban hitos como derribar colmenas de abejas con problemas de ira o confundir a osos pardos en plena hibernación con alfombras especialmente mullidas.

Fue una gélida noche de invierno cuando su pie encontró una placa de hielo traicionera. El resbalón no sorprendió a nadie, pero la estruendosa aparatosidad de la caída hizo que hasta los búhos cerraran los ojos por lastimera empatía y no morir de carcajadas.

—¡Maldito infierno y sus infernales placas de hielo! —exclamó Titania, aunque el insulto sonó más como un gorgoteo, ya que tenía la boca atiborrada de nieve.

Se levantó con la dignidad maltrecha y un pegote de nieve adherido a su retaguardia. Cojeaba tambaleándose y sus finas alas, que en teoría deberían ser un prodigio de elegante finura, ahora parecían dos pañuelos arrugados y mojados. Chorreaban una tristeza tan pegajosa que hasta los copos de nieve a su alrededor se encogieron de hombros con resignación, desviando su tranquila trayectoria para evitar chocar contra ella, y no contagiarse de su mala suerte.

Para empeorar la situación, el Bosque Nevado que ya llevaba un par de siglos soportando sus impericias, se estaba quedando sin paciencia vegetal. Los aterrizajes forzosos de Titania habían aplastado más brotes verdes de invierno que una estampida de renos con prisa, y sus hechizos de embellecimiento personal habían convertido un venerable abeto milenario en una especie de escoba de bruja adornada para un aquelarre de maleficios.

—¡Otra vez ella! —se quejó un roble centenario agitando sus ramas desnudas hacia un grupo de chopos jóvenes que ya consideraban declararse en huelga de fotosíntesis—. Con cada patinazo, este bosque se llena de más miseria. ¿Habéis visto cómo dejó la ladera del Cerro del Suspiro Congelado?  Parece que por allí ha pasado una manada de troles con resaca.

Y, para colmo, esa noche empezó a caer nieve ácida. O eso juraba Titania, mientras se frotaba los ojos para aliviar el picor. Lo cierto es que eran solo lágrimas de frustración que su orgullo de hada se negaba a reconocer.

—¡Estos sucesos empobrecen mi rol de ninfa mágica! —gimoteó, resbalando de nuevo y aterrizando sobre una pila de bellotas congeladas con un sonoro "¡Ouch!".

La gota que colmó el vaso para el Bosque Nevado llegó durante una noche de fatal insomnio para Titania.

Cansada de ser el constante amortiguador de sus caídas proporcionando una blanda nieve, la Reina de las Nieves se le apareció. Viendo que todos los habitantes del bosque y ella misma eran víctimas constantes de los traspiés causados por la torpeza de la pobre Titania, decidió retarla a un duelo.

—Basta, Titania —sentenció la Reina con una voz que recordaba el crujir de un glaciar al quebrarse—. Eres un peligro público para el ecosistema. Te reto a un combate para decidir tu permanencia en estos dominios.

Pero no sería una lid de varitas o espadas; eso sería demasiado limpio. El arma elegida fue una humilde escoba de barrer hecha de ramas, y el escenario, el "Foro de los Bardos Irredentos". Un claro escondido entre alerces viejos donde los trovadores druidas se reunían para ensayar sus poemas insufribles. Titania los llamaba "los bardos del chirrido", pues sus malos versos y desentonaciones le provocaban una migraña inmediata.

—¡Protesto por la elección del lugar! Los insoportables falsetes de esos poetastros dañan los oídos— gritó Titania, empuñando su rama como si fuera la Excálibur de las hadas. No obstante, para igualar las condiciones de la lucha, dejó su poderosa varita metálica junto al tronco grueso de un árbol cercano.

La batalla fue tan épica como ridícula. La Reina de las Nieves, altiva y majestuosa, se organizó en pequeñas ventiscas que arremetieron contra ella con furia invernal. Titania patinaba frenéticamente intentando golpear a la Reina con su escobón de ramas, mientras ésta le lanzaba tremendos copos de pedrisco seco.

Al tiempo, los bardos, observando a distancia prudente esa pelea y con un resfriado monumental, seguían recitando:

—“Oh, escarcha diamantina del alma pura, que besas el rocío etéreo al alba nocturna; ven y canta con nosotros esta cantiga...”

El público de la batalla, ajeno al origen de la contienda, eran los árboles, y algunos habitantes curiosos. Al final, no hubo un ganador claro. La Reina terminó un poco más "evaporada" de lo habitual debido al esfuerzo y Titania acabó más destartalada y con un nuevo chichón en la cabeza. Además, en el ardor de la batalla, tropezó involuntariamente con su varita mágica que quedó partida en dos fragmentos y, siendo ya noche cerrada, no pudo encontrar la parte perdida.

El Bosque Nevado suspiró aliviado. Al menos por esa noche, la incapacidad de Titania había encontrado un nuevo y peculiar escape. El hada torpe, después de horas vagando por el lugar y aguantando otras caídas y golpes, decidió buscar un cobijo seguro para poder descansar y recuperar su dignidad herida. Encontró una cabaña de leñador y allí se adentró para refugiarse.

Como no había luz suficiente, entró a tientas tropezando con cada mueble. Se cayó y avanzó a gatas por el suelo, palpando la oscuridad hasta que sus manos dieron con lo que parecía ser un camastro. Exhausta, después de tanta lucha, se dejó caer sobre el catre y, en ese instante, oyó un inesperado quejido que le erizó su cabellera. El grito lastimoso venía del camastro mismo sobre el que se había echado. No podía ver nada, aunque pronto descubrió quién era el causante del aullido.

Había aterrizado directamente sobre el pecho de un leñador que dormía plácidamente. Para colmo de males, la media varita que Titania aún sostenía se había clavado en la frente del hombre, rozando peligrosamente su ojo.

El hombre, sin saber lo que tenía encima, apartó el pesado bulto con brío, tirando a la pobre Titania contra el suelo.

Atónito y dolorido, el leñador encendió un candil. Bajo la luz vacilante de la llama, el leñador, medio aturdido y con el juicio nublado por el golpe, miró a la extraña criatura. Titania estaba sentada en el suelo, despeinada y con los ojos abiertos como platos. Por un extraño capricho del destino (o quizá por la conmoción cerebral), el leñador no vio a un hada desastrosa, sino a la doncella más bella que jamás hubiera pisado el bosque.

Titania, con su cabeza todavía dándole vueltas, notó el hilo de sangre deslizarse por la frente del leñador y se sintió culpable. El instinto de ayudar superó su desconcierto. Miró la herida causada, extrajo cuidadosamente el metal de la frente de aquel hombretón e invocando el poder benefactor que quedaba en el resto de su varita, profirió un adecuado hechizo curativo. Y para su propia sorpresa, la magia hizo su trabajo. La lesión se curó al instante, y el brillo de la sanación envolvió el lugar. Una gasa de luz cálida y pura protegió la herida, cerrándola al completo sin dejar rastro de cicatriz alguna. El leñador, suspirando con una paz poco habitual, se desplomó de nuevo en su colchón, sumido en un sueño reparador.

Y las cosas empezaron a salir tan aceptablemente bien que Titania empezó a ser considerada un hada igualmente torpe, pero algo más caritativa.

Mientras tanto, los copleros resfriados seguían en su mundo, sin saber que casi habían sido barridos por un hada y una montaña de nieve, en una protesta cósmica contra sus estridentes tonadas y rimas desconcertantes. Quizás el bosque disfrutaría de unos días de paz antes del próximo desastre que, sin duda, volvería a protagonizar aquella hada torpe.

Y los bardos, sin saber la verdad detrás de la historia, cantarían las peripecias de esta inexperta hada Titania.

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 Episodio II

El amigo leñador y las ardillas

 Recordemos al leñador herido en su cabaña: un fuerte golpe en la cabeza y la varita del hada clavada en su testa lo habían desorientado. Al principio, en medio de la confusión creyó que Titania era la criatura más hermosa del mundo. Un momento después, cuando su mente se despejó, la cruda realidad lo golpeó: no era una ninfa celestial, sino un ser poco agraciado y torpe que casi lo deja sin un ojo.

Titania, por su parte, intentaba mantener la compostura mientras su ala izquierda emitía un chirrido similar al de una puerta oxidada. Al verse reflejada en un trozo de espeje, se ajustó los restos de su peinado (que ahora parecía un nido de pájaros tras una tormenta) y murmuró que el estilo "caótico" era la última tendencia en la Corte de las Hadas. El leñador la observaba con una mezcla de gratitud y pánico, preguntándose si el siguiente hechizo para "limpiar la cabaña" terminaría con el tejado en el fondo del valle.

Sin embargo, leñador no podía ignorar un detalle asombroso: la magia caótica de Titania había sanado su herida por completo, sin dejar ninguna marca. Convencido de que la varita rota del hada aún conservaba un poder único le razonó una propuesta:

—No busques ser el hada más prestigiosa ni la más perfecta. Solo tienes que aprender a controlarte. Yo te ayudaré, y a cambio, me darás un poco de tu hechicería para proteger mi hogar del frío y de las malvadas sorpresas de la noche.

Titania, cansada de ser un desastre volando y sin más opción, aceptó un poco resignada. De esta manera amable, el leñador se convirtió en su inusual mentor. Le enseñó a canalizar su magia a través de tareas sencillas: en lugar de lanzar hechizos grandiosos, debía arreglar goteras, encender la chimenea con un solo soplo o transformar ramas caídas en leña. Le mostró que la verdadera ilusión no reside en lo espectacular, sino en el auto control y en la utilidad.

No fue un camino fácil. En su primer intento por encender la chimenea con un soplido mágico, Titania terminó chamuscando las cejas del leñador y convirtiendo el fuego en un coro de llamas azules que cantaban baladas tristes. Cuando intentó arreglar una gotera, el agua no dejó de caer, sino que empezó a saber a limonada tibia, lo cual era agradable pero poco práctico para dormir. El leñador, con una paciencia infinita, le recordaba que la magia es como un hacha: si no la diriges con el brazo firme, terminas cortándote un pie. O en su caso, convirtiendo las botas de cuero en dos conejos asustados.

Mientras tanto los bardos, que ya conocían esta curación inesperada, también empezaban a comprender esta insólita y nueva relación. Ahora elogiaban al hada, y sus nuevos cantos versaban sobre “La humilde maga buena que curó al esforzado leñador". Los rumores de su prestigio crecían sin que ella se diera cuenta. La razón verdadera se encontraba en la cabaña, donde el hada torpe vivía provisionalmente, y por fin aprendía a dirigir su poder, con menos arrogancia, y con la sencilla pretensión de hacer las cosas mejor y ayudar a los demás.

El leñador, con su pragmatismo habitual, le dio el consejo más sabio que pudo:

—Cuando seas tú misma, sin compararte ni competir con otros, es cuando los demás aprenden a respetarte. Por eso, no trates de cambiar el bosque, Titania. Ayúdalo a recordar lo que ha olvidado para que pueda aprender de sus errores.

Con su media varita y una recién adquirida confianza en sí misma, Titania se dispuso a afrontar nuevos desafíos. En lugar de lanzar hechizos caprichosos, decidió realizar acciones bondadosas que iban más allá de la prestidigitación.

Su salida de la cabaña fue casi triunfal, si no contamos el hecho de que se enganchó el vestido con un rosal y tuvo que pedirle a un escarabajo que la desenredara. Pero Titania caminaba con una nueva determinación. Ya no buscaba la explosión de luces de colores que impresionara a las otras hadas; ahora se conformaba con no tropezar con sus propios pies, lo cual, para ella, ya era un avance metafísico de proporciones épicas.

Primero, se dirigió al territorio de unas ardillas que peleaban constantemente por las bellotas. Titania encontró a Pinky, una ardilla joven y ambiciosa, con el hocico hinchado debido a una pelea con otra ardilla por disputar una bellota especialmente grande y apetitosa. En vez de curar su herida con un simple hechizo, el hada se sentó y observó. Se dio cuenta de que el problema real no era la falta de bellotas, sino la rivalidad y el recelo entre ellas. Las ardillas escondían sus provisiones en ciertos lugares del bosque, desconfiando las unas de las otras.

Titania decidió intervenir de una manera diferente. Usando su magia de una forma que el leñador le había inspirado, hizo que un solo puñado de bellotas se multiplicara y aparecieran al alcance en todos los rincones del bosque. El efecto visual era impresionante,  pero la lección era más profunda. Al ver que había más que suficiente para todas, las ardillas dejaron sus disputas comunitarias. Pinky sanó su hinchada nariz rápidamente y quedó más linda que antes del golpe.

Pinky se miró en el reflejo de una gota de rocío y, al verse tan recuperada, estuvo a punto de morder otra vez a su vecina por pura costumbre competitiva. Sin embargo, Titania carraspeó con un sonido que recordaba a una campanilla desafinada. El hada, en un alarde de su nueva "maestría", intentó hacer un gesto elegante de paz, pero terminó dándose un golpe accidental con la media varita en el codo, lo que provocó que un chorro de chispas doradas bañara a las ardillas. El susto fue tal, que las criaturas se abrazaron las unas a las otras, descubriendo por accidente que el calor corporal ajeno era tan necesario como una bellota solitaria.

Titania no se detuvo ahí. El encantamiento también dio a las bellotas un resplandor suave y cálido que solo era visible para las ardillas, un brillo que simbolizaba la generosidad. Con ese gesto, Titania les enseñó que la verdadera riqueza es algo más que acumular bienes. Es también la seguridad de saber que hay bastante para todos, junto con la bondad de la ayuda mutua. A partir de ese día, las ardillas comenzaron a compartir sus alimentos y a trabajar en equipo, demostrando que la mejor magia es la que une a la comunidad.

Titania se marchó del sitio con una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndose una heroína de leyenda. Estaba tan distraída saboreando su éxito que no vio la rama baja de un castaño que tenía delante. El golpe resonó en todo el bosque con la contundencia de quien ha intentado ser elegante y ha conseguido exactamente lo contrario, y mientras las ardillas la veían alejarse dando tumbos y saludando a árboles inexistentes, comprendieron que su salvadora era especial. No porque fuera perfecta, sino porque era la única criatura capaz de salvar el mundo y caerse en un charco en la misma frase.

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EPISODIO    III

La flor del odio

Por el corazón del Bosque Nevado, donde los inviernos eran tan antiguos como la propia arboleda, vagaba el hada Titania meditando sobre cómo mejorar el hermoso entorno natural del bosque. A diferencia de las otras hadas que presumían de una gracia innata, ella ostentaba una ligera torpeza que la unía inseparablemente a su sombra. Aquella mañana, en un intento por "decorar" el sendero, había estornudado mientras invocaba un adorno de verdor extra. El resultado fue un grupo de conejos transformados en esferas de nieve parlantes que rodaban loma abajo quejándose amargamente del mareo en un dialecto agudo.

Titania suspiró, ajustándose sus alas desparejas. Su sombra siempre parecía llegar un segundo más tarde a sus movimientos, lo que provocaba que tropezara con raíces invisibles, dejando tras de sí pequeños cráteres donde otras hadas dejarían pétalos de rosa. En la jerarquía del universo mágico, Titania era un pie de página cómico, una maga de la cual las demás colegas se compadecían con sonrisas condescendientes mientras ellas tejían auroras boreales con dedos de seda.

Titania, consciente de su condición, pasaba la mayor parte del tiempo hospedada en la acogedora cabaña de su nuevo amigo el leñador; un hombre solitario y gruñón que, en poco tiempo, se había convertido en su único amigo, confidente y sabio consejero.

—Has vuelto a convertir la fauna en artículos de decoración, ¿verdad? — le espetó su buen amigo.

—Fue un accidente de trayectoria mágica —replicó Titania, sentándose en un taburete que crujió peligrosamente—. Dicen que mi sortilegios son "impredecibles".

 —Yo lo llamaría "falta de puntería" —sentenció el leñador con una chispa de afecto en sus ojos cansados.

Sucedió que el bosque se enfrentó a un inesperado desafío cuando una extraña enfermedad, a la que los sabios ancianos llamaron “La Flor del Odio", comenzó a marchitar las raíces de los nobles árboles. En realidad, era un hongo negro, un parásito que trepaba por los troncos como venas de alquitrán. Donde esa flor tocaba la madera, la vida se evaporaba, dejando un rastro de ceniza fría.

Las hadas más poderosas del consejo intentaron de todo. Y observaron que ni los conjuros más enérgicos ni las pociones más antiguas lograban erradicarlo. En un acto de desesperación absoluta, las etéreas damas del bosque acudieron a la cabaña.

—Titania, dijeron con voces temblorosas, usa tu... extraña energía. Quizás un desastre tuyo anule este otro desastre natural.

Titania se desplazó hacia el foco de la infección. Observó las manchas oscuras con la mirada práctica de quien ha pasado horas viendo a un hombre solitario limpiar su casa. Notó que el hongo evitaba los claros donde el Sol, aunque débil, lograba tocar el suelo. Se alimentaba del aire viciado y de la madera ya podrida que las hadas, en su afán por mantener el bosque intacto, se veían incapaces de retirar.

—No necesito varitas —anunció Titania ante el horror de sus compañeras.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó la Suma Hechicera.

—Voy a pedir la ayuda de mi nuevo amigo y hacer una limpieza profunda.

Las hadas protestaron, viendo en ese acto una herejía contra las tradiciones más ortodoxas de la ancestral práctica de la ciencia taumatúrgica.

Ante los gritos de "¡herejía!" y "¡sacrilegio!" de algunas hadas ancianas, el leñador llegó con su pesada hacha de hierro al hombro y comenzó a talar los árboles enfermos que fueron cayendo uno a uno, abriendo un hueco masivo en el centro del bosque. Titania, en lugar de lanzar rayos destructores, simplemente utilizó un pequeño destello de su mística para apartar las densas nubes que obstaculizaban la entrada de luminosidad en la enramada.

La luz del mediodía cayó como una cascada de oro líquido sobre el claro. Al contacto con los rayos puros y el aire renovado, los microorganismos de la Flor del Odio se disolvieron en un humo inofensivo. El hongo no necesitaba un contrahechizo; necesitaba higiene y ventilación.

Las otras ninfas habían estado observando todo desde las ramas altas, escandalizadas por el ruido del metal contra la madera. Para ellas, la magia era un susurro inaprensible, no el sudor de un leñador y el serrín volando por los aires.

—¡Es una carnicería estética! —exclamó la Suma Hechicera, tapándose los ojos ante el primer tronco caído.

Sin embargo, cuando vieron que los brotes verdes renacían con una solidez que sus pociones nunca lograron, el desprecio se tornó en una confusión silenciosa. Titania, con las alas llenas de resina y una sonrisa jovial, se limitó a levantar su mirada de satisfacción y a saludar a las protestonas ancianas.

Desde aquel día, en el manual de la Academia de Taumaturgia, se añadió una nota a pie de página muy discreta: "En caso de oscuridad persistente, consultar con el servicio de mantenimiento".

La enfermedad se curó con la combinación del trabajo duro del leñador y la lógica funcional del hada.

Los bardos, fascinados,  no tardaron en embellecer la historia. En sus canciones, Titania había luchado contra una supuesta entidad demoníaca usando la "Luz de su Alma Inocente". Pero en la cabaña, mientras el hombretón afilaba de nuevo su hacha y Titania intentaba, sin éxito, no tirar su taza de té, ambos compartían una sonrisa cómplice.

A veces, el mejor hechizo es un hacha bien afilada y un poco de sentido común. 

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 EPISODIO    IV

El corazón helado

Los recientes éxitos de Titania habían volado por el orbe forestal más rápido que un polen en primavera. Sin embargo, por dentro, ella seguía sintiendo ese pequeño nudo de inseguridad; ya sabes, ese miedo a que, en el momento más épico, sus alas decidieran irse a la izquierda mientras ella quería ir a la derecha.

Una mañana, mientras Titania intentaba meditar (y luchaba por no quedarse dormida en una posición ridícula), apareció Kerencio, el ruiseñor mensajero, que era tan alborotador como extremadamente dramático. Con trinos que sonaban a ópera trágica, le entregó el mensaje del Gran Alerce. El patriarca del bosque la reclamaba: el Mago Kaldurio, un tipo con un ego más grande que un abeto y con muy poco sentido del humor tras ser expulsado de la Asamblea General de Magos Sabios por sus continuos daños a la naturaleza, había proferido un terrible conjuro que congelaba las emociones de todos los seres, convirtiendo sus corazones en piedras volcánicas, inertes y frías.

Ocurrió que las risas se extinguieron, emergieron antiguas rencillas y los abrazos se convirtieron en espinas agudas. Los cantos de los bardos se volvieron aún más insoportables y carentes de toda expresión lírica.

El Gran Alerce, que tenía las ramas tan tiesas que parecía un perchero gigante, le confesó a Titania la verdad: su magia "imperfecta" era la única esperanza.

Por sus experiencias anteriores, Titania comprendía que sus buenas artes por sí solas no serían suficientes y decidió emplear una estrategia diferente para combatir el embrujo, con un plan que seguiría diferentes pasos.

Por la mañana acudió al claro donde los rapsodas solían ensayar sus estridentes cantigas y, viendo que estaban adormecidos e indolentes, les recordó que la finalidad de su talento también integraba el relato de las antiguas gestas para que las nuevas generaciones no olvidaran el legado histórico de sus ancestros. Y, claro, aprovechó para contarles la historia de su cómica primera caída, llena de torpeza y desdicha, provocando en ellos las primeras risas que hacía días que no se escuchaban en el bosque. Éstos se sintieron más animados y motivados.

Luego se sentó a la sombra del Gran Alerce a quien acompañó durante toda la tarde, con el fin de traerle a la memoria algunas historias sobre los pequeños sucesos cotidianos que ella presenciaba cada día en el Bosque Nevado: que si los caracoles habían organizado una carrera ilegal, que si una ardilla había olvidado dónde enterró sus nueces por quinta vez.

El venerable árbol comenzó a sentir un cosquilleo en las raíces. Su savia, antes espesa y fría, comenzó a fluir como chocolate caliente. Al sonreír el Alerce, el bosque entero recibió una señal contagiosa: era hora de descongelarse.

Poco a poco, Titania fue sintonizando su propio sosiego y armonía con todo el hábitat. Las emociones volvieron a emerger de forma natural y a llenar de gozo el lugar.

Con este renovado ambiente de júbilo, los gnomos reanudaron sus reuniones alrededor de su acostumbrada y ritual hoguera para escuchar las narraciones de los hechos más hilarantes que habían protagonizado algunos habitantes del boscaje.

La compañía optimista de Titania se extendió por el frondoso verde corroborando que su sana disposición por sí sola era capaz de transformar lo negativo en algo positivo.

¿Y qué hay de nuestro villano? Kaldurio observaba desde su bola de cristal, esperando ver caos y lágrimas. En su lugar, vio gnomos haciendo hogueras y contando historias divertidas de los demás hermanos.

Rabioso, intentó lanzar unos cuantos rayos de "Mala Suerte" y "Agua Fría", pero el ambiente era tan positivo que los hechizos rebotaban en el alborozo general como si fueran pelotas de goma.

­­­­­­­­­­—¡No se puede trabajar así! —, gritó Kaldurio mientras guardaba sus bártulos maléficos en una gran bolsa de corteza de abedul.

Se marchó del bosque con un berrinche tremendo, murmurando que se mudaría a un desierto donde no hubiera hadas tan... "eficientes".

Los bardos cantaron esta nueva hazaña de Titania, elogiando el calor que su buen corazón había irradiado sobre los demás, deshaciendo así el hielo que había congelado y alterado el habitual ritmo del lugar.

Los ánimos y la concordia retornaron a los habitantes de este bosque tan amigable y confortable para todos.

Y el astro Sol volvió a caldear la vida cotidiana, gracias a la mediación acertada de la casi menos torpe hada Titania.

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    EPISODIO   V

    El Guardián de las Luminarias

Tras el incidente del "Corazón Helado", la reputación de Titania había dado un giro inesperado. Había pasado de ser "aquella que casi incendia el arroyo por error" a ser "la experta en soluciones alternativas y raras". Este rumor llegó hasta las emplumadas orejas de Elikoldo, el Guardián de las Luminarias. Este ser de legendaria estirpe era un majestuoso búho nival, cuyos ojos reflejaban la sabiduría de los siglos y una dignidad tan alta que a veces se golpeaba con las estalactitas de la cueva. Su excelsa misión consistía en vigilar las luminarias de las cuevas, unas formaciones de cristal rocoso que crecían en las bóvedas de las cuevas más profundas del Bosque Nevado. Estos cristales solían encenderse con la Luna llena, sirviendo de orientación a las criaturas perdidas.

La importancia de estos cristales no era baladí. Sin su guía, los tejones se perdían en sus propias madrigueras y los ratones de campo terminaban organizando picnics en el territorio de los zorros por pura desorientación. La luz que emanaban era un titilar azulado al unísono con el bombear del corazón del bosque. Pero ahora, el silencio visual era aterrador. Las paredes de la gruta principal, antes cubiertas de un musgo iridiscente que se alimentaba de la mirada de la Luna, se estaban volviendo grises y excesivamente aguadas.

Sin embargo, hacía un tiempo que los túneles estaban sumidos en una oscuridad absoluta. y nadie sabía el por qué. Otros guardianes y hadas de la alta alcurnia —de esas que llevan la varita pulida con cera de abeja premium y jamás se despeinan— habían intentado sin éxito alguno reanimar la cueva con conjuros de iluminación extra mágica y discursos motivacionales en verso heroico.

Elikoldo abrumado por el fracaso, se sentía tan inútil y desesperanzado, que ya ni parpadeaba. Estaba sumido en una melancolía tan concentrada que parecía un puré de patatas congeladas.

Titania, alertada por las criaturas de la superficie que temían que las noches del invierno se volvieran eternas sin la guía lunar, se aventuró a entrar en las profundidades de la caverna,

El camino hacia las profundidades no fue fácil para alguien con el sentido del equilibrio de una peonza delgada. Las paredes de la gruta estaban resbaladizas por la humedad y Titania tuvo que usar sus alas para esquivar los obstáculos y frenar sus constantes caídas. En una ocasión, se quedó enganchada de un saliente por el dobladillo de su falda, quedando suspendida como un farolillo, iluminando temporalmente el laberinto, mientras intentaba recordar si el hechizo de levitación era "Levitatum" o "Levita-al-tun-tun". Finalmente, consiguió volver al suelo y, tras descender por un túnel que olía a tierra mojada y sueños olvidados, llegó a la cámara troncal.

Al llegar, el panorama fue desolador. No encontró a un imponente guardián, solo a un ovillo de plumas que parecía un plumero viejo abandonado tras una mudanza. Titania, haciendo gala de su habitual elegancia, entró en escena tropezando con la única piedra lisa del suelo y aterrizando de bruces frente al búho. El estrépito repercutió en todo el subsuelo.

—¡Eh... lo he hecho a propósito para comprobar la resistencia del suelo! —exclamó mientras se levantaba y trataba, con poco éxito, de quitarse un hongo seco que se le había enredado en el ala. Se sentó junto al gran ave y le alentó: —Elikoldo, cuéntame qué te consume.

El búho irguió su alba cabeza. Sus grandes ojos ambarinos, llenos de pesar y algunas lágrimas, se fijaron en ella.

—Siento un vacío, pequeña Titania —ululó con una voz que sonaba a mina polvorienta —Soy un guardián fundido, un ave vieja y tonta sin poder de iluminación. Los cristales se apagaron y mi dignidad se fue con ellos. He olvidado cómo ser la chispa que inicia el fuego. Las otras hadas dicen que es un problema de flujo místico, pero yo creo que simplemente el mundo se ha cansado de mi brillo.

—Los cristales callan, es cierto —dijo Titania con una leve sonrisa—, pero las estrellas siguen ahí, ¿verdad? ¿Acaso han dejado de existir solo porque no puedes verlas ahora? Tú eres el Guardián, Elikoldo. ¡Anímate! Si yo sigo aquí después de mis desastres, tú también puedes con unos cristales un poco tímidos. Aprende de mis errores, ¡que son mucho más divertidos!

Elikoldo suspiró, soltando una pequeña tos de plumón. —¿Divertidos? Titania, la oscuridad no es divertida. Es el olvido.

—No, Elikoldo", replicó ella, sentándose de piernas cruzadas sobre el suelo. La oscuridad es solo un lienzo sin pintar. El problema es que buscas la luz en esos cristales que parecen joyas de escaparate, cuando la que importa es la que te permite reírte de ti mismo cuando te equivocas. Mira esto.

Y para animarlo, decidió hacer algo práctico. En lugar de usar magia de luces, que probablemente habría causado un cortocircuito en la estancia, usó la punta de su varita como si fuera un carboncillo. En el suelo húmedo empezó a dibujar unas constelaciones: Casiopea (que le salió un poco bizca), los dos Carros, el Lince y la casa de Cefeo.

—¿Recuerdas cuando intenté participar en el concurso de vuelo rápido? —continuó ella mientras dibujaba—. En plena carrera, por no atropellar al ruiseñor Kerencio, me desvié y choqué con el Gran Alerce. Todo el bosque se moría de la risa. Fue humillante, sí, pero fue una acción noble para no lastimar al ruiseñor. Al final, lo importante es ayudar, sin importar nuestro orgullo personal.

Elikoldo soltó un chillido largo que resultó ser una risotada. Al principio fue un hipo, luego un gorjeo y finalmente una carcajada que hizo temblar las estalactitas. Un destello de vida regresó a sus ojos. Al ver que incluso un hada que se empotraba contra los árboles mantenía el tipo y encontraba valor en su propia torpeza, se sintió repentinamente menos viejo y tonto.

El búho miró los dibujos en el suelo. Aunque estaban un poco desproporcionados —el Lince parecía más bien un gato gordo con indigestión—, había algo en ellos que denotaban espontaneidad, no perfección gráfica. Titania no estaba intentando ser perfecta; solo pretendía ser útil y restablecer el orden habitual del encendido.

—Sabes, Titania —dijo Elikoldo recuperando un tono de voz más firme—, siempre pensé que mi luz venía de los cristales. Pero ahora entiendo que los cristales solo son espejos. Si yo estoy apagado por dentro, ellos no tienen nada que reflejar.

Con el ánimo renovado y las plumas un poco más peinadas, Elikoldo se puso en pie. Estiró sus majestuosas alas —casi golpeando a Titania en la nariz— y localizó un finísimo rayo de luna que se colaba por una grieta del techo.

Con una precisión que solo mil años de experiencia otorgan, el Gran Búho captó ese haz de luz con sus ojos y lo reflejó directamente hacia los cristales. ¡Zas!, y la cueva estalló en un caleidoscopio de colores. La iluminación regresó y se multiplicó con más esplendor que antes. El azul de los cristales se mezcló con el violeta de las sombras y el esplendor de la alegría de Elikoldo. Las paredes de la gruta empezaron a entonar un zumbido cristalino. Los dibujos de Titania en el suelo resaltaron también, como si la tierra misma quisiera participar en el espectáculo. La oscuridad, que antes parecía una pared sólida, se convirtió en un mar de reflejos plateados.

Los cristales se encendieron, proyectando las constelaciones que Titania había dibujado en el suelo directamente sobre las paredes de roca, transformando la gruta en un planisferio mágico. Elikoldo volvió a ser el Guardián de las Luminarias, pero esta vez con una sonrisa en el pico y una mirada mucho más segura.

Titania se marchó sacudiéndose el polvo de la falda y tratando de disimular que se había puesto las botas al revés en las prisas por entrar. Se sentía satisfecha. Había aprendido que, a veces, para encender una luz en la oscuridad sobran los hechizos; basta con recordar que todos, incluso las leyendas, tenemos derecho a tropezar de vez en cuando.

Al fin y al cabo, el verdadero resplandor no es el que ciega, es aquel que te ayuda a encontrar el camino cuando creías que todo estaba perdido.

Al salir de la cueva, Titania tropezó con una raíz y rodó unos metros por la pendiente. No tuvo que lamentar la rotura de ningún hueso, se recostó sobre el cómodo suelo de hierbas y aprovechó para contar las estrellas que ahora brillaban con más pujanza que nunca.

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 EPISODIO   VI

La cabaña de primeros auxilios y los bardos afónicos.

El Bosque Nevado solía ser un lugar de constantes sobresaltos gracias a Titania, un hada más célebre por su propensión a los tropiezos hilarantes que por su magia. Antes, las criaturas la evitaban, aterrorizadas por los destrozos involuntarios que seguían a sus caídas más aparatosas. Sin embargo, su propia torpeza, de la que siempre se levantaba con admirable resiliencia, forjó en ella una habilidad inesperada: la de sanadora.

Tras cada batacazo estruendoso, Titania aprendía algo nuevo sobre huesos rotos y heridas. Ahora, una nueva percepción florecía entre los habitantes del bosque. Las criaturas accidentadas acudían a ella con una confianza inusitada: un ciervo con una pezuña rota, un pájaro con un ala quebrada, un zorro con la cola enredada. La antigua y rústica cabaña del leñador se había transformado en un hospital improvisado. Con su media varita —la otra mitad se había partido durante la lid con la Reina de las Nieves— y un ingenioso surtido de hierbas y ramas secas, Titania aplicaba tablillas y cabestrillos con una destreza sobresaliente.

Su técnica era, cuanto menos, experimental. Como solo tenía media varita, los hechizos de curación a veces salían con "efectos secundarios" estéticos: el ciervo no solo recuperó su pezuña, sino que ahora está brillaba con una purpurina permanente que lo hacía localizable para cualquier depredador a cinco kilómetros a la redonda (Titania lo solucionó pintándole la pata con barro). Al zorro, tras desenredarle la cola, le quedó un pelaje tan extremadamente suave que el pobre animal se resbalaba de sus propias madrigueras. Pero, a pesar de los brillos imprevistos y algún que otro estornudo mágico, nadie podía negar que los huesos soldaban más rápido que con la medicina tradicional de los gnomos, que consistía básicamente en "dormir mucho y no quejarse".

Al principio, el leñador fruncía el ceño, molesto por el constante ir y venir de pacientes heridos. Pero la dedicación incansable del hada y la evidente necesidad de las criaturas lo ablandaron. Con el tiempo, él se convirtió en un ayudante eficiente, construyendo pequeñas rampas para acceder al interior y mullidas camillas de paja de paja para los animales convalecientes.

Un atardecer, una sombra inmensa bloqueó la puerta. Eran los bardos, un grupo conocido por sus estridentes y desafinadas canciones que, en ese momento, lucían narices rojas y ojos tristes.

—¿Qué os sucede, amigos?, preguntó Titania con voz tranquila inspeccionando sus cuerpos.

—No tenéis extremidades rotas ni heridas visibles. ¿Qué os trae a la cabaña?,

Los desvalidos bardos, apenas capaces de balbucear unas palabras, le explicaron su repentina dolencia.

—Parece que estamos refriados. Tenemos el corazón mudo, gimoteó Sinfokadio, el líder del grupo. No podemos cantar. El invierno se acerca y sin nuestros gloriosos cánticos el silencio del bosque será fastidioso.

Titania reprimió una mueca. Decir que el silencio sería "fastidioso" era la mayor mentira contada en el bosque desde que el lobo intentó convencer a todos de que era vegetariano. En realidad, el silencio era el bien más preciado de la zona desde que Sinfokadio y su banda habían decidido que su estilo musical era el "Sinfonismo Forestal". El leñador, por su parte, buscó discretamente en su caja de herramientas unos tapones de cera, por si la medicina funcionaba demasiado bien. El aspecto de los bardos era lamentable: sus laúdes tenían cuerdas destensadas por la humedad y ellos mismos olían a una mezcla de vino barato y calcetines mojados.

Titania miró al leñador. Sin mediar palabra, él recogió un puñado de hierbas aromáticas, las machacó en un cuenco de madera y añadió miel y unos frutos silvestres. Los acatarrados cantores bebieron la agradable pócima. Casi de inmediato, notaron una mejoría en sus gargantas.

Y entonces, ocurrió lo inevitable:

Los poetastros, exultantes, rompieron en un orfeón de aleluyas tan estridentes y lastimosamente desafinadas que resonaron con violencia por todo el Bosque Nevado.

Y cantaron…

—“Mi abeto es el más verde;

 y es el más fuerte

por eso quiero verte

de día y de noche” (desafinando).

El ataque sonoro fue de tal magnitud que una familia de ardillas, que estaba hibernando plácidamente, salió disparada de su nido como si el árbol hubiera sido alcanzado por un rayo. Los búhos, animales sabios y pacientes por naturaleza, empezaron a darse cabezazos contra los troncos para autoinfligirse una sordera temporal. Incluso el leñador, que había sobrevivido a tormentas y derrumbes, empezó a considerar seriamente la posibilidad de mudarse a un volcán activo con tal de no escuchar el siguiente verso sobre los "abetos verdes". La pócima de miel y hierbas había sido demasiado eficaz; les había devuelto la voz, pero lamentablemente no les había dado ni una pizca de oído musical.

Los animales, horrorizados, se taparon las orejas y organizaron una comisión de afectados acústicos para suplicar a Titania una acción de emergencia.

—¡Por favor!. Es insoportable este ruido— se quejaban las aves —-Me duelen los oídos— protestaban los jabalíes.

—Detened ese escándalo. Hasta a los árboles se les caen las hojas horrorizados— añadían los corzos.

El hada comprendió al instante la angustia colectiva y, con un rápido y deliberado movimiento de su media varita, sumió a los vates en una afonía temporal.

El habitual ritmo del bosque —el murmullo del viento, el crujir de las ramas, el trino de los pájaros— retornó al instante.

—¡Qué paz!. Ha vuelto la armonía— reconoció Titania.

—Los trovadores se tomarán un descanso— añadió el leñador.

Y todos volvieron a disfrutar de una paz y tranquilidad forestal, al menos, durante un corto periodo de tiempo.

Titania había logrado algo que por una vez parecía imposible: un concierto de sones de la espesura que fue el mejor bálsamo para la sosegada pervivencia del bosque entero.

— ¿Crees que nos guardarán rencor por dejarlos mudos otra vez? —preguntó Titania, guardando su media varita con un suspiro de alivio.

— Al contrario —respondió el leñador mientras cerraba la puerta con doble cerrojo—. Les has dado el mayor regalo que un bardo puede ofrecer a su público: su silencio.

**********

 

EPISODIO VII

La curiosidad de los gatos monteses

En la espesura del Bosque Nevado habitaba una familia de imponentes gatos monteses, descendientes directos de un lince. El líder del grupo era Didikoi, un macho audaz cuyo pelaje suave lucía marcadas rayas y rosetas oscuras. Didikoi caminaba siempre con el mentón en alto, convencido de que su linaje le otorgaba una nobleza forestal especial: Sin embargo, Titania sospechaba que su única herencia real era la capacidad de juzgar al mundo con la mirada mientras se lamía una pata con parsimonia. Junto a él compartían el territorio sus hermanas: la cautelosa Lakía y la inquieta Iriska.

A pesar de su naturaleza indómita, estos felinos eran curiosos y, en su deambular, acabaron conociendo a los habitantes de la cabaña del leñador, incluida Titania, el hada torpe famosa por su media varita y su gran corazón. Su buena sintonía inicial se transformó pronto en una cómoda convivencia.

Una mañana, la siempre revoltosa Iriska se aventuró a curiosear por los alrededores. Oculta entre la maleza, divisó una extraña figura que cavaba un hoyo para esconder unas herramientas inusuales. Era el desterrado mago Kaldurio, un viejo enemigo de la región, que planeaba sabotear el trabajo de Titania con una venganza malvada y mezquina.

Cuando el mago se marchó, Iriska, impulsada por la curiosidad, se acercó al escondite. La gata descubrió una elaborada vara de madera rematada por una gruesa punta de cristal azulado. No pudo resistirse a husmearla para examinarla. En ese preciso instante, Kaldurio regresó por sorpresa. Al ver a la gata tocando su preciado Báculo del Frío, el mago montó en cólera por haber sido descubierto. Sin pensarlo dos veces, profirió un hechizo maligno. Un chorro de aire gélido envolvió a la entrometida felina, convirtiéndola en una rígida estatua de hielo rosado, quedando inmóvil como un témpano gigante.

El color rosado del hielo no ayudaba a la dignidad de la fiera; Iriska parecía ahora un sorbete de fresa gigante y malhumorado. Titania, al llegar, no pudo evitar comentar que, aunque la situación era trágica, el tono pastel 'resaltaba mucho sus ojos', antes de recibir una mirada fulminante del leñador que la hizo volver a ponerse seria de inmediato.

Didikoi, que había seguido de cerca los pasos de su hermana, presenció la terrible escena. Horrorizado, salió a todo correr para buscar la ayuda de Titania y el leñador.

La situación era crítica. El día empezaba a despuntar entre los árboles, y la temperatura ya estaba subiendo.

—Tenemos un grave problema— dijo Titania con voz tensa— El sol está empezando a calentar con intensidad. El hielo se derretirá y, con él, Iriska.

—¿Qué se te ocurre, Titania?— preguntó el leñador, visiblemente preocupado.

—Vamos a pensar algo, rápido. Necesitamos la participación de todos los habitantes disponibles. Kerencio, el ruiseñor mensajero, debe avisarles inmediatamente —respondió Titania, tomando el mando de la misión salvadora.

Poco tiempo después, con todos los posibles animales reunidos, Titania explicó su plan de emergencia, solicitando la colaboración de todos.

—Nosotros extenderemos nuestras ramas para dar sombra a la estatua de hielo— propusieron al unísono los árboles.

—Nosotros batiremos las alas sin descanso para mantener la temperatura y la estabilidad alrededor de la gata —animaron las aves.

—Y yo construiré una pequeña caseta para reforzar la sombra de los árboles— añadió el leñador con determinación.

Todos se apresuraron a cumplir sus tareas. Titania contaba, además, con la audacia de unos duendes de algodón verde que se ofrecieron a robar los perniciosos bártulos que el mago había dejado en su escondite.

Cuando Kaldurio regresó al hoyo, se encontró rodeado por un círculo compacto de animales que impedían su huida.

Titania y sus compañeras intentaron primero la vía diplomática, aunque el concepto de 'diplomacia' de un hada torpe era, como poco, peculiar. La escena consistió en Titania persiguiendo a Kaldurio en círculos frenéticos mientras agitaba su media varita, la cual, lejos de lanzar hechizos de contención, solo escupía chispas erráticas con un sospechoso olor a tostada quemada. Entre jadeos, el hada le gritaba al mago que su báculo azul 'atentaba contra las leyes del buen gusto' y que 'no combinaba en absoluto con su túnica oscura'. Ante la absoluta falta de sentido estético de Kaldurio, quien parecía más confundido por las críticas de moda que por el ataque mágico, las hadas decidieron dejarse de sutilezas y pasaron al chantaje directo: o devolvía a Iriska a su estado natural y saltarín, o sus herramientas confiscadas acabarían convertidas en un montón de basura.

Kaldurio, al verse debilitado sin su principal fuente de poder y con el resto de sus aparejos en manos de sus oponentes, no tuvo más remedio que ceder.

A regañadientes, recitó el contrahechizo. Con un destello de luz, Iriska volvió a su forma de esbelta gata montesa, sana y salva, aunque con un gran susto en el cuerpo.

La joven felina había aprendido una valiosa lección: la curiosidad no debe ir por encima del respeto a lo ajeno.

En el Bosque Nevado se celebró la liberación de Iriska, demostrando que la solidaridad y la cooperación son la defensa más fuerte contra la maldad.

Kaldurio fue derrotado una vez más, confirmando que la venganza es siempre la peor estrategia.

**********

 

 

EPISODIO VIII

 La curación de la pata rota del lobo gruñón

Los inviernos en el Bosque Nevado eran prolongados, un reino de silencio gélido donde solo las tenues pisadas de algunos seres sobre la nieve mullida anunciaban su presencia.

En la franja menos densa de aquel frío dominio, vivía un lobo blanco descomunal. Berenkario, a quien le apodaban el “Lobo Gruñón” debido a que su constante malhumor era su más fuerte signo de identidad. Era un ser hosco que dedicaba sus días a refunfuñar y a ahuyentar a cualquiera que osara traspasar sus lindes. Su vida era una muralla de aislamiento inexpugnable.

Una tarde de finales de invierno, Titania, el hada de la media varita y el corazón inmenso, lo encontró al pie de un abeto, algo tembloroso y mirando desconfiadamente a su entorno. Berenkario había resbalado por un desnivel helado. El resultado fue un hueso roto en una pata delantera y un gemido persistente de tortura. Sus ojos grises, habitualmente desafiantes, reflejaban ahora una punzada de impotencia. Las demás criaturas, paralizadas por el miedo, solo lo observaban desde una distancia prudente, sabiendo que intentar ayudar al lobo era exponerse a uno de sus lastimosos zarpazos.

Titania se aproximó despacio, con la cautela de quien se acerca a una trampa. Berenkario la recibió con un gruñido hostil, enseñando unos dientes afilados y amarillentos.

—¡Lárgate, haducha! —siseó con una voz ronca de agobio que apenas moderaba su habitual insolencia—. No necesito tus torpezas. Ve a romper ramas a otro sitio.

Titania no se ofendió. Se sentó cerca y, sin decir una palabra, empezó a tararear una melodía tan antigua como el propio bosque que narraba la firmeza de sus primeras raíces y la promesa vital de la próxima primavera. El lobo, a pesar de su malestar, dejó de tensarse para escucharla. La tonada penetraba en su ánimo como un bálsamo reconfortante. La nieve esponjosa que caía lentamente dejaba el frío para ser un abrigo que paliaba el sufrimiento de aquel malherido animal. Titania continuó canturreando con su atractiva voz melosa: 

“Canta el viento en la espesura

el son que la tierra libera

cuando el hielo y la madera

fueron una sola armadura.

 

Bajo el verde está el secreto,

raíz viva y piedra antigua,

donde el bosque se apacigua

en un orden de respeto.

 

Nace el agua de la roca,

bebe el pino del deshielo,

y el abrazo de este cielo

a la vida siempre invoca.

 

Desde la rama primera,

ya la savia aquí latía,

esperando el nuevo día

de la eterna primavera”.

 

Mientras el hada serenaba el espíritu del lobo con su canto, unos pasos secos se aproximaron desde la espesura. Era el viejo leñador, el único amigo humano de Titania. Un hombre de manos gruesas y hombros anchos que conocía tanto los secretos de la madera como el arte de soldar los huesos rotos.

El hombre había oído los penosos aullidos durante la noche. Sabía que Titania era experta en sanar el alma y las contusiones leves. Pero también era consciente de que su media varita siempre fallaba con las fracturas serias, produciendo remiendos mágicos incompletos o sorprendentes soldaduras óseas.

—¡Titania! —susurró al verla, deteniéndose donde la luz de la luna creciente traspasaba los ramajes glaucos.

El hada alzó una mano sin interrumpir la melodía. Berenkario, exhausto y rendido ante la quietud de la balada, se durmió por fin. Su respiración se hizo reposada, reemplazando el constante quejido.

El leñador se acercó moviéndose con la agilidad silenciosa de un zorro. Traía consigo un trozo de corteza de sauce, conocida por sus efectos calmantes y unas pequeñas ramas recias y uniformes que había cortado en previsión de un cabestrillo de emergencia.

—Tus encantamientos no dan para esto, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Titania asintió, ahogando un pequeño sollozo de impotencia. Había intentado inmovilizar el miembro dañado con su mejor arte, y como resultado solo había conseguido hacer crecer una flor espinosa, diminuta y de un azul intenso, justo al lado de la fractura produciendo una incómoda urticaria. Parecía la marca de su célebre torpeza.

—La magia debe tener un sustento real para ser útil— reconoció el hada.

Su amigo, con la precisión de un avezado enfermero, ató las ramas a la zona herida, improvisando una férula consistente. Su tacto, a pesar de su poderío, era sorprendentemente gentil. Titania le ayudó, sujetando con suma delicadeza la extremidad del lobo.

Cuando el leñador terminó, se retiró tan silenciosamente como fue su llegada. Antes de marcharse, dejó un cuenco de madera con agua fresca y una infusión de hierbas sedantes.

El hada pasó el resto de la nochejunto al lobo, velando su sueño y entonando una relajante melodía.

—Duerme, lobo, el viento calla,

la nieve es calma, el frío es paz.

Ya no hay herida ni batalla,

deja el gruñido, relaja tu faz.

 

Bajo el abeto de nieve vestida,

late un lamento de plata y de hiel,

un alma grande que se halla vencida,

presa en el frío, bajo su piel.

 

Ojos grises que desafían al viento,

hoy se nublan de sombra y dolor,

el Lobo Gruñón busca en su aliento

un rastro de fuerza, un poco de calor.

 

Duerme, lobo, el viento calla,

la nieve es calma, el frío es paz.

Ya no hay herida ni batalla,

deja el gruñido, relaja tu faz.

 

No es la varita, ni el truco, ni el brillo,

lo que libera tu pata del mal,

es el remedio de un lazo sencillo,

hecho de ramas y barro termal.

 

Manos de roble, tacto de amigo,

vienen del hombre que sabe esperar,

traen la corteza que será tu abrigo,

traen la calma para tu curar.

 

Duerme, lobo, el viento calla,

la nieve es calma, el frío es paz.

Ya no hay herida ni batalla,

deja el gruñido, relaja tu faz

 

Y entre la magia que a veces se enreda,

nace una flor de un azul celestial,

mientras el alma, de terciopelo y seda,

rompe el orgullo de un lobo real.

 

Ya no hay gruñidos, solo el favor

sano que llega con pasos de luz,

tras las huellas del buen leñador

y su esperanza de buena quietud.

 

Duerme, lobo, el viento calla,

la nieve es calma, el frío es paz.

Ya no hay herida ni batalla,

deja el gruñido, relaja tu faz”.

Al amanecer, Titania realizó el único toque mágico que su varita sí le permitía: una chispa discreta de energía que mitigó la molestia y aceleró la fusión del hueso. La curación física, ahora parcial, ya no dependía de un prodigio, sino del paciente proceso natural.

Cuando Berenkario despertó, sintió un gran alivio. La dolencia era más leve y soportable. Miró agradecido a Titania, quien le devolvió una sonrisa tranquila.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó el lobo, con su voz extrañamente sosegada y clara.

Titania respondió con su sabiduría:

—Tu dolor no era solo causa de tu rotura, sino también de tu orgullo de lobo autosuficiente que rechazaba ser atendido. Mientras dormías, dos formas de ayuda se unieron. Yo te calmé con mi canto y mi poder feérico. El leñador, experto en la dureza de la tierra, inmovilizó tu hueso con unas ramas secas bien anudadas. Nuestras habilidades conjuntas fueron solo la mitad del remedio, amigo Berenkario. La otra mitad, la más importante, la pusiste tú: tu propia disposición a confiar en los demás fue lo que primordialmente salvó tu pata.

A partir de aquel día, el “Lobo Gruñón” comenzó a ser una leyenda del pasado. Berenkario había dulcificado su propio carácter, aunque seguía siendo un poco hosco, y refunfuñaba en las mañanas más frías.

Nunca más gruñó al viejo leñador. A menudo, incluso, lo seguía desde la distancia cuando el hombre trabajaba, convirtiéndose en su silencioso y leal protector.

**********

 

 

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Comentarios2

  • Jaime Correa

    Que excelente trabajo has hecho. ¡Mis Felicitaciones estimado Salva Carrión!

    • Salva Carrión

      Jaime, hola
      Es una autoría compartida de Nelaery y mía, al 50%
      Esta es una edición revisada, corregida, ampliada y mejorada.
      Esperamos que os guste a todos.
      Saludos
      🍾🍾🍾

      • Jaime Correa

        Bueno es un excelente trabajo digno de admiración. Felicitaciones para ambos, son excelente escritores

      • MISHA lg

        bravooooo! un gran cuento de las peripecias del Hada Titania, felicidades a ambos poetas
        gracias por compartir . aún siendo torpe creo un mundo fantastico, en rededor nuestro

        Titania habían aplastado más brotes verdes de invierno que una estampida de renos con prisa, y sus hechizos de embellecimiento personal habían convertido un venerable abeto milenario en una especie de escoba de bruja adornada para un aquelarre de maleficios.


        besos besos
        MISHA
        lg

        • Salva Carrión

          Misha
          Gracias en nombre de los dos autores.
          Esta edición está corregida, ampliada y mejorada.
          Esperamos que la disfrutes.
          Saludos



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