El Jardín Donde Florece el Destino

Jhondy Algenys

El destino no nació en un palacio.

Ni en el corazón de una estrella.

Ni siquiera en las manos de los dioses.

Nació en un jardín olvidado que crecía detrás del último pensamiento del universo.

Nadie sabía cómo llegar allí.

Los mapas se incendiaban al intentarlo.

Las brújulas comenzaban a señalar hacia adentro.

Y el tiempo, confundido, caminaba en círculos alrededor de sus puertas.

Yo llegué una noche imposible.

El cielo estaba lleno de peces luminosos.

Las constelaciones colgaban de los árboles como frutos maduros.

Y una lluvia de campanas caía lentamente desde la eternidad.

Cada flor del jardín contenía un destino.

Algunas eran pequeñas.

Otras tan enormes que tenían galaxias enteras girando entre sus pétalos.

Había flores que guardaban la historia de héroes.

Flores que contenían imperios.

Flores donde dormían civilizaciones que jamás llegarían a existir.

Y en el centro de todo crecía una semilla negra.

Pequeña.

Silenciosa.

Inmóvil.

Sin embargo, alrededor de ella giraban millones de universos.

Me acerqué.

La semilla abrió un ojo.

Dentro de aquella pupila vi cosas imposibles.

Vi montañas construidas con recuerdos.

Vi océanos llenos de futuros abandonados.

Vi dragones que respiraban estaciones del año.

Vi relojes gigantes alimentándose de siglos.

Vi la muerte sentada junto a la vida, jugando ajedrez con piezas hechas de sueños.

Entonces la semilla habló.

Su voz sonó como mil puertas abriéndose al mismo tiempo.

—Todo lo que existe nace aquí.

—¿Los mundos?

—Sí.

—¿Los dioses?

—También.

—¿El destino?

La semilla guardó silencio.

Y de pronto comenzó a crecer.

Raíces de luz atravesaron la realidad.

Las estrellas fueron arrastradas como hojas secas.

Los cielos se doblaron.

Los horizontes se rompieron.

Y el universo entero floreció.

Cada galaxia se convirtió en un pétalo.

Cada sol en una gota de rocío.

Cada vida en una diminuta semilla suspendida en el viento.

Entonces comprendí.

El destino no era una ruta.

Ni una profecía.

Ni un libro escrito de antemano.

Era un jardín.

Un jardín infinito.

Y cada decisión era una semilla.

Algunas crecían hasta tocar los cielos.

Otras morían antes de ver la luz.

Pero ninguna estaba completamente determinada.

El viento podía cambiarlas.

La voluntad podía guiarlas.

El azar podía transformarlas.

Y mientras observaba aquella inmensidad florecer en todas direcciones,

vi algo escondido entre las raíces del cosmos.

Una flor distinta.

Una flor que no contenía un destino.

Contenía todos.

La flor me observó.

Yo la observé a ella.

Y durante un instante eterno entendí el secreto que sostenía los mundos.

El destino no era la flor.

Ni la semilla.

Ni siquiera el jardín.

Era la mano invisible que decide seguir plantando aunque no conozca qué crecerá mañana.

Entonces la flor sonrió.

Las galaxias cerraron sus pétalos.

Y el universo volvió a respirar.

  • Autor: Jhondy Algenys (Offline Offline)
  • Publicado: 7 de junio de 2026 a las 01:11
  • Comentario del autor sobre el poema: "El destino no promete cosechas. Solo entrega semillas al viajero que se atreve a sembrarlas en la oscuridad
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 7
  • Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Sheilo Sanz, WandaAngel


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