ALGUNAS VECES

JUSTO ALDÚ


AVISO DE AUSENCIA DE JUSTO ALDÚ
Estaremos ausentes por algún tiempo.

Algunas veces
abro una madreperla dormida en el Caribe
y encuentro adentro una ciudad de agua
donde los relojes crecen en los arrecifes
como extrañas orquídeas de sal,
mientras las estrellas marinas
corrigen los errores ortográficos del océano.


Algunas veces
navego sobre una manta raya
tejida con mapas antiguos,
y descubro que las islas cambian de lugar
para confundir a los historiadores.
Entonces veo a Morgan
desembarcar otra vez en Panamá.
No trae espadas.
Trae algoritmos.
Trae banqueros disfrazados de gaviotas.
Trae escribanos de humo
que hipotecan la lluvia.
Y la ciudad se deja saquear
sin escuchar los gritos
de los campanarios oxidados.


Algunas veces
las madreperlas se abren
como párpados de diosas submarinas,
y dejan escapar una multitud de escritores muertos
que regresan para discutir
el naufragio del siglo.
Allí está Rubén Darío,
alimentando cisnes eléctricos
con migajas de luna modernista.
Cada palabra que pronuncia
se convierte en un pavo real azul
que despliega galaxias sobre los tejados.


Algunas veces
Andrés Bello ordena las constelaciones
como si corrigiera la gramática del universo,
mientras José Martí
enciende mariposas de fuego
en las plazas donde los niños
han olvidado el idioma de los árboles.
Y ambos conversan largamente
sobre repúblicas heridas,
como dos jardineros
frente a un bosque incendiado.


Algunas veces
Walt Whitman aparece desnudo de fronteras,
cubierto apenas por un viento de praderas.
Abraza a los mendigos,
a los obreros,
a las lavanderas,
a los vendedores de frutas,
y los enumera como quien enumera estrellas.
Después mira las avenidas del presente
y pregunta:
—¿Cómo pudieron cambiar la hierba
por pantallas que no florecen?


Algunas veces
Amado Nervo llega montado
sobre una campana de ámbar.
Trae en los bolsillos
pequeñas eternidades perfumadas.
Y cuando habla del amor,
las farolas de los puertos
comienzan a producir jazmines.
Entonces Alfonsina Storni emerge del mar.
Trae peces en el cabello.
Trae tormentas en las pupilas.
Trae una tristeza hecha de gaviotas.
Y les enseña a las olas
cómo escribir cartas de rebeldía.


Algunas veces
Gabriela Mistral,
adusta y rumorosa,
camina por una cordillera de pan recién horneado.
Lleva escuelas en los hombros
y aldeas enteras en los ojos.
Su voz tiene la gravedad
de las montañas que conocen el invierno.
Cuando habla,
hasta los volcanes bajan la cabeza
para escucharla.


Algunas veces
Carlos Fuentes abre una puerta giratoria
en medio del Caribe.
Del otro lado
aparecen todas las edades de América
sentadas a la misma mesa.
Los conquistadores beben café con los desaparecidos.
Los dictadores juegan dominó con sus fantasmas.
Y los futuros posibles
discuten con los futuros perdidos.
Nadie gana la partida.


Algunas veces
Neruda llega cargando veinte maneras de besar a una viuda,
veinte racimos de nostalgia,
veinte campanas de vino y madera.
Cada beso se convierte en una isla.
Cada isla en una metáfora.
Cada metáfora en un barco
que navega hacia un amor imposible.
Entonces los peces recitan odas
a los zapatos abandonados
en las playas del tiempo.


Algunas veces
aparece Nicanor Parra,
rey de la antipoesía,
vendiendo paraguas para protegerse
de las metáforas excesivas.
Mira a todos los poetas reunidos

y les dice:
—La realidad es más absurda
que cualquiera de ustedes.
Y por primera vez
nadie encuentra argumentos para responderle.


Algunas veces
Mario Vargas Llosa sale de una página rota
de La ciudad y los perros.
Los cadetes persiguen sombras.
Los perros persiguen uniformes.
Los uniformes persiguen poder.
Y el poder persigue espejos.
Entonces todos descubren
que el laberinto tiene forma de república.


Algunas veces
los viejos guerreros araucanos
abandonan las armaduras de La Araucana
y conversan en mapudungun
con los ríos del continente.
Las palabras se transforman en tucanes de cristal.
Los tucanes en relámpagos.
Los relámpagos en semillas.
Y las semillas fundan naciones invisibles
debajo de la lluvia.


Algunas veces
Augusto Roa Bastos
juega ajedrez con las lluvias del Paraguay.
A su lado aparece Elvio Romero,
con una guitarra hecha de luceros y yerba mate.
Ambos conversan en guaraní
con la paciencia de los lapachos.
Entonces preguntan a Paulo Freire
qué fue de la escuela latinoamericana,
qué fue de los pupitres donde soñaban los niños.
Pero Freire mira el horizonte,
levanta una cometa llena de cuadernos
y responde solamente:
—Falo português...
Y el viento traduce su silencio
en una bandada de páginas dispersas.


Algunas veces
Borges escribe ciego
sobre el Macondo invisible de García Márquez.
No usa tinta.
Escribe con hormigas de luz.
Cada frase abre un corredor secreto
entre los espejos y los sueños.
Julio Cortázar juega rayuela
sobre las páginas recién escritas.
Y de pronto ambos desaparecen
por una escalera que conduce
al reverso de la luna.


Algunas veces
todos ellos se reúnen
en el interior de una sola madreperla.
Darío.
Martí.
Whitman.
Mistral.
Storni.
Nervo.
Fuentes.
Neruda.
Parra.
Bello.
Borges.
Cortázar.
Roa Bastos.
Y conversan largamente
sobre nuestra triste realidad:
el hambre disfrazada de progreso,
la codicia vestida de estadista,
la verdad encerrada
en una jaula de anuncios luminosos.
Nadie ríe.
Nadie aplaude.
Sólo el mar escucha.


Y algunas veces,
cuando el Caribe se queda dormido,
las madreperlas revelan por fin su secreto:
no guardan perlas.
Guardan preguntas.
Guardan las voces que aún no han sido escuchadas.
Guardan los sueños expulsados de la historia.
Guardan la última chispa
que todavía resiste
debajo de las aguas.
Y esa chispa,
aunque el mundo se empeñe en olvidarla,
sigue iluminando la noche
desde el fondo del mar.

Entonces y solo entonces
Monseñor Oscar Arnulfo Romero
bautiza a su asesino,
y el cielo borra la frontera entre verdugo y herida.

A lo lejos canta Rubén Blades.
Su voz navega sobre los manglares
como una canoa de relámpagos.

—Este es el Caribe —dice—.

Y las madreperlas cierran sus párpados,
mientras los tiburones del poder
vuelven a esconderse en la oscuridad.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

*El mapudungun (o mapuzugun) es la lengua tradicional del pueblo mapuche, originario de Chile y Argentina. Su significado literal es "el hablar de la tierra" o "el habla de la gente".

Comentarios +

Comentarios2

  • Sheilo Sanz

    Muy imaginativo tu poema, un recorrido por la vida, y por voces que han dejado su mensaje desde su legada historia. Encantada de leerle estimado poeta. Recibe un saludo de aprecio poético. 🌹🙋‍♀️

    • JUSTO ALDÚ

      Hola Consuelo, aunque no tengo el gusto de saber tu nacionalidad, espero que esté representada por alguno de estos escritores.
      Muchas gracias por el comentario.

      Saludos

      • Sheilo Sanz

        Sí, soy Venezolana 🙏

        • JUSTO ALDÚ

          Andrés Bello, venezolano nacionalizado chileno. Jurista, educador, humanista, filósofo, poeta y filólogo... Una de las figuras más influyentes del S. XIX. Su mente no era de su siglo.

          • Sheilo Sanz

            Sí, así es, su literatura es importante y reconocida. 🙏

          • Lualpri

            Hola Justo...

            Me pregunto:

            Algunas veces dejarás de escribir tan lindo????

            Gracias por compartir tus excelentes letras, hermano panameño!

            Va mi sincero abrazo para ti...

            🇦🇷🤗🇵🇦

            Luis.

            • JUSTO ALDÚ

              Bien referenciada la bella tierra Argentina, tu tierra hermano, con dos de los más grandes. Julio Cortázar y el nobel sin nobel Jorge Luis Borges.
              Hacia el sur viaja un fuerte abrazo de compañerismo y fraternidad.

              Gracias por siempre estar...
              JUSTO.

              PD. Algo que se me olvidó agregar: *El mapudungun (o mapuzugun) es la lengua tradicional del pueblo mapuche, originario de Chile y Argetina. Su significado literal es "el hablar de la tierra" o "el habla de la gente".

              • Lualpri

                Así es Justo, igualmente gracias por tu acotación.
                Se feliz hermano!



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