Antes de llegar a la voz

José Honorio Martínez Ochoa

Antes de llegar a la voz

Siempre el silencio encuentra mi pecho
antes que la mañana.
No llega como ausencia,
sino como una humedad lenta
que se posa sobre la carne
y permanece,
como si buscara en mí una habitación
donde extender su sombra tranquila.

Permanezco dentro de esa quietud
y escucho algo que apenas comienza:
el bramido secreto de las flores,
su respiración hundida en el aire,
el murmullo invisible que atraviesa las cosas
y abre el mundo desde adentro.
No es un sonido que venga de lejos;
nace cerca,
en el lugar donde la luz todavía aprende
a decirse a sí misma.

El camino aparece entonces,
taciturno bajo la paciencia de los jazmines.
Avanza sin urgencia,
como avanzan las raíces bajo la tierra:
sin buscar otra cosa
que el sitio donde reposar y permanecer.
Y mis pasos lo siguen
como si caminar fuese aprender lentamente
el lenguaje de aquello que no habla.

Bajo cada huella
algo arde todavía:
un centro silencioso de gravedad,
una llama escondida
que sostiene los nombres
antes de llegar a la voz.

Entonces apareces.

Tu labio atraviesa la oscuridad
y se dispersa sobre la página de mis pensamientos.

No surge como una imagen,
sino como una revelación pequeña,
como si las palabras hubiesen esperado largo tiempo
la llegada de tu presencia
para abrir su estancia.

Y comprendo, mientras camino
por las llanuras lentas del otoño,
que algo de mi amor comienza a desprenderse:
cae suavemente,
como cae una hoja madura
que no se resiste al aire.

Va hacia ti.

Cruza regiones desconocidas de tu corazón
y encuentra refugio
en la tibieza callada de las corolas,
donde tu resplandor permanece recogido
como una lámpara resguardada del viento.

Entonces vierto mis aromas,
mis antiguos sollozos,
todo aquello que había permanecido cerrado.

Y el dolor cambia.

Ya no es una piedra inmóvil
ni una herida sin forma;
aprende a ordenarse lentamente,
a entrar en una geometría más serena,
como si incluso el sufrimiento
buscara una manera de habitar la luz.

Y en tus ojos,
serenos como el agua cuando deja de temblar,
me diluyo igual que el vino.

No para perderme.

Sino para entrar por fin
en ese lugar donde el mundo respira,
y donde el amor, pronunciado en voz baja,
encuentra una casa.

La tarea de la noche

Aquí llegué.

Llegué a reposar fuera de mí mismo,
como quien abandona una antigua orilla
y entra lentamente
en una casa que no conocía.

Avanzo sobre la espuma del poema;
cada palabra parece sostener apenas
el peso de mis pasos.

He llegado a la fuente imaginaria
donde la espera vuelve a nacer,
donde aquello que parecía perdido
permanece oculto, respirando bajo el agua.

Regreso entonces
con el día fosfórico de la caricia.

Y el sueño crece lentamente
sobre el fondo de la soledad,
como una llama que encuentra alimento
en lo que antes era sombra.

También el miedo aparece.

Lo exploro como quien toca una herida antigua,
como quien se aproxima al fuego
sin saber todavía
si busca calor o revelación.

Mientras tanto, duermes.

Te extiendes sin rumbo
entre los últimos bordes de la noche,
y yo navego con el gesto,
buscando las arenas donde las cosas
aprenden a permanecer.

Cruzo el invierno.

El aire se abre sobre el cielo horizontal
y los ojos adelgazan sus halos de cristal.

Todo parece entrar
en una claridad silenciosa.

Y comprendo que el silencio
no es ausencia:

es aquello que redobla la inquietud,
lo que permanece aguardando
antes de llegar a la voz.

Entonces me enredo
en las trenzas del río.

La brisa atraviesa el corazón,
lo arranca de sí mismo,
como si quisiera devolverlo
a una región más antigua.

Busco el sonido de tu boca.

No su palabra,
sino aquello que nace antes de ella:
la respiración,
el temblor secreto
donde el lenguaje comienza.

Crepita el azul del silencio.

El otoño pasa por mí
y me hilvana con sus hebras de aire.

Las olas tiemblan,
se inclinan hacia su desaparición.

Y descubro algo sencillo:

no sé nada.

Abro las manos
y dejo caer sobre ellas
las hojas del tiempo.

Detrás de la nube pulida por el viento
se encabrita el relámpago.

Las ramas del saber arrastran su sombra
sobre los troncos del verano.

La lluvia ahora es un pez en la mirada.

Escucho la carcajada del relámpago.

El mar resuena.

Y dentro de una sola ola
alguien pronuncia el amor.

Ahora regreso al crepúsculo.

Avanzo bajo la imaginación del verano
y dejo atrás el miedo.

La espiga de la ola se mueve perpetuamente,
mientras renace el ritmo de mi respiración.

Te recorro con mis ojos de brisa nocturna.

Me ilumino en el silencio.

Me vacío.

Y sólo entonces puedo levantar la mirada
hacia el espejo celeste.

Vuelvo al techo del alba.

Siento el aire cargado de polen,
me refugio en la desnudez de la fruta,
en el fulgor subterráneo de las raíces del sueño.

Entonces invento el amor.

No como quien crea algo nuevo,
sino como quien encuentra por fin
aquello que había permanecido esperándolo.

Y bajo mi ventana,
sin saberlo,
la noche termina su tarea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  • Autor: José Honorio Martínez Ochoa (Offline Offline)
  • Publicado: 6 de junio de 2026 a las 00:03
  • Comentario del autor sobre el poema: Estos dos poemas ya comparten un mismo territorio simbólico: silencio, voz, respiración, noche, amor, raíz, agua, espera y revelación.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 6
  • Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais
  • En colecciones: Poemas de amor.


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