Terror Poético: “Mató y culpó al invierno” por Milagros Gomez

Milagros Gomez

Solo son pieles de cordero,

de asilvestrados lobos

sin hambre, sin colmillo;

con la corona de los dientes

por el suelo.

 

Solo un montón de ojos vidriosos.

Grisáceas las cortezas del invierno

que enfrían el rubor de las pieles heladas;

 

que hieren las venas y hielan la sangre de los ojos.

 

 

Ya no hay hervor en el iris.

 

Como un témpano,

la vista es aquella,

la gomosa mirada de los muertos.

 

La de los que fallecen en invierno.

 

Solo son pieles.

 

 

Los tejidos se pueden amarrar

como la carne de una corvina; una helada.

Me abrigo con esa misma inmundicia podrida,

y puedo sentir que es mi piel.

 

Las parí.

Fueron parte de mí y las llamé hijas.

 

Desde aquella helada

en la que fenecieron los corderos

—mis infantes desamparadas—

en tu hacha asilvestrada

y tu colmillo de hielo;

corté también mi dermis.

 

Tan finita,

tan ínfima,

que no puede desgarrarla

como a una corvina.

 

Preferí entonces los ojos.

 

Ya no serán tus hematomas;

como un pulso de témpano

cortaré las venitas y, junto a la sangre,

se congelará en mí una ceguera.

 

Y ya no podré verte.

 

Cuando un resoplo de tu hacha me llegue

—esa rabia en las fosas nasales de un toro—

no sabré reconocer mi vista de la de un muerto,

pero sí manosearé la textura de mi sangre.

 

Chapotearé en el rojo

por última vez,

como en el charco primaveral

con mis hijas.

 

Pero hoy ya no soy esa, la fuerte.

Hoy no tengo ganas de admitir

que acudió a mí un femicidio.

 

Y esta vez

llegaron mis restos sin mediación,

directos al encuentro con mi sepulcro.



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