Y en ese tintineo solar
que no termina de aquietarse,
mis palabras aprenden a demorarse,como si cada sílaba
buscara un lugar en tu respiración,
no para decirte,
sino para permanecer,
para hallar una morada breve
dentro del aire que atraviesas.
La taza de café
enfría lentamente el tiempo,
y en su superficie oscura
la tarde comienza a disolver su forma.
Allí aparece algo de ti,
no una imagen completa,
sino esa presencia
que nunca termina de entregarse,
esa cercanía silenciosa
que, aun retirándose,
continúa llamándome.
Entonces me acerco
a la quietud de tus ojos,
no como quien observa,
sino como quien aprende lentamente
a ser mirado por aquello que no posee rostro;
como quien entra en un paisaje
donde las cosas no se apresuran,
donde la luz reposa sobre las ramas
y el tiempo olvida por un instante
su costumbre de marcharse.
Tus manos
–apenas insinuadas en el aire–,
sostienen una textura que no alcanzo,
una suavidad que todavía no encuentra nombre,
pero que roza mi escritura
y la vuelve más leve,más cercana al temblor secreto
de aquello que nace
antes de convertirse en palabra.
Resonancia de lo que permanece
Y en esa enredadera que nombras,
donde la sustancia se enlaza y se oculta,
encuentro una forma de permanecer en ti,
de crecer hacia adentro
sin quebrar la delicadeza del instante.
Entonces mi voz deja de insistir.
Ya no busca alcanzar nada.
Fluye lentamente,
como un hilo que aprende la inclinación de la luz,
como una claridad discreta
acompañando aquello que en ti permanece
sin ruido.
Y al final
—si es que el final existe—
no queda la palabra.
Queda apenas su resonancia:
esa energía tenue
atravesando silenciosamente la distancia,
pasando de tu corazón al mío
sin necesitar pronunciarse,
como si el silencio también encontrara
una forma de decir.
Y en esa fuente inmóvil,
donde el otoño no cae
sino que permanece suspendido
dentro de su propia luz,
el deseo aprende a recogerse.
Late hacia adentro,
lentamente,
como un pulso que no se consume,
como una presencia secreta
que persiste aun cuando todo
parece retirarse.
La apertura del silencio
Tus palabras,
cerradas primero como un puño,
llegan hasta mí
y lentamente desatan su sombra,
no como aquello que hiere,
sino como algo que aprende a habitarme.
En la tibieza de los labios
abren una pequeña morada,
un sitio donde el cuerpo
deja de ser únicamente cuerpo
y comienza a escuchar
la respiración secreta de las cosas.
La escena vuelve.
Pero no vuelve desde la memoria;
regresa como la niebla regresa al valle,
como una claridad que permanece
oculta entre las ramas del aire.
Y deja en mis ojos
la huella silenciosa de tu calor,
como si la luz, al tocar la piel,
recordara de pronto
su antigua vocación de cercanía.
Hay un ritmo que no cesa.
No pertenece al tiempo;
es el tiempo quien parece nacer allí,
entre la lenta inclinación de tu voz
y el temblor que atraviesa el instante.
Algo teje entonces
su hilo invisible entre nosotros:
una paciencia del mundo,
una forma diminuta del origen
creciendo entre los latidos.
Y entre las manos,
abiertas como tierra húmeda,
la luz abandona su distancia.
Se vuelve materia respirable,
presencia que se deja tocar
sin agotarse,
fuego que permanece
sin consumir aquello que ilumina.
Tus labios,
custodiando lo que callan,
contienen la intensidad de lo innombrado.
Y en esa contención
el deseo no desborda:
arde lentamente,
como un crepúsculo que sostiene
su propia desaparición
para seguir siendo luz.
Entonces el espejo deja de repetir el mundo.
Ya no devuelve una imagen.
Se abre.
Y en su profundidad
las gotas ya no tiemblan como reflejos,
sino como algo que despierta
a su propio nombre.
Todo comienza a reunirse allí:
el cuerpo,
la palabra,
la respiración de la tierra,
la claridad que atraviesa las cosas
sin apropiarse de ellas.
Y en la corriente oscura
que barniza el horizonte,
la palabra vacila antes de nacer,
como si el lenguaje supiera
que existen regiones
a las que solo puede acercarse
permaneciendo junto a ellas.
Entonces el sonido llega.
No destruye el silencio.
Lo abre.
Traza una fisura en la noche,
y por esa herida luminosa
el mundo respira por primera vez.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 4 de junio de 2026 a las 00:06
- Comentario del autor sobre el poema: El conjunto de textos desarrolla una misma corriente poética y reflexiva que avanza desde la percepción sensible hacia una experiencia de presencia cada vez más profunda. No se trata de un diálogo amoroso convencional, sino de una búsqueda de aquello que permanece cuando la palabra, la imagen y el tiempo comienzan a retirarse.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 4
- En colecciones: Poemas de amor.

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