Consciencia

Calet Linares

Hay algo profundamente cansado en tener que explicar una y otra vez cómo quieres ser tratado, como si el respeto, la atención o el cariño fueran instrucciones que alguien debe memorizar. Como si tu valor dependiera de cuánto insistas, de cuánto toleres, de cuánto te adaptes para encajar en el corazón de otros.
Pero la verdad es más simple, y también más honesta: lo que nace del corazón no necesita ser forzado.
Quien realmente se preocupa por ti no necesita un manual para entenderte. Puede no ser perfecto, puede equivocarse, pero hay una intención genuina que se siente, una voluntad natural de cuidarte, de escucharte, de hacerte bien sin que tengas que rogarlo. Porque cuando alguien valora tu presencia, el respeto no es un esfuerzo… es una consecuencia.
Pedir lo básico una vez es válido, es sano, es humano. Pero tener que repetirlo constantemente es otra cosa. Es una señal de que tal vez estás intentando construir algo donde no hay cimientos suficientes. Porque el cariño que se sostiene en recordatorios constantes termina pesando, desgastando, vaciando poco a poco lo que alguna vez fue ligero.
No se trata de esperar perfección, sino de reconocer reciprocidad. De notar quién está, quién cuida, quién actúa con coherencia entre lo que dice y lo que hace. Porque el amor, la amistad o cualquier vínculo verdadero no se mide en palabras repetidas, sino en acciones que nacen sin presión.
Aprender a no mendigar trato digno es también aprender a respetarte. Es entender que tu presencia no es algo que deba convencer, sino algo que debe ser valorado de manera natural. Y cuando eso no ocurre, alejarte no es orgullo… es dignidad.
Al final, quien realmente te aprecia no necesita que le enseñes a hacerlo. Simplemente le nace. Porque cuando alguien te lleva en serio dentro de su vida, cuidarte no es una obligación… es un acto sincero que surge sin que tengas que pedirlo.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.