—¿Ves aquella chimenea apenas en pie, a las faldas de aquel cerro?
—preguntaba Julián con la mirada perdida y la voz amargada.
Hace años, durante el solsticio de invierno, cuando el frío calaba hasta los huesos, descendía desde la falda de aquel cerro un aroma a azufre y putrefacción.
No bastaba con cerrar bien las puertas ni sellar las ventanas; el hedor se metía hasta la garganta y te hacía retorcerte sobre la cama áspera y crujiente.
Al atardecer, parvadas de cuervos peregrinaban hacia los huizaches aledaños, como si se tratara de un ritual. Y al caer la noche se carcajeaban con ese chillido que helaba la sangre de quien lo escuchaba.
Los perros enmudecían por las tardes y, aunque no hubiese luna, por las noches le aullaban al cerro como si fueran lamentos. Tal vez era su forma de llorar.
Felipa, mi hermana, se levantó una madrugada a cerrar una ventana de madera podrida. Jamás volvimos a saber de ella.
Octavio, mi vecino, decía que la vio tomada del ala de un cuervo enorme rumbo a las faldas de aquel cerro. Quiso gritar, pero —según él— los labios se le cosieron con alambre recocido y mohoso.
Lo supimos porque ésas fueron sus últimas palabras.
Tencha, si es que ése era su verdadero nombre, murió hace algunos años. Pero todavía, en las madrugadas de invierno, el hedor se impregna en la ropa… y yo sigo esperando que Felipa vuelva.
Con la poca cordura que me queda, cada año, durante el solsticio de invierno, cuando la chimenea respira y vuelve a heder, salgo a buscarla.
Pero no puedo pasar más allá de la guardarraya del monte.
Los cuervos, con sus picos agrietados y sus patas de ceniza, custodian aquella choza maldita.
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Autor:
[Héctor Franco] (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de junio de 2026 a las 21:37
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Salvador Santoyo Sánchez

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