Mientras mi corazón conserve un latido,
y mis ojos despierten a la luz de la mañana,
seguiré caminando los senderos de la vida
con la esperanza encendida entre las manos.
No porque el camino sea siempre amable,
ni porque el tiempo detenga su carrera,
sino porque habitan en mi alma
los rostros que más amo sobre la tierra.
Hijos míos, nietos míos:
ustedes son la huella luminosa
que el destino sembró en mis días;
la razón por la que me levanto
cuando la fuerza parece esquiva.
He guardado en mi memoria
las risas compartidas,
las conversaciones sencillas,
los abrazos que llegaron sin aviso,
y esos instantes pequeños
que terminan siendo eternos.
Por ustedes he aprendido
que amar también es resistir,
seguir adelante cuando arrecian las tormentas
y negarse a rendirse ante la noche.
Porque mientras yo permanezca aquí,
aún podremos construir recuerdos,
compartir silencios,
intercambiar sueños
y contemplar juntos el paso de los años.
Y cuando alguna vez se pregunten
por qué elegí seguir luchando,
quiero que sepan que la respuesta
siempre estuvo frente a mis ojos:
fueron ustedes.
Ustedes,
que dieron sentido a mis desvelos,
que llenaron de propósito mis pasos,
que hicieron de mi vida una historia
que aún deseo seguir escribiendo.
Por eso seguiré viviendo,
con gratitud por lo vivido
y esperanza por lo que falta,
atesorando cada instante compartido,
porque el amor de un padre, de un abuelo,
no conoce la palabra rendición.
Andrés Romo
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Autor:
Andrés Romo (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de junio de 2026 a las 02:47
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Ceres, Mauro Enrique Lopez Z., Daniel Omar Cignacco

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