En el ramo de tu pensamiento
llego lentamente,
como el agua que entra en la tierra
sin anunciar su llegada.
No irrumpo.
Permanezco cerca,
escuchando la respiración leve
que se abre entre nosotros,
como si el aire encontrara por fin
un lugar donde descansar.
Entonces una caricia atraviesa el silencio.
Desciende con la suavidad del agua,
recorre la cercanía de los cuerpos
y deja una claridad tenue
sobre aquello que todavía no tiene nombre.
Me acerco a tus enjambres,
a esa forma secreta en que tu presencia habita el mundo.
El verano permanece allí,
implantado en los claveles,
abriendo lentamente su calor
en la paciencia de la tarde.
Durante un instante
todo parece encontrar claro:
la luz sobre las hojas,
el movimiento pausado del aire,
la respiración compartida
entre las cosas y nosotros.
Pero el sol también desciende hacia la palabra.
Su plegaria toca los días,
roza sus nombres dispersos,
y escucho una voz lejana
atravesando un camino incierto.
Algo se anuncia,
aunque todavía permanezca velado.
Porque las palabras no llegan enteras;
se inclinan,
se desvían ligeramente en su trayecto,
como si guardaran dentro de sí
algo que no desea revelarse por completo.
Levanto entonces la mirada hacia tus brazos.
Las estrellas se enredan lentamente en ellos,
como si la altura buscara reposo,
como si incluso la luz necesitara
un lugar donde permanecer.
Y alrededor no queda nadie.
Sólo unas huellas de caballo sobre la tierra húmeda,
la lluvia cayendo sobre el mar,
la lluvia creciendo dentro del agua,
repitiendo una antigua respiración.
Escucho esa repetición.
Y descubro en ella
el desasosiego,
la melancolía,
el cansancio silencioso de aquello que transcurre.
No llegan como una violencia.
Habitan lentamente los rincones del tiempo,
se sientan junto a nosotros
y permanecen en silencio.
Mientras tanto la vida continúa su paso.
El tiempo corre por debajo de las cosas,
atraviesa los cuerpos,
reúne lo que aparece
y aparta lentamente aquello que amamos.
Y comprendo entonces
que el enemigo oscuro no viene desde afuera.
Crece en la sangre perdida de los días,
en aquello que dejamos atrás,
en lo que desaparece sin dejar ruido.
Sin embargo permanecemos aquí.
Respirando.
Como si el mundo se abriera una vez más
en esta cercanía compartida,
y el lenguaje, al rozar lo oculto,
dejara apenas visible
la presencia secreta
que aguardaba dentro de las cosas.
El mundo que aprende a permanecer
La centella de la luna
aparece lentamente sobre la tarde.
La puesta de sol se bebe a sorbos,
como si el día no quisiera desaparecer del todo,
como si aún permaneciera suspendido
en el límite donde el horizonte toca el mar.
Allí el agua se inquieta.
Sus alas invisibles atraviesan la superficie,
y el cielo deja caer una gota que silba en el aire,
una pequeña voz
que parece venir desde muy lejos.
Permanezco escuchando.
El espacio se detiene por un instante,
como un domingo inmóvil
que respira lentamente dentro de las cosas.
Las olas levantan una sonrisa leve,
y una tranquilidad antigua
hace vibrar el alambre enamorado del mundo.
La primavera permanece entre las ramas,
no como una estación,
sino como una forma secreta de habitar la luz.
Entonces te llamo.
No para romper la distancia,
sino para acercarme lentamente
a lo que aún no se revela por completo de ti.
Te dibujo en mi nube envejecida por el tiempo,
y descubro una ruta azul y abierta en tu espalda,
como un camino que se ofrece
sin terminar de revelarse.
La curva dorada de tu cuerpo
madura lentamente,
como una fruta que guarda en su pulpa
la paciencia de la estrella.
Y todo parece reunirse allí:
el círculo silencioso de tu presencia,
la transparencia sencilla de las palabras,
la llanura de luz que se abre en mi camino.
Permanezco inmóvil.
Tu vientre es un agua huidiza,
una respiración que se desplaza suavemente
entre la cercanía y la distancia.
Mientras el brazo del silencio
atraviesa los bosques,
un antifaz de aire recorre nuestra sangre,
y la tierra levanta lentamente
su lluvia profunda de raíces.
Como si el mundo, por un instante,
hubiera encontrado en nosotros
una forma de permanecer.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 3 de junio de 2026 a las 00:07
- Comentario del autor sobre el poema: Ambos textos comparten una misma respiración poética: la cercanía amorosa se convierte en un modo de comprender el tiempo y de habitar el mundo. Sin embargo, el segundo alcanza una mayor unidad metafórica y una continuidad más sostenida. El primero contiene imágenes muy logradas, pero también algunos desplazamientos que dispersan ligeramente la intensidad.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais
- En colecciones: Poemas de amor.

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