El entierro

J. Longe

°°°°

 

Caminaba paso firme,
caminaba paso lento
tras la carreta de iglesia
que transportaba su féretro,
por camino bendecido
entre magnolios y abetos
y jardines de rosales
aromados con estiércol;
perfumes de camposanto
cocinados por el viento.

Caminaba viuda joven
vestida de luto negro,
conforme a la orden del fasto,
de tobillos hasta el cuello,
y mirando a la carreta
por un translúcido velo,
veía saltos que daba
al rodar por agujeros,
y el ataúd daba saltos,
y dentro, los daba el muerto.

Ella caminaba sola
sin familiares ni adeptos,
con un séquito detrás
de rezadores de templo
que el sacerdote pagaba
con las promesas del cielo,
porque así rezaba escrito
desde que el tiempo es tiempo,
que hay trabajos que se cobran
tras la gracia del deceso.

Entre saltos de carreta
el sol ya se iba escondiendo,
y sonidos de las aves
que eran trinos de lamento
daban paso a los sonidos
de murmullos del cortejo,
la pequeña procesión
de cofrades, el elenco;
los fieles acompañantes
del actor y de sus deudos.

 

El cortejo murmuraba
con cuchicheos sin rezos;
beatas y blandas bocas
iban sentando precepto...
Ay por Dios, ay por Dios,
(golpecitos en el pecho),
qué esta puta lo mató,
qué liquidó al pobre viejo;
miradla como camina
contoneando el libreto...

Será verdad, es verdad,
es un mal bicho siniestro
que se queda rica y libre
con todo lujo y dineros;
seguro que le engañaba
aprovechando ese cuerpo.
Qué yo escuché los rumores
y se me inflaba hasta... el gesto,
y ahora entierra al difunto
con un traje y con sus cuernos.

Con miradas aplaudían
dando firme asentimiento
y algunos donaban babas
a tan triste pavimento
cuando en murmullos salían
las envidias por deseos.
¡Den justicia al pobre hombre
tan intachable y honesto!,
que a sacramento comunio
siempre acudía el primero.

 

El cortejo es cortesano
bajo los altares regios,
pero ansía comer carne
y roer hasta los huesos
de la libertad sin ira
que quiere vivir sin miedos,
y si la presa se expone
sin disimulo y complejos
alguien pone el objetivo
y el coro canta los ecos.

 

El camino se acabó
para el final del sepelio,
y cesaron los murmullos
ante el eco del silencio.
Triste fosa, fría piedra
para escribir un recuerdo.
El sacerdote cantaba
con tosco acompañamiento
para dar a pobre viuda
una charla de consuelo,

pues es ello lo que dicta
tal sagrado ministerio,
y el buen coro adulatorio
que siempre dice si quiero,
canta bajo la batuta
del que le huele sus pedos.
Tierra mezclada con flores
para un final ceniciento
que no consigue el amén,
como un vil discurso eterno.

Protocolos de la tierra
aprendidos en decenios
con las leyes de la siembra,
con las leyes del entierro;
y uno que bien entiende 
de raíces y de cienos,
de huesos ajardinados,
sean húmedos o secos,
el que siembra las mortajas
es el buen sepulturero.

 

Tanto duraba el responso
que ella tomó pensamiento...
Cuánto yo te habré querido,
con tanto amor tan sincero,
y solo diste maltrato
con engaños y desprecios;
tanta vigilia sin vida
que alimentaba mis sueños
en las noches solitarias
sin caricias y sin versos;

y veía junto al túmulo
un pino viejo y muy seco
dando sombras retorcidas
como marcas de tormento,
y al pensar, quizás sentía
que esas ramas de sarmiento,
tan rizadas y torcidas
y con un perfil perverso,
eran poltronas propicias
para el descanso de cuervos.

Llévate todo contigo,
allí, a tu nuevo reino,
donde podrás encontrar
flores para tus floreros,
donde no te faltarán
maderas para tus fuegos,
donde tendrás el dolor
de los verdaderos celos.
Llévate todo contigo
y llévatelo al infierno.

 

Sin terminar acto sacro
se quita la viuda el velo,
da media vuelta y se va,
se marcha del cementerio,
y camina a paso firme,
y camina a paso lento,
y camina muy tranquila
entre magnolios y abetos;
De repente una sonrisa.
Sonríe, mirando al cielo.

 

°°°°°

 

Jhetsefany

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