Te quise, con la violencia silenciosa de las cosas destinadas al fracaso.

Eduardo Villacal (seudónimo)

Te quise, con la violencia silenciosa de las cosas destinadas al fracaso.

Te quise desde un borde y eras imposible.

 

A veces imaginaba que vivías en el otro extremo de la realidad.

 

Entonces miles de pantallas florecían en el horizonte y mostraban tu rostro multiplicado hasta el vértigo,

 

como si una inteligencia artificial hubiera decidido reconstruir a Dios a partir de tu recuerdo.

 

Y seguí buscándote. Como una estrella moribunda busca la memoria

del fuego que alguna vez habitó en su corazón.

 

Había noches en que el cielo parecía una herida abierta y la Vía Láctea sangraba números primos sobre los techos del mundo.

 

Pero siempre existía una distancia. Una distancia monstruosa. O simplemente esa crueldad invisible con la que el tiempo separa las cosas.

 

Y aun así había belleza. La belleza terrible de los puentes que nadie cruzará.

La belleza de un mensaje destinado a una dirección inexistente.

 

Entonces comprendí algo terrible. Quizás fueras una anomalía.

Un accidente magnífico entre dimensiones improbables.

 

Hubo noches en que quise arrancarme el corazón y lanzarlo contra las constelaciones.

Entonces pensaba en vos.

 

Mientras millones de datos viajaban a la velocidad de una plegaria de luz,

pensaba en vos. Mientras la luna contemplaba el fracaso de todas las historias de amor,

 

pensaba en vos. Y necesité comprobar si tu ausencia era realmente una ausencia o una forma dosificada de existir.

 

Porque había momentos en que te presentía en una frecuencia tan baja que solamente podía percibirte en cicatrices.

 

Siempre fui un  animal melancólico persiguiendo eclipses.

Y por alguna razón nunca quise curarme.

 

Preferí conservar tu ausencia como quien guarda

una granada de luz dentro del pecho.

 

Mientras los siglos seguían acumulándose unos sobre otros.

Los idiomas nacían y morían. Las civilizaciones se convertían en polvo

y los continentes cambiaban de lugar.

 

Para que en alguna parte, bajo capas infinitas de materia, de memoria y de destino,

siguieras existiendo.

 

Inalcanzable.

 

La última vez que te soñé, el universo habló.

Y por un instante más breve que el parpadeo de una partícula, estuvimos juntos.

 

Y otra vez tu nombre en todas partes: en los patrones secretos de la lluvia,

en la geometría de un relámpago, en los pulsos de los púlsares.

 

Pero yo seguí aquí. Como una puerta escondida detrás de todos los finales.

Como el último pensamiento que atraviesa la mente justo antes de apagarse.

 

Yo seguí aquí.

 

Escuchando el crujido de los engranajes cósmicos. Esperando, sin nada que esperar,

 

contra toda lógica,

contra toda física,

contra todo lenguaje,

 

que una catástrofe sublime,

confunda por un instante las coordenadas del infinito

 

y te deje caer, como un milagro ebrio, en la mitad exacta de la noche.



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