Cuando el progreso olvida la vida
Nos enseñaron desde pequeños
que avanzar era construir más alto,
producir más rápido,
consumir sin pausa,
convertir montañas en carreteras
y bosques enteros en humo.
Nos dijeron
que el ruido de las máquinas
era el sonido del futuro,
que el concreto era símbolo de éxito
y que la tierra debía servirnos,
aunque para hacerlo
hubiera que arrancarle el alma.
Crecimos viendo ríos convertidos en desechos,
mares llenos de plástico,
cielos cubiertos por un gris silencioso,
pero aprendimos a llamarlo desarrollo
para no sentir culpa.
Y así,
poco a poco,
normalizamos la tragedia.
Normalizamos árboles cayendo
como si no fueran siglos respirando.
Normalizamos animales huyendo
de incendios provocados por la codicia.
Normalizamos peces muertos,
aire enfermo,
lluvias extrañas,
sequías interminables
y estaciones que ya no reconocen su propio nombre.
Nos acostumbramos tanto
a vivir rodeados de destrucción
que dejamos de verla.
Tal vez el problema más profundo
no es únicamente la contaminación,
ni el petróleo,
ni las fábricas devorando montañas.
Tal vez el problema
es haber aprendido
a mirar la naturaleza
como si fuera un recurso
y no una familia.
Porque un bosque
no es madera almacenada.
Un río
no es simplemente agua utilizable.
Una montaña
no es un obstáculo para perforar.
Y un animal
no es un objeto decorando documentales.
Todo eso
es vida.
Vida que existía mucho antes de nosotros.
Vida que sostiene el equilibrio invisible
del que también depende nuestra existencia.
Pero vivimos dentro de un sistema
que convirtió todo en mercancía:
la tierra,
el agua,
las semillas,
los cuerpos,
los mares,
el tiempo,
la propia esperanza.
Un sistema que necesita crecer eternamente,
aunque el planeta tenga límites.
Y allí aparece la contradicción más dolorosa:
nos prometieron progreso,
pero ese progreso
muchas veces significa destrucción para otros.
Para las comunidades expulsadas de sus tierras.
Para los pueblos indígenas silenciados.
Para los animales desplazados.
Para los océanos asfixiados.
Para las futuras generaciones,
que heredarán un mundo más caliente,
más vacío
y más triste.
¿De qué sirve crecer
si destruimos aquello que nos permite vivir?
¿De qué sirve una economía poderosa
sobre un planeta agonizante?
Quizá el verdadero fracaso humano
no sea tecnológico,
sino espiritual:
olvidamos que pertenecemos a la tierra
y empezamos a comportarnos
como si fuéramos dueños de ella.
Nos enseñaron a admirar paisajes,
pero no a defenderlos.
A tomarnos fotografías con la naturaleza,
pero no a cuestionar
las industrias que la destruyen.
A hablar de amor por el planeta
mientras seguimos financiando
la devastación diaria.
Porque amar verdaderamente la vida
también exige incomodidad.
Exige preguntas difíciles.
Exige mirar de frente
todo aquello que preferiríamos ignorar.
No se puede amar el agua
y guardar silencio
mientras los ríos son sacrificados.
No se puede amar a los animales
y seguir justificando sistemas
que destruyen sus hogares.
No se puede hablar de futuro
sin hablar del daño
que estamos dejando atrás.
La crisis ambiental
no es solo un problema ecológico.
Es una herida ética.
Es política.
Es económica.
Es profundamente humana.
Porque revela qué estamos dispuestos a destruir
para sostener privilegios,
comodidades
y riquezas concentradas en pocos.
Mientras tanto,
la tierra sigue hablando,
aunque muchos no quieran escucharla.
Habla en incendios forestales,
en huracanes más violentos,
en glaciares derritiéndose lentamente,
en especies que desaparecen
sin despedirse,
en abejas que ya no regresan,
en selvas convertidas en ceniza,
en lluvias que llegan demasiado tarde.
La naturaleza siempre habla.
Solo que el poder aprendió
a convertir sus gritos en estadísticas.
Y aun así,
todavía existe esperanza.
Porque también hay personas
defendiendo bosques con las manos vacías,
comunidades protegiendo semillas ancestrales,
jóvenes marchando por un futuro habitable,
pueblos enteros resistiendo
frente a empresas gigantes,
gente común
que decide consumir menos,
sembrar más,
cuidar el agua,
rescatar animales,
volver a mirar la tierra
con respeto.
Tal vez la esperanza
no sea creer que todo se salvará mágicamente,
sino comprender
que aún estamos a tiempo
de elegir otra manera de existir.
Una vida menos basada
en acumular
y más basada en convivir.
Menos obsesionada con poseer
y más comprometida con cuidar.
Porque quizá el verdadero progreso
nunca fue conquistar la naturaleza.
Quizá el verdadero progreso
sea aprender a caminar junto a ella
sin destruirla.
Entender que no somos superiores al bosque,
ni más importantes que el océano,
ni dueños del cielo.
Somos apenas una parte diminuta
de un equilibrio inmenso y sagrado.
Y tal vez,
cuando comprendamos eso,
dejaremos de llamar desarrollo
a todo aquello que mata lentamente la vida.
Entonces el progreso
ya no será una ciudad creciendo sin control,
ni fábricas consumiendo montañas,
ni mercados enriquecidos sobre la devastación.
Será un niño respirando aire limpio.
Un río corriendo libre.
Un bosque permaneciendo vivo.
Un animal regresando a su hogar.
Una comunidad viviendo sin miedo.
Un planeta capaz de seguir floreciendo.
Porque, al final,
la tierra no nos pertenece.
Nosotros pertenecemos a ella.
Y cuidar la naturaleza
no es un acto romántico,
ni una moda,
ni una tendencia pasajera.
Es un acto de memoria.
Es recordar
que todo lo que somos
nació alguna vez
del agua,
del barro,
del viento,
de los árboles,
del sol.
Y que destruir la tierra
es también destruirnos lentamente a nosotros mismos.
Quizá todavía estamos a tiempo
de aprender algo esencial:
que vivir no debería significar arrasar,
que crecer no debería significar consumirlo todo,
y que el futuro más humano
será aquel donde entendamos
que proteger la vida
es la única forma verdadera
de progreso.
— Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Octubre, 2020.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 30 de mayo de 2026 a las 01:43
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5

Offline)
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Nos enseñaron bien pero mal. Si la única oportunidad que nos quedaba era la de desaprender, ésta ya nos es imposible: La razón es y se llama IA.
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