Habitar la ausencia

José Honorio Martínez Ochoa

Y en la acumulación de las noches
mi escritura deja de ser refugio.

Ya no es techo,
ni resguardo contra la lluvia del tiempo;
es una intemperie lenta
donde tu nombre permanece abierto,
como un umbral que sigue respirando
aunque nadie lo atraviese.

Tu risa aún desciende sobre las cosas,
no como un eco,
sino como una claridad que encuentra reposo
entre los objetos silenciosos del mundo;
una caída suave de la luz
que toca la madera,
el aire,
la sombra detenida sobre las manos.

El agua continúa rozando la piedra,
y ahora comprendo
que ese roce no es únicamente persistencia:
es la paciencia secreta de lo que permanece,
la lenta labor de lo invisible
abriendo un sitio en la memoria,
hasta volverla transparente
como una ventana que aprende la forma del amanecer.

Tus labios
—territorio de lo inacabable—
guardan todavía el temblor de las palabras caídas.
No las retienen:
las dejan reposar
en una profundidad donde nada desaparece del todo,
donde incluso la melancolía
abandona su herida
y aprende simplemente a habitar.

Y en esa permanencia
mi voz se vuelve más lenta.

Comienza a acercarse
al pulso sereno de aquello que no huye,
como si escribir fuese únicamente esto:
seguir la respiración de tu ausencia,
escuchar cómo abre un espacio entre las cosas,
cómo aparta lentamente la oscuridad
para que el mundo vuelva a comenzar.

Entonces comprendo
que no te nombro para alcanzarte.

Te nombro
porque el lenguaje también necesita una morada,
porque hay presencias
que sólo existen cuando algo en nosotros
les concede un lugar donde revelarse.

Y así,
entre imágenes que ya no me pertenecen,
mi noche deja de caer.

Se abre lentamente,como una herida leve de luz
donde todavía sigues respirando,
y el mundo, por un instante,
encuentra nuevamente su comienzo.

 

 

 



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