Día 1: 28/04.
Desde la decisión colectiva del manejarnos a partir de las doce de la noche, el sueño perpetuaba la espera después de la cancelación de Fly Bondi con la reservación de Jetsmart, aeropuerto a las una de la mañana, una noche muy tranquila en Ezeiza. Los pasajes al 24 y la cantidad de gente que viajaba, algunos se dormían en el piso y en los asientos, algunos vuelos demorados o cancelados, el ruido de las rueditas de las maletas y los portamaletas, los panameños que hablaban de cuantos niveles de Candy Crush se pasaban y esa máquina expendedora que no tragaba los billetes (ni leía el QR), hacía la espera interminable.
Esperando por ese vuelo habremos recorrido las maleta por fuera del aeropuerto, aunque la razón de ir temprano al aeropuerto fue por Migraciones y Keyla actualizó su DNI, tardamos menos de veinte minutos, dos horas frente a la expendedora y recorriendo después por fuera para dirigirnos a las embarcaciones, la noche tranquila con ese frío bonaerense que recorría la arquitectura futurista del aeropuerto de Ezeiza, nos habían traído en auto, uno grande, de seis asientos, y un baúl lleno de maletas medidas por kilo. Controlábamos por la balancita con la que se sostenía la maleta y la mochila, colgadas se sostenían con la mano que para aerolíneas la medición de peso era primordial para aligerar la carga, a veces había que mudar la ropa de la mochila a la maleta, para cambiar el peso de ambas.
Llevamos las maletas, cada una con su etiqueta directo al check in, guardada en el avión, procedimientos de seguridad como detectores de metales y dispositivos, revisión de fila, boleto y documento, 24 AR 1668, directo al colectivo sin asientos, para entrar con un temor pasajero al avión de turno. Al entrar noté que era más pequeño de lo que imaginaba, una inmensidad de tamaño por fuera, en series y películas tenían dos pasillos y asientos más grandes, igual fue una experiencia increíble.
El pájaro recorría la pista de vuelo tan despacio, hasta llegar a la curva, se detuvo un momento a preparar el despegue. Las turbinas comenzaron a girar, el avión tomó el aire suficiente girando los alerones de las alas, tomó la velocidad para despegarse del suelo. El primer vértigo era esperado, un chicle calmaba los nervios, con el cinturón ajustado, por la ventana veía como íbamos por cada altura preciada para quien le guste volar, las casas minúsculas, era como ver la imagen satelital en persona, seguíamos subiendo hasta ver ese colchón de nubes, un cielo inmenso cubierto por esas blancas nubes de algodón. Por la zona había una calma y estabilidad, y el cuerpo del avión a veces se movía pero por muy poco, poco y nada; había pasado una hora y media, los oídos se apunaban a cada rato, el servicio de azafatas iba sirviendo bebidas y galletitas, nosotros habíamos pedido café, usando la mesita del asiento, vaso, servilleta y Frutigran para empezar la mañana, eran como las nueve y media. Nueve y cuarenta y cinco ya había una maniobra de descenso, desde las alturas ya se veían las primeras montañas, algunas marrones, algunas con tonos blancos; nueve y cincuenta enderezamos los asientos, la voz que hablaba en dos idiomas nos dijo que ya estábamos por llegar, el avión giraba, enderezaba el descenso; nueve y cincuenta y ocho pesaba el descenso que fue como para despertar a los pasajeros, sacó las ruedas y como piloteaba era de esperar de un profesional aterrizar a esa velocidad, no me acostumbraría a los despegues y aterrizajes, pero el vuelo en gran altura y su quietud es acostumbrable.
Llegamos al Aeropuerto de San Carlos de Bariloche, el lugar estaba delante de un largo cerro, se podía ver desde la ventana del aeropuerto todo el cerro alrededor. Tomamos nuestras maletas y buscamos a quien nos cobra el alquiler del auto, nos llevó al estacionamiento ya pagado el alquiler y todo, garubando, era una Kangoo de seis asientos, como somos una familia numerosa, eran seis maletas y cuatro mochilas, cuatro maletas arriba, comenzaba a llover, pagó el estacionamiento y nos dirigimos a La Casa.
Nos fuimos por la ruta, con el mínimo de agua en camioneta, la ruta llena de árboles y de a poco se iban presentando los cerros, y como un pantallazo cada cerro se asentaba a nuestra vista, parecían fondos de pantalla, y en el recorrido teníamos al lado el Lago Nahuel Huapi, detrás de él esos cerros montañosos, en las playas a nuestra cercana vista, las letras del lugar que formaban “Bariloche”, el avión chico de exhibición, las calles complicadas del barrio eran subidas y bajadas empinadas, casi nos perdemos porque el GPS estaba mal configurado o no hacía buena lectura, el barrio cerca del Nahuel tenía las casas en las montañas, para el bonaerense que vive en tierras llanas esto era muy curioso, los oriundos estaban muy adaptados a los relieves. Llegamos después de tanto a La Casa, en una llovizna molesta había que bajar las cosas, y la entrada estaba de bajada, pero no había complicaciones, sacamos la red que sostenía cada maleta, subimos las escaleras de piedra y descargamos cada uno las maletas a las habitaciones, nos atendió la anfitriona, muy amable, nos sugirió varias cosas como las compras y restaurantes, y las condiciones, pagó Ariel el alquiler, mientras por el sueño que sofocaba mis ojos preparé la cama para dormir una siesta, compraron fiambre y pan para unos sencillos sanguchitos, con mucha mayonesa y una gaseosa, me levanté a las cuatro, comí cuatro de esos sanguchitos ricos, Nahir creó un itinerario de cosas para hacer, recorrimos a la noche el Centro Cívico, cerca de un local de chocolates llamado Mamuschkas, estacionamiento la Kangoo, íbamos a ir al puerto del Nahuel Huapi, hicimos una larga vuelta manzana, compramos chocolates en otro negocio, vimos un auge de negocios activos, tiendas de ropa, restaurantes, comunes e italianos, había muchos restaurantes italianos, en la vuelta nos sacamos fotos en la arquitectura del restaurante de Familia Weiss, una cabaña de madera con piedras grises y cemento, pasamos por la catedral y después del viento helado decidimos volver al Centro, recorrimos un poco más, fuimos a una galería gigante con una arquitectura preciosa, subidas y bajadas, negocios en los costados y al fondo, muchos mates, artesanías, perfumes, cuchillos y facones, cubiertos, recuerdos y mucho más, arriba había una estación de radio, una cabina de vidrio, una peluquería y una tienda de tatuajes, abajo en el subsuelo una sala de juegos lleno de mesas de pool, pool con pelotas de fútbol, una mesa con variedad de juegos de mesa y muy apartado, una mesa con un tablero de ajedrez preparado.
Salimos de ahí, casi me olvido de que había una fuente de leones, donde nos sacamos fotos. Volvimos a la superficie, a un pequeño mercado donde comprar suministros para abastecernos al otro día, pero antes un lugar para comer, fijamos a La Casa de la Hamburguesa, pasando por las escaleras de piedra que nos dirigía al lugar, entramos, elegimos una mesa grande cerca de las estufas, cada uno eligió su comida, yo también, opciones de hamburguesas italianas, danesas, francesas, entre otros países sin olvidar las argentinas, nosotros cuatro elegimos hamburguesas de distintos países, Patricia y Ariel comieron carne y ensalada, nos dejaron servir gaseosa aunque eso repetimos dos veces, ricas comidas sobre todo las papas, se abonó con propina y volvimos de nuevo a La Casa.
-
Autor:
Delparque (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 29 de mayo de 2026 a las 11:58
- Categoría: Carta
- Lecturas: 4
- En colecciones: Datos de viajes.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.