Los Guardianes de La Tierra

Luis Barreda Morán

Guardianes de La Tierra

Nos engañaron…
nos dijeron que el polvo en nuestras uñas
era señal de miseria,
cuando en realidad era la huella de la tierra,
reconociéndonos como hijos.

Nos dijeron que el maíz era cosa de pobres,
que el hombre importante
era el que compraba pan extranjero
y olvidaba el sabor del comal encendido.
Nos hicieron sentir vergüenza
de la milpa sembrada por los abuelos,
del humo azul de las cocinas,
del atol caliente en las madrugadas frías,
de las manos curtidas
que podían hacer florecer el alimento
sin pedir permiso a nadie.

Nos dijeron que los pies descalzos
eran símbolo de atraso,
sin comprender
que esos pies conocían el idioma del barro,
la temperatura de los caminos,
el secreto de las piedras mojadas por la lluvia.
Ellos jamás entendieron
que caminar sin zapatos
también era una forma de libertad.

Nos dijeron que era progreso
encerrarse entre paredes de concreto,
vivir en una ciudad con smog,
olvidar los nombres de los árboles
y aprender los nombres de las marcas.
Nos cambiaron el canto del río
por el ruido de las pantallas,
el cielo lleno de estrellas
por luces artificiales
que nunca abrazan el alma.

Nos dijeron que éramos pobres
porque bebíamos agua de los nacimientos,
agua transparente y viva,
que bajaba cantando desde la montaña.
Y nos vendieron botellas de plástico
como si la pureza pudiera comprarse.
Nos enseñaron a desconfiar de la naturaleza,
mientras contaminaban los ríos
y secaban las venas de la tierra.

Nos dijeron que nuestra ropa tejida
no valía nada,
que el bordado de nuestras madres
era menos importante
que un logotipo extranjero.
Y olvidaron
que cada hilo llevaba memoria,
que cada color contaba historias,
que cada diseño guardaba la voz antigua
de quienes resistieron siglos
sin dejar morir la belleza.

Nos engañaron…
y por mucho tiempo les creímos.

Entonces abandonamos el campo.
Vendimos el silencio de los amaneceres
por relojes apresurados.
Cambiamos el olor de la tierra mojada
por habitaciones cerradas
donde nunca entra el viento.
Compramos maíz en bolsas,
tortillas sin alma,
frutas sin semilla,
comida que ya no sabía a infancia.

Nos convertimos en extraños
de nuestros propios montes.
Los niños dejaron de correr entre los árboles
y aprendieron a vivir encerrados,
mirando la vida pasar
desde ventanas pequeñas y luminosas.

Y mientras nosotros olvidábamos,
las montañas lloraban en silencio.
Los nacimientos se secaban.
Los bosques caían uno por uno.
El aire se volvía pesado.
Los pájaros emigraban.
La tierra esperaba nuestro regreso,
como una madre paciente
que nunca deja de amar a sus hijos.

Pero un día despertamos.

Despertamos cuando entendimos
que pobre no es quien siembra,
sino quien destruye la semilla.
Que pobre no es quien bebe del río,
sino quien necesita comprar la vida embotellada.
Que pobre no es quien mira el amanecer,
sino quien ya no tiene tiempo para verlo.
Que pobre no es quien vive del campo,
sino quien perdió toda relación con la tierra
y, aun así, se siente vacío.

Ahora sabemos
que la riqueza estaba en nuestras manos:
en el maíz amarillo,
en el olor del café recién tostado,
en las tortillas infladas sobre el fuego,
en las historias contadas bajo la luna,
en el tejido paciente de las abuelas,
en los caminos abiertos por los abuelos,
en el idioma antiguo de la lluvia
golpeando los techos de lámina.

Ahora sabemos
que no éramos pobres.
Éramos guardianes.
Guardianes del agua,
del bosque,
de la memoria,
de la semilla,
de la dignidad.

Y aunque intentaron arrancarnos el alma,
aún queda fuego en nuestras raíces.

Porque el campo sigue llamándonos.
La montaña todavía pronuncia nuestros nombres.
El maíz continúa creciendo
como un milagro humilde y eterno.
Y nuestros muertos, desde la tierra,
nos recuerdan en silencio
que un pueblo jamás será pobre
mientras conserve
su memoria,
su tierra
y su corazón.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Octubre, 2017.

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Comentarios1

  • Nkonek Almanorri

    ...Y así fue como primero hemos sido inducidos al engaño para después ser arduos engañadores. Así, viendo que la mentira ya no sólo es y ha sido aceptada sin más, sin remordimientos, algunos han acabado buscando una mentira más sofisticada, más definida y definitiva y que incluso nos supera a nosotros mismos: ahí tenemos la IA que nos ayuda y hasta nos aconseja cómo hacerlo en secreto y sin que nos cause, de momento, remordimientos: ¿ Que no entendemos un poema y no sabemos qué respuesta dar...? No importa, la IA ayuda. Así es que tengo ya localizados tres poetas y una poetisa, "ilustres" todos profundos analizadores (o eso creen) que no dudan en ayudarnos a comprender lo que no logramos entender en algunos poemas. Lo que no entiendo es cómo es que no entienden ellos que están perdiendo parte de su IN (Inteligencia Natural) en detrimento de la otra, la artificial.

    Antes de que desaparezca el campo, la tierra e incluso el estiércol ya habremos desaparecido nosotros, o la IN que nos quede en ese momento.



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