Con las manos llenas de diamantes

Gabriel Hernán Albornoz

 

Con las manos llenas de diamantes

 

Él tomaba tequila en un bar embriagando una partida,
su pulso susurraba penar, su interior ensayaba letanías. 
En las manos polvo de diamantes, sucias y curtidas.   
Él era un obrero, los diamantes no le pertenecían.  
Suyas eran la congoja perenne, penas que no entendía.
Con excusa endeble él quedó sin su personal compañía,
ella se llevó en las maletas dos lágrimas de adiós, una de alegría. 
El mundo tembló bajo sus pies, en la noche la tormenta se venía.

Él dibujaba futuros para dos, él era el amor de su vida,
el que trabaja diamantes, el que llegaba con manos curtidas,
ella no podría amar a otro, pero entró con otro en el bar aquel día.
Sus miradas se encontraron, una lágrima de cada ojo se dieron rima.
Le había dado un “te amo” mejor, un señor de manos limpias.
Era un gran doctor que una pulsera de diamantes lucía.

Ella coleccionaba otoños, deshojaba almanaques su vida.
No quería morir, el médico la curaba y la quería.
Podía salvarla pero un trueque con su cuerpo pedía.
Ella quería vivir pero le faltaban las manos sucias a su vida
de polvo de diamantes, no de diamantes en artesanía.

Él entendió todo en un instante ella jamás se lo explicaría.
Él no dijo nada debía seguir adelante, el amor en formas varía,
y esta era una, renunciar y pasar página, ella no lo necesitaría.
Era ella quien eligió alguien de manos suaves para agregarse días.
Era el de pulsera de diamantes el que la salvaría,
y no el de las manos sucias de diamantes que todo prometía.
No podía insuflarle ese aliento que necesitaba, el de la vida.
Él le sonrió y siguió su camino, a los diamantes que no le pertenecían.
Ella supo que su vida prestada, sin esas manos sucias no valían.
Y con un pacto en su mirada supieron que juntos, no envejecerían.
Su amor embrujado, al mismo tiempo ni espacio pertenecían. 
Era un error del destino, un mal entendido con la suerte maldita, 
a ella nunca le prometerían otra cosa, pero más que mil la promesa valía.

Él renunció por amor, ella también renunció a lo que querían.
El destino los volverá a juntar, el tiempo indicado y lugar sería.
Pasaron quinientos años, pasaron cinco vidas,
ella reconoció sus manos, él reconoció su sonrisa.

 

Autor: Elhen Amorado 

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Comentarios1

  • Éusoj Nidlaj

    Muy interesante lectura nos regala, querido amigo poeta. Saludos cordiales y un abrazo.



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