Silencio

Vale Moran

Siempre creímos que el silencio era incómodo, como si escondiera algo que no queremos ver. Nos enseñaron a llenarlo, a taparlo rápido, a no dejar que se instale. Porque cuando aparece, no se queda en la superficie: se mete adentro, se expande, y empieza a tocar lugares que no sabemos cómo nombrar.

Hay silencios que aturden más que cualquier grito. Silencios que aparecen cuando abrís una puerta y no hay nadie, cuando esperás una respuesta que no llega, cuando la ausencia se vuelve más pesada que cualquier presencia. Y es ahí donde algo se rompe, o quizás algo se revela.

La ausencia tiene esa forma extraña de perturbarlo todo. No es solo lo que falta, es lo que deja vibrando. Es una sensación primitiva, casi animal, como si el cuerpo entendiera antes que la mente que algo ya no está. Que alguien ya no está.

La muerte, en el fondo, es eso: un silencio que queda ocupando el lugar de una voz, de una risa, de una historia compartida. Y ese silencio no se limita a un solo espacio; se filtra, se mete en otros rincones de la vida, apagando pequeñas cosas que antes estaban encendidas.

Tal vez por eso inventamos tanto ruido. Para no escucharlo. Para no escucharnos. Llenamos los días de palabras, de pantallas, de movimiento, como si así pudiéramos evitar ese instante en el que todo se detiene y el silencio nos alcanza de frente, sin aviso, como una verdad que no admite distracciones.

Pero hay algo que, aunque incomode, también es cierto: el silencio no viene solo a doler. También viene a mostrar. A traer recuerdos que creíamos dormidos, a decir lo que el ruido tapa, a ordenar lo que por dentro está disperso.

Habitarlo no es fácil. Nadie nos enseña a quedarnos ahí. A sostenerlo sin escapar. Pero quizás, en ese espacio que tanto evitamos, exista una forma más honesta de estar en el mundo.

Porque mientras todo grita afuera, el silencio —cuando finalmente nos animamos a escucharlo— no exige, no empuja. Solo está. Y en esa quietud, a su manera, también sostiene.

 



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