Desafío a la vejez
Cuando el tiempo pinte de invierno mi cabello
—si la vida me concede
ese privilegio lento de los árboles—,
no quiero ser silencio ni ceniza,
ni apenas una fotografía olvidada
entre cartas antiguas
y vestidos que ya no huelen a nadie.
Quiero llegar con la memoria viva,
aunque duelan los nombres,
aunque las fechas se derramen
como agua entre los dedos.
Quiero mirar mis manos
y reconocer en ellas
las caricias que di,
las puertas que cerré con rabia,
las veces que sostuve el mundo
mientras todos dormían.
Cuando la piel se vuelva frágil
como el papel de las despedidas,
y mis pasos avancen lentamente,
igual que una oración cansada,
seguiré guardando incendios
debajo de la lengua.
Porque una mujer no envejece
el día en que aparecen las arrugas,
sino cuando renuncia al asombro,
cuando deja de conversar con la lluvia,
cuando olvida el idioma secreto
de los sueños imposibles.
Y yo quiero soñar todavía.
Quiero enamorarme de los atardeceres,
de una canción lejana,
del olor del café en invierno,
de las conversaciones largas
que no necesitan relojes.
Quiero reír con todos mis dientes ausentes
y bailar torpemente en la cocina
mientras hierven las nostalgias.
Cuando mis huesos crujan
como puertas antiguas,
y el espejo me devuelva
el rostro de mi madre
mirándome desde mis propios ojos,
entenderé que el tiempo
no destruye:
transforma.
Seré entonces
una casa llena de historias.
Cada cicatriz tendrá su nombre.
Cada arruga, una batalla.
Cada cana, una luna atravesada
sin rendirme.
Y si alguna noche
la tristeza se sienta junto a mi cama
a contarme las pérdidas,
yo le hablaré de todo lo vivido:
de los abrazos que salvaron inviernos,
de las veces que amé sin garantías,
de los hijos del alma,
de los amigos que dejaron su risa
colgada para siempre en mis ventanas.
No le temeré a la vejez.
Le abriré la puerta despacio,
como quien recibe a una hermana
que viene de muy lejos.
Le diré:
—Pasa.
Mira cuánto sobrevivimos.
Y aunque mis ojos, ya cansados,
necesiten más luz para leer la vida,
todavía buscarán horizontes.
Todavía se estremecerán
ante el vuelo inesperado de un pájaro,
ante la ternura diminuta
de una mano aferrándose a la mía.
Porque incluso entonces,
cuando el mundo me nombre anciana
y me recomiende descanso,
habrá dentro de mí
una muchacha indomable
corriendo descalza
por los jardines intactos de la esperanza.
Y el corazón,
ese viejo rebelde,
seguirá golpeando el pecho
como quien insiste
en comenzar de nuevo.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Octubre, 2018.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 26 de mayo de 2026 a las 00:12
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: racsonando, LOURDES TARRATS

Offline)
Comentarios1
Luis,
¡WOW, qué poema!
Me impresionó de verdad; tiene una fuerza que se siente directo en el alma…
DESDE LA ISLA DE MIS ABRAZOS, TE MANDO UNO, porque:
POETAS SOMOS...
Gracias, saludos, feliz día bendiciones
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.