Jehová: el dios impostor

El Texto y El Mito

A veces pienso que el miedo más antiguo del ser humano no es la muerte. Es obedecer algo equivocado creyendo que es sagrado.

 

La idea de Jehová como un «dios impostor» nace justamente de ahí, de una incomodidad difícil de ignorar cuando ciertas partes de la Biblia se leen sin costumbre religiosa, casi como si fueran documentos encontrados en ruinas. Hay momentos en los que la figura de Jehová parece inmensa y luminosa, pero hay otros donde se vuelve severa, impredecible, incluso aterradora. Un dios que pide amor, aunque muchas veces habla desde el castigo. Un dios que crea al hombre y luego parece decepcionarse constantemente de él.

 

Esa contradicción hizo que algunos grupos antiguos, sobre todo los gnósticos, comenzaran a sospechar. Ellos creían que el verdadero Dios no podía parecerse a un rey furioso ni a un juez obsesionado con la obediencia. Pensaban que la divinidad auténtica debía estar más allá del ego, del enojo y de la necesidad de ser adorada. Entonces apareció una idea radical: quizá Jehová no era el dios supremo, sino otra cosa. Una entidad poderosa, sí, pero imperfecta. Un creador menor que confundió su autoridad con divinidad absoluta.

 

Los gnósticos llamaron a esa entidad «demiurgo».

 

No lo imaginaban necesariamente como un demonio con cuernos, sino como una conciencia limitada, encerrada en su propia arrogancia. Un ser que creó el mundo material y declaró: «Yo soy el único dios», no porque fuera verdad, sino porque no podía ver más allá de sí mismo. El universo físico, desde esa visión, era una especie de encierro. Un lugar donde las almas olvidaban quiénes eran realmente.

 

Por eso reinterpretaron muchas historias bíblicas de manera opuesta a la tradición.

 

La serpiente del Edén, por ejemplo, dejaba de ser el mal absoluto. Para ellos era quien empujaba al ser humano hacia el conocimiento. Mientras Jehová prohibía comer del árbol, la serpiente ofrecía conciencia. Y eso resulta inquietante porque cambia completamente la escena: ya no parece una lucha entre bien y mal, sino entre obediencia y despertar.

 

Claro que estas ideas nacieron en épocas llenas de persecución, hambre y violencia. El mundo antiguo estaba gobernado por imperios brutales, y muchas personas veían reflejado ese mismo poder en sus dioses. Tal vez por eso Jehová aparece tantas veces como un soberano de guerra: castigando pueblos enteros, exigiendo fidelidad absoluta, respondiendo con ira cuando alguien duda. Los gnósticos veían en eso la evidencia de un dios incompleto. Otros simplemente ven el reflejo de una humanidad primitiva intentando entender el caos del mundo.

 

Y quizá ahí está lo más humano de todo esto.

 

La teoría del «dios impostor» no existe solo para atacar una religión. Existe porque las personas llevan siglos preguntándose si el poder y la verdad realmente son lo mismo. Porque hay algo dentro del ser humano que desconfía de cualquier voz que exija sometimiento total, incluso cuando esa voz viene del cielo.

 

Tal vez por eso esta idea sigue viva. No porque haya pruebas definitivas de que Jehová sea un impostor, sino porque toca una herida muy antigua: la posibilidad de haber entregado el alma al miedo creyendo que era fe.

 

Y honestamente, hay algo triste en eso.

 

Imaginar generaciones enteras arrodillándose ante una presencia que quizá no entendían, buscando amor mientras temían castigo, intentando sentirse dignos frente a una divinidad que parecía imposible de satisfacer. Hay algo profundamente humano en esa imagen. No habla solo de religión; habla de nosotros. De nuestra necesidad desesperada de encontrar sentido, aunque a veces terminemos confundiendo autoridad con verdad y temor con espiritualidad.



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