Indiana caminaba a paso doble, con el cuerpo tenso y extendido, levantando los pies y con paso firme; algo poco común en ella, ya que siempre encorvaba sus hombros y caderas dibujando una “c” mientras arrastraba sus pies, aunque tuviera prisa… como si le pesara la vida.
Las ideas se agolpaban en su cabeza como avispas asustadas, el aire entraba y salía por su garganta sin siquiera llegar a sus pulmones, resoplando entre ahogos como un tren a vapor acelerado.
Ese día, había juntado todas las fuerzas que le quedaban en un solo puño para tomar lo que era suyo. Era su momento de actuar, de hacerse ver…
Con un salto atlético se bajó del bus que la llevó a la oficina donde trabajaba su exnovio. Alargó su paso aún más la cuadra que le faltaba, como si quisiera comérsela de un solo trago.
Mientras caminaba, pensaba que quizás ya habría llegado si no la detuviera la grasa de su gordura.
A unos cuantos metros de la puerta de la oficina, de la nada apareció una mujer, de unos treinta y pico de años que, entre colochos y bolsas, saludó alegre a Indiana.
Como no había forma de atropellarla y dejarla atrás, Indiana se obligó a saludarla con una sonrisa congelada y falsa, mientras mantenía la mirada fija en la puerta que le daba acceso al mundo de su exnovio.
Como en un juego del destino, la mujer decidió ejercer su derecho al chisme y preguntó ¿Qué haces por aquí?
Con esa simple pregunta se abrió la puerta a un universo paralelo.
Justo en ese instante, Indiana podría haber dicho: “Nada, voy de paso… ¿quieres que te ayude con tus bolsas?”, y avanzar feliz dejando atrás su pasado.
Pero no, en su mundo alterno, por unos segundos desvió la mirada, frenó su cerebro acelerado para darse cuenta de que ni siquiera sabía a qué había ido allí…
Quizás ir a esa oficina era un suicidio para su dignidad, como si supiera que allí caería un relámpago y se quedara esperando que la matara.
Su exnovio no le había hablado en más de un año; por supuesto que él daba por terminada toda relación en el momento en que le dijo “Me aburriste”.
Incluso Indiana, envuelta en su obsesión, se daba cuenta del tono humillante de esa frase.
Y si a eso se suman las muchas veces en las que él desapareció y reapareció, la bloqueó y desbloqueó, se revela lo absurdo de la situación.
Ese trato iba en contra de toda norma, aunque en su país y el hogar en que creció, ser mujer era bendición en maldición.
“La mujer debía cuidarse y respetarse”, decían… pero la sociedad la trata como un deshecho cuando ya no es bella, virgen, útil para el sexo, divorciada, o ha sobrepasado cierta edad.
¿Qué molestaba él, ella, o la sociedad? ¿Quién le había quitado más?
Un huracán de ideas y sentimientos la enmarañaban en laberintos sin salida, porque al final: ¿A dónde ir cuando no sabes qué buscar? Cuando no sabes ser amada, no sabes qué es el amor, no sabes qué mereces, no sabes qué molesta más de todo lo que molesta…
Solo quedaba ir adonde todas sus historias se hacían una: amor y desamor, compañía y abandono, justicia e injusticia, igualdad y sometimiento, rechazo y aceptación…
¿tenerlo a él le regresaría todo lo perdido o lo no conocido, o quizás empezaría todo de nuevo esta vez mejor o peor?
Así que, dentro de su hipnótica visión de la realidad dijo: “Vengo a ver a un amigo, ¿de casualidad tienes papel y lápiz? Quisiera escribirle una nota”, y al despedirse de su amiga, se hundió en la oscuridad de su mente.
Vio el papel, blanco y tembloroso como su rostro, a punto de ser maltratado, justo entonces fue dándose cuenta de que no podía verbalizar, ni conceptualizar el avispero de su mente.
¿Lo quiero? ¿qué quiero?
Por una parte “Vete al carajo tú también” seguido de un gran punto final se sentía bien, pero era una defensa tardía, ya que un año atrás empujó, pataleó, lloró, gritó, y de todas maneras nada resultó.
Sus ojos escondían la batalla para descubrir su verdad, mientras escribía garabatos hasta terminar con un papel doblado en la mano, el cerebro vacío y el corazón congelado.
Continuó avanzando hacia la puerta. Al llegar, vio que una verja cerrada limitaba su paso; justo detrás de la verja, había una puerta de vidrio abierta y su exnovio sentado cómodamente, observando plácidamente la pantalla de un computador.
Indiana se quedó parada en la verja, como un fantasma. Quizás pasó un segundo o un milenio... De repente él la miró, para de inmediato cambiar su rostro de plácido a rígido, disparando desprecio con sus ojos, mordiendo el enojo con su tensa mandíbula, esbozó un movimiento con la cabeza casi como diciendo: ¿Qué putas haces allí?
En ese momento el cuerpo de Indiana se movió como un títere jalado por los hilos de todas sus historias.
En lugar de lanzar dardos de valor con sus ojos y marcharse, sostuvo su mirada en el piso para extender la mano y dejarle la nota.
Cuando logró mover sus ojos, vio a su exnovio volteando despectivo su rostro hacia otro lado, mientras lanzaba la nota a la basura…
Ni la curiosidad lo movió a leerla.
¿Quizás esa nota en el basurero era el mejor regalo que la vida le había dado? Quizás esa era la salida de la cárcel que ella misma había construido…
Allí en el basurero se quedó su confusión.
Entendió que quería cualquier cosa menos eso.
Que eso no era amor.
Dio la vuelta con el rostro en alto, liberada de sus ataduras e impulsada hacia otra búsqueda.
A encontrarse consigo misma.
A amarse por completo para ser amada.
Liana, 2014 a 2025
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Autor:
Liana (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 25 de mayo de 2026 a las 01:21
- Comentario del autor sobre el poema: El primer camino al amor es amarse.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 3

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