El hijo afortunado y el hijo desafortunado

Luis Barreda Morán

El hijo afortunado y el hijo desafortunado

Nací donde el barro se pega a los zapatos
y el hambre aprende temprano a decir tu nombre.
En una casa de lámina cansada,
donde la lluvia entraba sin pedir permiso
y el frío dormía junto a nosotros
como otro hermano más.

Mi madre remendaba el tiempo con agujas;
mi padre cargaba el mundo en la espalda
por unas monedas miserables
que apenas alcanzaban para comprar pan
y esconder el miedo de otro día sin trabajo.

Mientras tanto, allá arriba,
en las avenidas donde nunca se corta la luz,
nacían los hijos afortunados.
Con cunas hechas de privilegios,
con la certeza silenciosa de haber nacido
con una cucharita de plata en la boca,
con apellidos tan influyentes
que abrían puertas antes de tocarlas.

Ellos crecían detrás de grandes ventanas,
viendo la pobreza desde automóviles polarizados,
aprendiendo que el mundo les pertenecía
porque sus padres habían comprado los mapas.

El hijo del político
nunca conoció la fila del hospital,
ni el sudor de trabajar doce horas
para regresar con los bolsillos vacíos.
Su guerra era elegir
qué traje usar en la ceremonia.

El hijo del empresario
aprendió desde pequeño
que el dinero puede borrar pecados,
que una firma basta
para convertir la injusticia en ley.

Y el hijo del general,
con medallas colgadas en la sangre,
hablaba de patria y honor
sin haber escuchado jamás
el silbido de una bala cerca del rostro.

A nosotros nos enseñaron otra cosa.

Nos enseñaron a sobrevivir.
A callar el estómago.
A sonreír aunque el futuro
pareciera un perro hambriento siguiéndonos los pasos.

Crecimos viendo cómo los hijos afortunados
subían escaleras eléctricas,
mientras nosotros escalábamos muros
hechos de desprecio y deudas.

Ellos heredaban empresas.
Nosotros heredábamos cansancio.

Ellos heredaban influencias.
Nosotros, nombres olvidados.

Ellos recibían relojes de oro.
Nosotros aprendíamos a contar el tiempo
por las veces que faltaba comida.

Pero llegó el día de la guerra.

Siempre llega.

Los poderosos aparecieron en televisión
hablando de honor, bandera y sacrificio.
Sus discursos olían a perfume caro
y a mentiras practicadas frente al espejo.

Decían:
—La patria necesita héroes.

Y los pobres, como siempre,
fuimos la carne para sus himnos.

En los barrios humildes,
los soldados reclutaban muchachos
que aún tenían tierra bajo las uñas.
Jóvenes que jamás habían salido de su pueblo,
pero ahora debían morir
en tierras que ni siquiera podían pronunciar.

Yo vi madres abrazando hijos
como si el abrazo pudiera detener las balas.
Vi ancianos llorando en silencio
porque ya habían perdido demasiado.

Pero nunca vi al hijo del senador
subiendo a un camión militar.

Nunca vi al hijo del ministro
durmiendo en trincheras mojadas.

Nunca vi al heredero del banco
enterrando amigos con las manos temblorosas.

Ellos encontraban excusas:
una enfermedad inventada,
un contacto influyente,
un papel firmado en oficinas oscuras.

Mientras tanto, los desafortunados
aprendíamos el peso del fusil
antes que el peso de nuestros propios sueños.

Nos mandaban al frente
porque, para ellos, la pobreza
también era una forma de obediencia.

Y, en medio del humo,
cuando la noche olía a sangre y pólvora,
comprendí algo terrible:

La patria de los ricos
nunca se parece a la patria de los pobres.

Porque ellos aman la bandera,
pero jamás el sacrificio.

Aman los desfiles,
las medallas,
los discursos encendidos,
pero no las tumbas.

Las tumbas son nuestras.

Siempre nuestras.

Sin embargo, seguí luchando.

No por ellos.
Nunca por ellos.

Luché por mi madre,
por las manos rotas de mi padre,
por el niño que fui
mirando escaparates vacíos
como quien mira otro universo.

Luché para demostrar
que incluso un hombre nacido en el polvo
puede levantarse,
aunque el mundo entero le ponga el pie encima.

Trabajé donde nadie quería trabajar.
Dormí menos de lo necesario.
Caí tantas veces
que el fracaso comenzó a reconocer mi nombre.

Pero seguí.

Porque los hijos desafortunados
aprendemos algo que los privilegiados jamás entienden:

El dolor también educa.

Y aunque ellos nacieron con caminos abiertos,
nosotros aprendimos a abrir montañas con las manos.

Hoy todavía veo hijos afortunados
hablando de mérito
desde oficinas heredadas.
Hablando de esfuerzo
sin haber conocido el hambre.

Y todavía veo hijos desafortunados
levantándose antes del amanecer,
peleando por sobrevivir
en un juego arreglado desde el principio.

Pero también veo algo más.

Veo obreros que no se rinden.
Madres que vencen la miseria.
Jóvenes que estudian bajo techos rotos
para cambiar el destino de su apellido.

Porque, aunque el poder
siempre intente escribir la historia
con tinta de privilegios,
los desafortunados escribimos la nuestra
con cicatrices.

Y esas historias
nadie puede comprarlas.

Tal vez jamás tengamos mansiones.
Tal vez nunca aparezcamos en periódicos.
Tal vez el mundo siga inclinándose
ante los nombres poderosos.

Pero nosotros conocemos algo
que los hijos afortunados nunca conocerán:

El verdadero valor
de ganarse la vida luchando.

Porque quien nace en la comodidad
jamás entenderá
la dignidad inmensa
de levantarse desde la nada
y seguir caminando,
aunque el mundo entero
te siga poniendo muros.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Noviembre, 2019.

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