María

Alberto Escobar

 

 

Una luz balbuciente
rompe ya su ventana, 
le despierta, su colchón
holgazanea, se resiste
a dar por terminado el sueño,
pero María ya se levanta,
desoye esos cantos de sirena,
tiene trabajo que hacer. 
Casi no ha amanecido y María
ya organiza, piensa, mientras
se ducha,  le esperan reuniones 
decisivas, y mientras los pájaros
de fuera pían con violencia,
como si les fuera en ello la vida. 
El sol, tímido aún, apunta
tras una nube escasa, y María,
ya vestida, perfumada, elegante,
desayuna con una mirada absorta,
perdida en los azulejos andaluces
de la cocina, y parece que disfruta
de ese café, de esa tostada.
El coche, ya despierto, abajo,
se agita alegre como un perro
ante su presencia, abre sus puertas 
impaciente, el tráfico que le espera
será denso pero no le importa. 
María hace cálculos, analiza 
al contrincante, repasa qué hacer,
cómo negociar, y se da un ok, 
—ojalá haya buena mar— piensa. 
María acaba de llegar al edificio 
donde tiene su despacho, aparca
con una facilidad mecánica, diaria.
María sube a un lúgubre ascensor,
concentrada, mirando a nada, 
y piensa, ojalá...
María entra en su despacho, ventanas
cerradas, y se sienta a la espera. 
Suena un toc toc en su puerta,
se adecenta instintiva, la falda 
en su sitio, la camisa, el aliento...

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