Amores Incompletos

Luis Barreda Morán

Amores Incompletos 

Te espero donde el tiempo se deshace,
donde los calendarios sangran lentamente
sobre paredes cubiertas de recuerdos.
Te espero en el rincón más silencioso de mi vida,
en ese lugar donde aún pronuncio tu nombre
aunque nadie responda.

Te espero
como espera la lluvia a la tierra seca,
como espera el mar a los barcos perdidos,
como espera un niño la voz de su madre
cuando la noche le llena de miedo los ojos.

Y sé que no vendrás.
Lo sabe mi sombra,
lo saben las ventanas cerradas,
lo saben las cartas que jamás envié
y las canciones que dejé morir en mi garganta.

Pero, aun así, te espero.

Porque hay amores que nacen para quedarse incompletos,
como versos mutilados por el viento,
como promesas escritas sobre agua,
como estrellas que vemos brillar
aunque hayan muerto hace siglos.

A veces imagino que regresas.
Escucho pasos en la madrugada
y mi corazón se levanta desesperado,
como un perro fiel que reconoce a su dueño.
Entonces corro hacia la puerta,
abro,
miro la calle vacía,
y solo encuentro el frío
abrazándome otra vez.

La ciudad ya no me conoce.
Camino entre la gente como un fantasma
que aprendió a respirar sin estar vivo.
Nadie sabe que llevo tu ausencia
clavada entre las costillas,
como una daga lenta
que nunca termina de entrar.

Las noches son largas.
Demasiado largas.

La Luna me mira con tristeza,
como si entendiera este castigo
de amar sin tener.
Y las estrellas, tan lejanas,
parecen pequeñas heridas abiertas
en la piel oscura del cielo.

Te hablo aunque no estés.
Te cuento cómo me fue el día,
cómo el café perdió el sabor,
cómo la música dejó de salvarme,
cómo aprendí a fingir sonrisas
para que nadie sospeche
que me derrumbo por dentro.

Hay días en que logro olvidarte unos minutos.
Entonces río,
camino tranquilo,
respiro.
Pero, de pronto, aparece algo:
una calle,
un perfume,
una canción antigua,
y vuelves entera
a destruir el poco orden que había construido.

Qué injusto es el amor.

Uno entrega el alma
sin saber si el otro piensa quedarse.
Uno construye un hogar en otro cuerpo
sin imaginar
que un día será expulsado al invierno.

Yo te hice hogar.
Te hice refugio.
Te hice eternidad.

Y tú, quizás sin querer,
me convertiste en ruinas.

No te culpo.
El amor nunca tuvo la obligación de durar.
Fuimos dos incendios coincidiendo en la tormenta,
dos viajeros cansados
sentándose un momento en la misma estación
antes de partir hacia destinos distintos.

Pero cómo duele aceptar eso.

Cómo duele entender
que hay personas que llegan
para enseñarnos a amar
y luego desaparecen,
dejándonos el corazón lleno de ecos.

A veces quisiera odiarte.
Sería más fácil.
El odio, al menos, da fuerza,
da motivos,
da dirección.

Pero yo solo sé extrañarte.

Y extrañarte es una forma lenta de morir.

He pensado en tomar ese bus hacia tu ciudad,
bajar en cualquier terminal,
buscarte calle por calle
hasta encontrarte por accidente.
Imagino verte de lejos,
quizás sonriendo,
quizás tomada de otra mano,
quizás feliz.

Y entonces comprendo
por qué nunca fui.

Porque algunos amores
sobreviven únicamente en la distancia.
Porque acercarse demasiado
podría destruir la última ilusión que queda.

Así que me quedo aquí,
con este universo pequeño
hecho de recuerdos tuyos.
Con las madrugadas vacías.
Con las preguntas que jamás tendrán respuesta.

¿Piensas en mí?
¿Aún pronuncias mi nombre en silencio?
¿Te duele también la memoria?
¿O fui solamente una estación pasajera
en el largo viaje de tu vida?

Nunca lo sabré.

Y quizá eso sea lo más triste.

Porque el amor no siempre termina con un adiós;
a veces termina con un silencio
tan inmenso
que uno pasa años intentando salir de él.

Hoy vuelvo a esperarte.
Como ayer.
Como siempre.

Te espero cuando el amanecer rompe la oscuridad,
cuando las aves cruzan el cielo
y el mundo parece empezar de nuevo.
Te espero en cada canción triste,
en cada noche de lluvia,
en cada sueño donde todavía existimos.

Te espero
aunque la esperanza se haya cansado.
Aunque mi corazón avance herido.
Aunque la vida siga empujándome lejos de ti.

Porque hay personas que jamás se van del todo.

Y tú
vives todavía
en el último rincón de mi alma
donde aún queda luz.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Junio, 2018.

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