Hoy decido permanecer contigo mientras la noche desciende lentamente sobre nosotros y cubre los objetos con esa melancolía de hospital abandonado, quiero quedarme cuando comiencen tus derrumbes, cuando tu voz adquiera ese tono extraño de las personas que llevan demasiado tiempo hablando solas, cuando el dolor vuelva a deformar el aire alrededor de tu cuerpo y las habitaciones se llenen de una quietud insoportable, semejante a la que existe dentro de los ataúdes antes de cerrarse, porque conozco ese silencio, lo he escuchado crecer dentro de mi propia garganta hasta convertir cada pensamiento en un pasillo interminable donde algo invisible arrastra cadenas.
Te miro y hay algo devastadoramente humano en tu cansancio, algo que no puede ocultarse detrás de ninguna máscara. Pareces alguien que ha pasado demasiados años sosteniendo puertas cerradas para impedir que la oscuridad entre, sin darse cuenta de que la oscuridad ya estaba respirando adentro desde el principio. Por eso hoy quiero darte un espacio donde puedas desmoronarte sin vergüenza. Un lugar donde puedas desprenderte lentamente de la piel endurecida por los años, igual que los santos putrefactos de las criptas pierden sus vestiduras bajo la humedad. Quiero verte existir con todas tus edades abiertas al mismo tiempo: el niño que aprendió demasiado pronto el sonido de la tristeza, el hombre que convirtió el silencio en refugio y el anciano invisible que ya habita tus ojos cada vez que crees que nadie te mira.
Hoy te escucho más allá de las palabras, más allá de esa manera tuya de apagar las habitaciones cuando algo te hiere, como si el dolor tuviera derecho a devorar toda luz cercana. Cuando callas, las lámparas parecen enfermarse. Las sombras suben lentamente por los muros como agua negra y hasta el aire cambia de textura, adquiriendo el olor húmedo de las iglesias vacías donde la gente reza esperando que alguien todavía escuche. Entonces te abrazo para impedir que el silencio siga alimentándose de ti. Porque hay silencios que no son ausencia de ruido, sino criaturas vivas, organismos ciegos que crecen dentro de la mente y comienzan a roerla desde adentro mientras uno sigue fingiendo normalidad frente al mundo.
Te acompaño con cosas pequeñas porque las cosas pequeñas son las únicas que sobreviven cuando todo lo demás empieza a pudrirse, tu taza favorita dejando escapar un hilo de vapor semejante al alma de un animal herido. Una película reproduciéndose en otro cuarto, sus voces lejanas sonando como recuerdos ajenos atrapados detrás de una pared demasiado gruesa. Tu música favorita sonando bajo, tan bajo que parece provenir de debajo del suelo, como si la casa misma estuviera intentando consolarte con sus murmullos antiguos.
Hoy te leo y tu voz deja algo insoportablemente bello flotando en el aire. Una claridad lenta y enferma, parecida a la luz que permanece encendida en ciertas ventanas durante la madrugada, cuando toda la ciudad ya duerme y únicamente los insomnes continúan despiertos hablando con sus fantasmas. Entonces imagino el futuro contigo y no veo felicidad; veo permanencia, veo dos figuras avanzando juntas por un corredor infinito lleno de puertas cerradas, acompañándose apenas con el eco de sus pasos y con el sonido lejano de algo llorando detrás de los muros. Y, extrañamente, eso basta. Porque hay amores que no nacen para salvarnos, sino para permanecer sentados junto a nuestra ruina mientras el mundo termina de oscurecerse.
Y sin embargo, mientras escribo todo esto, algo dentro de mí comienza a abrirse como una herida vieja, comprendo de pronto que nadie habló así para mí, nadie atravesó mis corredores oscuros llevando una lámpara, nadie permaneció despierto junto a mi cama cuando la madrugada me convertía en una criatura irreconocible incluso para mí mismo, nadie sostuvo mi rostro entre las manos como si todavía hubiese algo digno de salvar debajo de tanto cansancio acumulado.
Solo existe este cuarto respirando humedad, esta casa llena de ecos donde las tuberías gimen durante la noche como animales atrapados dentro de las paredes, mi cuerpo sentado frente a una mesa mientras la oscuridad crece lentamente detrás de las ventanas igual que un océano negro subiendo por los edificios. Y mi voz regresando sola después de tocar las paredes, deformada, envejecida, convertida apenas en otro ruido más dentro de esta arquitectura del abandono.
Entonces comprendo la verdad más terrible: todas estas palabras nunca fueron para alguien más, son una conversación desesperada conmigo mismo. Un hombre intentando construirse refugio con fragmentos de lenguaje antes de que el silencio termine de devorarlo, una criatura agotada hablándole con ternura a sus propias ruinas porque nadie más aprendió jamás el idioma exacto de su tristeza.
-
Autor:
Bruno Gatica 1 (
Offline) - Publicado: 24 de mayo de 2026 a las 04:33
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Javier Julián Enríquez

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.