De pronto, sin aviso,
todo adquiere una forma distinta.
El arquero ha desaparecido.
Queda la tensión, que es otra forma del arquero,
y la luz antes de caer,
que es otra forma de la oscuridad.
Todo origen contiene ya su disolución.
Las flechas no se lanzan:
buscan en el espacio
el cuerpo que las justifique,
como toda pregunta busca
no la respuesta sino el silencio
que la hace posible.
Todo se tambalea
y sin embargo todo está naciendo,
como siempre ha nacido,
como seguirá naciendo
cuando ya no haya nadie que lo recuerde,
ni nadie que olvide haberlo olvidado.
Los silencios afinados
gritan nuestro nombre verdadero,
ese que antecede al lenguaje
y que el lenguaje nunca alcanza.
Miro por la ventana.
La calle es un texto que no sé leer,
un soplo de materia
que lleva siglos esperando una conciencia.
El cielo no nos cubre:
nos convoca hacia un centro
que se desplaza cada vez que nos acercamos,
porque quizá el centro
no es un lugar sino un movimiento,
no es un destino sino una dirección
que nos constituye.
El amor antiguo no regresa:
cada vez es un amor nuevo
con la misma cara del primero,
como si todo el amor fuera
una sola herida que se renueva
para no cicatrizar nunca.
Los adioses no concluyen:
se refinan, como el oro,
como los sueños que olvidamos
y que sin embargo nos siguen gobernando,
porque lo verdadero no necesita ser recordado.
Lo que perdemos no desaparece:
aprende a vivir sin nosotros
y se instala en un lugar
que no figura en ningún mapa
pero que todos hemos visitado,
en ese instante en que supimos
que éramos prescindibles
y seguimos aquí.
La vida, como los poemas,
ya estaba escrita
antes de que existiera
alguien capaz de leerla.
Y ahí nos quedamos esperando,
como si alguien fuera a hacer con nosotros
una obra más verdadera que nosotros mismos,
sin advertir
que esa espera
ya es la obra.
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Autor:
Belina Fernández (
Online) - Publicado: 21 de mayo de 2026 a las 18:48
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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