[La Apoteosis de la Carne]
Mi adorada mujer…
Siempre para mí serás aquella dama de los mil milagros...
Mi santa, mi Locura Hermosa, donde el rezo se hace carne por toda la curvatura de tu boca.
Porque obras milagros con mi pluma
cuando creo que toda inspiración me ha abandonado,
cuando la fe se ha secado como tinta vieja
y el corazón parece un pozo sin fondo.
Basta unas cuantas palabras tuyas,
como bendiciones que caen del cielo,
para que mi tintero vuelva a llenarse
de sangre caliente y negra,
para que la pluma tiemble
como un cuerpo poseído
y empiece a sangrar versos.
Doy gracias y rezo un rosario solo a ti,
mi Santísima de los poetas afligidos,
pero llenos de devoción.
Eres mi Patrona,
a la que elevo mis plegarias y mis versos más más castos y obscenos.
Siempre seré tu fiel devoto;
el acólito, donde mi santa obre sus milagros.
Pero de santa no tienes nada
cuando te encuentras en el filo del umbral
que lleva a mis aposentos donde se pierden
los hábitos y se ungen los del cuerpo sacro.
Cuando por tu ser se deslizan aquellos hábitos
por el suelo como pieles muertas,
y dejas ver en todo su esplendor
la eucaristía de tu cuerpo desnudo,
ese altar vivo, tibio y palpitante
donde tu piel brilla como mármol mojado
bajo la luz de una sola vela.
Cuando como de tus labios
con hambre de hereje,
y bebo de tus senos
tal cual el pan y el vino dionisiaco,
cuando tomo la hostia caliente
de tu boca abierta y la desago con mi lengua serpiente, entonces ahí,
todos mis pecados son redimidos
en un solo acto de comunión profana y sagrada.
Ya no eres mi santa en la cama.
Ahora te has convertido en mi salvación carnal.
Al tenerte entre mis brazos soy salvo.
Me arrancas con tus piernas del purgatorio
y me elevas a las alturas,
limpias todos mis faltas, mis pecados
con tu lengua que recorre mi cuello,
con tus senos que se derraman sobre mi pecho,
con tu sexo húmedo y ardiente
que se abre como una flor carnívora
para tragarme entero hasta que nazca un Hieros Gamos, una Coniunctio hecha con nuestra alquimia.
Solo puedo rendirme a tus pies,
besarlos, morderlos, adorarlos,
mientras te penetro lentamente,
como quien entra en un templo prohibido,
como quien profana y santifica al mismo tiempo.
Bendigo tu nombre y el mío.
Bendigo la cama donde se consagra
nuestro amor naciente y salvaje.
Bendigo tu sexo fundido con el ángel y el demonio que abita en mí.
Eres altar caliente y palpitante
donde mi carne se vuelve verbo
y el verbo se vuelve tu boca
donde horo
una y otra vez,
más profundo,
más húmedo,
más desgarrante,
hasta sentir que nuestras lenguas se funden en una en un coito sagrado.
Dígnate, mi Locura Hermosa, mi Santa.
No podría existir más que una perfecta unión
entre tu ser divino
y tu fiel fauno hereje y poeta,
entre tu cuerpo de diosa
y mi boca de demonio
que te devora
como si el paraíso
estuviera entre tus piernas.
Amo la manzana tanto como te amo a ti,
mi Adoración.
Siempre tuyo…
en el milagro constante
de tu cuerpo abi erto
y mi alma arrodillada,
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Autor:
Baratza (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 20 de mayo de 2026 a las 18:22
- Categoría: Erótico
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Pedro Novoa Pavon Novoa, Osler Detourniel

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