En el pueblo se comenta,
de Tania, la buena anciana,
que la pena alivia y sana
con los dones que ella ostenta.
Su mano humilde presenta
brebajes, plantas y rezos,
sanando dolores gruesos
del vecino que la busca,
su virtud nunca se ofusca:
tiene bondad en excesos.
Sábila para el ardor,
orégano al resfriado,
mantiene el cuerpo aliviado,
disipa todo dolor.
Frente al daño protector,
mal de ojo quita con rezo,
sana piel, órgano y hueso;
con la hierba mora quita
culebrillas, y bendita
deja el alma del poseso.
Mas el tiempo, sombra fría,
se lleva lo que es sagrado;
un invierno prolongado
marchita la lozanía.
Todo el pueblo en su agonía
ve a Tania debilitada,
su vela casi apagada
padece en la noche oscura.
¿Podrá su propia mixtura
salvar a la condenada?
Sabiendo que el fin acecha
y que el destino es violento,
Tania, con un frío aliento,
deja su suerte derecha.
Sobre su cama maltrecha,
llama al sobrino escogido;
un aire desconocido
sopla por todo el casón,
comienza la transmisión
hacia el joven sorprendido.
Frente a un grupo de testigos,
abre su mano arrugada;
brota una sombra enredada
lejos de rezos amigos.
Una araña de castigos
de su vórtice se asoma,
y una densa niebla toma
al muchacho en lo profundo...
Tania dice adiós al mundo
bajo un frío y negro aroma.
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Autor:
Cjb... (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 20 de mayo de 2026 a las 11:26
- Categoría: Gótico
- Lecturas: 13
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Poesía Herética, Osler Detourniel, Nelly Cevallos - Liora, Antonio Pais, El Hombre de la Rosa, Mauro Enrique Lopez Z.

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