Esclavos Unidos

Luis Barreda Morán

Esclavos Unidos

Bajo los anuncios de neón
y las banderas gigantes
que flamean sobre avenidas infinitas,
camina el hombre cansado
con el uniforme manchado de grasa,
la espalda doblada
y los bolsillos llenos de facturas.

Le dijeron desde niño
que existía un paraíso de vidrio y acero,
una tierra donde el esfuerzo
era una llave dorada,
donde el hambre no sobrevivía
y el futuro tenía forma de rascacielos.
Le llamaron
el sueño americano.

Pero nadie habló
de las noches sin seguro médico,
de los ancianos contando monedas
para comprar pastillas,
de los estudiantes
encadenados a préstamos eternos,
como prisioneros modernos
firmando su propia condena.

Nadie mostró
las ciudades partidas en dos:
la avenida brillante
y el callejón oscuro;
la mansión iluminada
y la tienda de campaña
debajo del puente.

Allí viven los invisibles:
los que sirven café al amanecer,
los que limpian oficinas vacías
mientras la ciudad duerme,
los que trabajan tres empleos
y, aun así,
no pueden pagar la renta.

“Esclavos Unidos”,
susurran las fábricas
con humo en los pulmones del cielo.
“Esclavos Unidos”,
repiten los supermercados abiertos toda la noche,
las cajas automáticas,
las cámaras vigilantes,
los relojes que nunca descansan.

Porque el amo ya no lleva látigo:
lleva traje,
acciones en bolsa
y contratos imposibles de leer.

Porque las cadenas ya no hacen ruido:
son deudas,
tarjetas de crédito,
seguros imposibles,
hipotecas que devoran la vida
gota a gota.

Y el trabajador sonríe
para no perder el empleo,
aunque el cuerpo se le rompa
como una máquina vieja.

En las calles de concreto,
un veterano duerme entre periódicos.
Sobrevivió a la guerra,
pero no sobrevivió al olvido.
A pocos metros,
una pantalla gigante vende felicidad
en cuotas mensuales.

Todo parece posible
si tienes dinero.

La libertad se vende
igual que los medicamentos,
igual que la educación,
igual que el agua,
igual que el tiempo.

Y, mientras tanto,
la televisión sigue diciendo
que cualquiera puede triunfar,
que la pobreza es un fracaso individual,
que el cansancio es falta de disciplina,
que el hambre
es culpa del hambriento.

Pero hay madres
que trabajan hasta sangrar las manos
y, aun así, deben elegir
entre pagar la luz
o comprar comida.

Hay jóvenes
que estudian durante años
para despertar convertidos
en esclavos del interés bancario.

Hay hombres y mujeres
que venden su sangre,
sus horas,
su sueño,
su juventud,
para alimentar una maquinaria
que nunca se sacia.

Y, aun así,
el sistema exige más.

Más productividad.
Más consumo.
Más velocidad.
Más silencio.

Las ciudades rugen
como bestias eléctricas.
Las autopistas parecen ríos infinitos
de personas huyendo del tiempo.
Nadie mira a nadie.
Todos corren.

Corren detrás de una promesa
que se aleja
cada vez más.

El sueño americano
se convierte entonces
en un espejismo luminoso
sobre un desierto de facturas.

Y, bajo la bandera inmensa,
hay millones de rostros agotados
preguntándose en secreto
si vivir
debería doler tanto.

Pero, en medio del ruido,
también nace la resistencia.

Una mujer comparte comida
con quien duerme en la calle.
Un trabajador levanta la voz
en una fábrica silenciosa.
Un estudiante escribe
contra el miedo.
Un barrio entero se organiza
para no desaparecer.

Porque, incluso en la noche más fría,
la dignidad resiste.

Y quizá el verdadero sueño
no era conquistar el mundo,
ni acumular riqueza,
ni levantar torres gigantescas.

Quizá el verdadero sueño
era algo más simple:

Que nadie muriera por ser pobre.
Que ningún niño heredara hambre.
Que trabajar no significara esclavitud.
Que la vida valiera más
que el mercado.

Entonces caerán los anuncios luminosos,
las mentiras repetidas,
los discursos vacíos.

Y los invisibles,
los olvidados,
los esclavos unidos
por el cansancio y la esperanza,
levantarán, al fin,
una patria distinta:

no construida sobre deudas,
ni sobre miedo,
ni sobre hombres arrodillados,

sino sobre manos compartidas,
pan repartido,
justicia verdadera
y una libertad
que no tenga precio.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA 
Abril, 2017.

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Comentarios +

Comentarios1

  • AZULNOCHE

    Qué bien define el titulo de tu escrito (está buenísimo) a lo que está pasando en ese país y en todos los del mundo en general, los trabajadores muchos con un sueldo ya no alcazan a vivir una vida básica, sin lujos, buscan un segundo empleo para pagar una casa y trabajan de sol a sol y aun así no alcanza.
    Siendo los nuevos esclavos de siglo XXI que sin arrastrar cadenas, llevan encima el peso de sus vidas, repleto de un ruido interno, por la supervivencia, que les roba su paz, tranquilidad, y su dignidad en muchos casos.
    El sueño americano pasa a ser la pesadilla que devora los sueños e impide realizarlos.

    En tu escrito se siente la esperanza de un cambio posible, ojalá sea así.

    Un saludo afectuoso!



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