Madrugaba la aurora en la orilla del día,
trazando el horizonte su ruta de sal,
mientras mis pasos daban, en fiel sintonía,
su diario tributo al perfil del mar.
Apenas el sol encendía el cenit
con un rojo intenso de fuego y promesa,
presagio estival de un latir sin fin,
un día de verano cubierto de sorpresa.
La fatiga del cuerpo sumaba kilómetros,
busqué el malecón en su hora temprana;
la gente bullía, rompiendo los cronómetros,
y el pulso del mundo llamaba a mi ventana.
Y allí, en el café de la vieja costumbre,
estaba sentada la calma y el mito:
jamás la había visto, más bajo su lumbre
me senté a su lado en un lazo infinito.
El mozo, leyendo mi mente en silencio,
sirvió de inmediato el manjar esperado:
un café templado que frena el cansancio,
y un tierno croissant a la plancha dorado.
Ella se inclinó con aroma de hogar,
un beso de afecto selló la mañana,
y al darme el saludo, me hizo dudar...
¡Qué voz tan antigua, qué voz tan cercana!
Desayuno de enigmas, de mudos amantes,
las manos unidas burlando al destino,
los ojos clavados, perplejos, radiantes,
fundiendo en un soplo los dos caminos.
Nos fuimos del brazo, perdiendo el recelo,
mezclados de pronto en el zoco estruendoso;
los cuerpos ceñidos quemaban el hielo,
sintiendo el deseo, carnal y glorioso.
Salimos del mercado buscando la altura,
terraza que mira la mar más tranquila,
y allí, contemplando la azul mansedumbre,
el mundo en nosotros despacio destila.
Palabras sin rumbo, caricias de viento,
susurros benditos que no exigen lógica...
Y así nos marchamos en ese momento,
lejos... muy lejos…, con un ansia mística
¡ Cada vez más cerca, perdiendo la distancia.!
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 19 de mayo de 2026 a las 05:16
- Categoría: Amor
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: racsonando, Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais, Noa Subin, Daniel Omar Cignacco

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