Dedicado a cada lágrima derramada por mi hermana Derly. Cada vez que recuerda a su mascota querida
Nixie llegó siendo apenas un puñado de vida, una cachorra de orejas grandes y pasos torpes, como si todavía estuviera aprendiendo cómo se entra al corazón de una casa.
No llegó directamente a los brazos de mi hermana, pero fue mi hermana quien terminó haciéndose madre de aquella criatura.
Porque hay amores que no necesitan permiso, solo suceden.
Y ella la alimentó de paciencia, de caricias, de juegos repetidos mil veces, de palabras dichas con esa voz especial que solo se usa con quienes amamos profundamente.
Nixie creció.
Pastor alemán, bella y fuerte, con el brillo noble en los ojos de quien ama sin medida.
La casa aprendió su nombre.
Aprendió el sonido de sus patas, la felicidad de verla llegar, la manera en que una cola moviéndose puede cambiar el humor de un día entero.
Había algo distinto en las mañanas cuando Nixie estaba.
Algo más vivo.
Como si incluso el aire tuviera mejores razones para quedarse.
Y mi hermana la amó.
No como se quiere a una mascota, esa palabra a veces tan pequeña.
La amó como se ama lo imprescindible.
Como se ama una compañía que sostiene silencios, que reconoce tristezas sin preguntas, que acompaña sin cansarse.
La amó como hija, como amiga, como refugio.
Pero un día llegó esa clase de tristeza que parece injusta incluso cuando se explica.
El médico habló de seres humanos, de respiraciones difíciles, de cuidados, de imposibilidades.
Y Nixie tuvo que irse.
No porque faltara amor, sino precisamente porque lo había.
Llegó entonces a la casa de Sandy. Mi otra hermana, y también allí la quisieron.
La recibieron con ternura, con el deseo sincero de hacerle más suave el cambio, de cuidarla, de acompañarla.
Hubo manos nuevas queriendo protegerla, voces llamándola por su nombre, corazones abiertos para ella.
Porque el amor, a veces, también es eso: abrir espacio para un dolor que no empezó en uno, pero que igual se aprende a abrazar.
Quince días.
Solo quince días.
A veces la vida tiene una crueldad silenciosa que no avisa.
De un momento a otro enfermó.
Y aunque nadie puede decir con certeza qué dolores lleva un animal por dentro, yo también quiero creer que murió de tristeza, de ausencia, de no entender por qué de pronto el mundo ya no olía a la persona que había sido su hogar.
Tal vez buscó a mi hermana en cada puerta, en cada ruido, en cada noche.
Tal vez esperó.
Porque los perros esperan, incluso cuando el corazón ya empieza a cansarse.
Y desde aquel día algo quedó roto.
Mi hermana empezó a vivir con el idioma de la ausencia.
Ese que aparece de repente cuando ve pasar un perro por la calle, cuando un ladrido cualquiera abre una herida vieja, cuando el recuerdo llega sin avisar y se sienta a su lado.
Entonces llora.
Llora y llora y llora.
Como si todavía hubiera algo pendiente, como si el amor no encontrara dónde quedarse cuando el cuerpo ya no está.
Pero quizá el amor nunca se va.
Quizá Nixie sigue viviendo en la forma en que mi hermana mira a los animales, en la ternura que le quedó para siempre, en ese dolor inmenso que solo tienen quienes han amado de verdad.
Porque nadie llora tanto por algo pequeño.
Se llora así cuando alguien fue casa.
Y Nixie lo fue.
Para una hermana, para otra, para una familia entera que todavía la nombra en silencio.
Aunque su vida haya sido larga siempre se sintió que fue breve.
Aunque su partida llegara demasiado pronto, ella dejó una huella tan profunda que todavía hoy, cada lágrima de mi hermana parece decir lo mismo: qué suerte haber amado así, aunque doliera tanto perderla.
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Rafael Blanco López
Derechos reservados
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Autor:
Luis Rafael (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de mayo de 2026 a las 14:35
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais, Salva45, Antonio_cuello, Noa Subin, Nelly Cevallos - Liora, alicia perez hernandez

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