Cartografía de un coma elegante.

El Cronista sin puerto

Comenzó como comienzan ciertas derrotas:
con una música lejana,
un tren atravesando Castilla,
y tu voz
preguntándole a la noche:

¿Y si no nos hubiéramos conocido?

Entonces comprendí
que también existen preguntas
capaces de abrir una herida.

Tus cartas sobre la mesa.
Mi letra inclinándose hacia ti
como un hombre enfermo de invierno.
Las rosas de papel
aprendiendo demasiado pronto
la tristeza de las cosas frágiles.

Y yo,
tan torpemente humano,
mirando el humo subir hacia el techo
como si Camus fuera a decirme al oído
que toda forma del amor
termina pareciéndose al exilio.

Pero hay noches—
Dios mío, hay noches—
en las que el mundo entero
parece respirarse desde muy lejos.

La lámpara encendida.
El vidrio empañado.
Tu nombre cruzando lentamente
la habitación vacía.

Y este miedo absurdo
de despertar.

No perderte:
despertar.

Volver al antiguo ruido de hospital,
a las calles donde nadie me esperaba,
a la lenta costumbre del silencio.

Porque ahora sé
que incluso dormido,
incluso hundiéndome
en la parte más oscura de mí mismo,

seguiría buscándote.

Como buscan los ciegos la luz.
Como busca el humo
la altura.
Como buscan los muertos
la memoria de sus cuerpos.

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