Eterna Llama

Luis Barreda Morán

Eterna Llama 

Eso dicen los árboles
cuando el viento repite los nombres
de quienes alguna vez descansaron bajo su sombra.
Eso murmuran los ríos
cuando cargan memorias antiguas
como cartas jamás abiertas.
Y eso dicen también los ojos
de quien ama de verdad:
que nadie desaparece del todo
mientras alguien conserve su voz
encendida en el corazón.

Moriré, sí,
pero no el día en que la tierra cubra mis huesos
ni cuando el reloj se quede sin mi hora.
Moriré el día terrible y silencioso
en que la última persona pronuncie mi nombre sin recordar mi rostro,
cuando nadie pueda reconstruir
la manera en que reía,
la forma torpe en que abrazaba,
o el temblor pequeño de mi voz
al decir “te quiero”
como si el amor fuera una lámpara
que siempre estaba a punto de apagarse.

Porque el cuerpo es apenas un huésped,
una casa prestada por el tiempo.
Lo eterno ocurre en otra parte:
en la memoria.
En esa habitación secreta
donde sobreviven las canciones,
los perfumes,
las cicatrices compartidas,
las madrugadas interminables,
y las palabras que parecían pequeñas
pero salvaron una vida.

Tal vez un día
mi silla quede vacía,
mi ropa pierda mi olor,
y las fotografías comiencen a desteñirse
como cielos cansados.
Tal vez el polvo cubra mis libros
y otra familia habite la casa
donde alguna vez fui feliz.
Pero mientras alguien recuerde
que yo amaba la lluvia,
que me quedaba mirando la luna
como quien escucha una confesión antigua,
mientras alguien sonría de pronto
porque una canción le hizo pensar en mí,
yo seguiré respirando
en algún rincón invisible del mundo.

No hay cementerio capaz
de encerrar un recuerdo.
Los muertos verdaderos
no son los que parten,
sino los que dejan de existir
en la memoria de los vivos.
Por eso hay abuelos
que todavía conversan en las mesas familiares,
madres que aún acarician el sueño de sus hijos
desde la distancia imposible,
y amigos que regresan de repente
en una frase,
en un aroma,
en una calle cualquiera.

Somos más memoria que carne.
Más eco que materia.
Vivimos en los demás
como viven las estrellas apagadas
cuyo brillo sigue viajando
mucho después de haber muerto.

Y quizá algún día,
cuando mis pasos ya no suenen sobre la tierra,
alguien contará una historia sobre mí.
Dirá:
“Se reía fuerte.”
“Odiaba despedirse.”
“Amaba demasiado.”
Y en ese instante
volveré por un segundo
a abrir los ojos dentro del universo.

Porque nadie se va del todo
si dejó amor suficiente para ser recordado.

Quiero vivir así:
no como un nombre escrito en piedra,
sino como una llama pequeña
pasando de corazón en corazón.
Quiero permanecer
en las conversaciones nocturnas,
en los consejos repetidos,
en las canciones dedicadas,
en los gestos heredados sin darse cuenta.
Que alguien mire el mar
y recuerde cómo yo lo contemplaba.
Que alguien abrace como yo abrazaba.
Que alguien repita una frase mía
sin saber que me está resucitando.

Y cuando llegue el último día,
el verdadero último día,
cuando la última memoria de mí
se disuelva como sal en el océano del tiempo,
cuando ya nadie pueda decir quién fui,
ni recordar la música de mis pasos,
entonces sí habré muerto.

Pero mientras exista un alma
que conserve mi risa escondida entre sus días,
mientras alguien cierre los ojos
y todavía pueda encontrarme,
yo seguiré aquí.

Invisible.
Callado.
Eterno.

Porque la muerte no existe.
La gente sólo muere
cuando la olvidan.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2017.

Ver métrica de este poema
  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 17 de mayo de 2026 a las 00:57
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 5
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos


Comentarios +

Comentarios1



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.