Sobre la tierra roja de Nigeria, sombras de odio

Leoness

Sobre la tierra roja de Nigeria, donde el viento arrastra sollozos de pólvora,

despierta Ereco, la mujer de las piernas de relámpago,

la gacela sagrada que corre con el corazón expuesto al firmamento.

Sus pies no tocan el polvo; desafían a la gravedad y al olvido,

mientras a su espalda ruge una jauría de sombras,

escisión Boko Haram, hombres con ojos de ceniza,

fusiles que escupen sentencias de muerte prematura.

 

Imponen acallar tu pecho de bronce, Ereco,

quieren mutilar la velocidad que Dios plantó en tus muslos de gaviota.

La violencia tribal es un monstruo de metal y decretos de barro,

un dogma oscuro que teme a la mujer que vuela libre sobre la sabana.

Te persiguen con máscaras de herrumbre y rezos mutilados,

transformando el paisaje en un laberinto surrealista:

los árboles lloran cartuchos dorados,

los ríos se vuelven de mercurio espeso,

y el horizonte se contrae como un puño de piedra.

 

¡Cuántos avatares desagradables en la ruta del espanto!

Estaciones de tren donde las vías se retuercen como serpientes de agonía,

noches clandestinas durmiendo bajo la axila de un cielo que gotea sangre,

y el sabor amargo del miedo, que se pega a la garganta como arena caliente.

 

Pero en la raíz misma del abismo, donde la geometría del odio se quiebra,

surge él, tu gran amor, un hombre con manos de agua viva y pecho de madera dulce.

Él no trae cadenas ni mandamientos de hoguera;

él trae un océano entero para que tus pies de atleta corran sobre las olas.

 

"Tu libertad es mi patria", te dice el viento con su boca de hojas.

 

Se aman en mitad de la persecución, entre relojes que se derriten en el desierto

y mariposas de hierro que vuelan bajo las balas del fanatismo.

 

Cuando tú caes, él es la tierra blanda que te abraza;

cuando él desfallece, tú lo levantas con la fuerza de tus tendones de fuego.

Juntos burlais el cerco de la secta, cruzando puentes hechos de humo y memoria,

esquivando a los verdugos que se disuelven como sal amarga bajo la tormenta.

 

Frente a la demencia de la escisión oscura,

frente a los fusiles que querían someter tu vientre y tu destino,

Ella y su amante plantan un árbol de besos indestructibles.

Ante la violencia de género que pretendía devorarte,

vuestros cuerpos se trenzan en una iglesia de carne, viento y resistencia.

Sellan su amor con el sello del relámpago,

un matrimonio de raíces profundas que ninguna bala puede marchitar.

 

Los perseguidores se vuelven estatuas de arena,

vencidos por el peso de un amor que corre más rápido que el odio.

 

Ereco ya no huye de la jauría.

Ahora estalla libre, hacia el origen de su propia fuerza, 

envuelta en aplausos y eternidad, e infinitamente salvaje. 

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Comentarios +

Comentarios1

  • Nkonek Almanorri

    Leyendo este texto tan profundo como hermoso me recordó lo que se lee en la novela "Todo se desmorona" del nigeriano Achebe Chinua, gracias.



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