El Robo del Porvenir

Luis Barreda Morán

El robo del porvenir

En la esquina húmeda de la noche,
un hombre roba un pan.
No roba oro,
no vacía bancos,
no firma decretos,
no vende la patria en sobres cerrados.
Solo roba un pan
porque en su casa el hambre
ha comenzado a morder primero a los niños.

Y entonces cae la ley
como un martillo exacto,
como si toda la furia del mundo
hubiera esperado precisamente
las manos temblorosas de ese hombre.

Lo esposan.
Lo exhiben.
Lo condenan.

Los periódicos hablan de orden.
Los jueces hablan de ejemplo.
Los poderosos hablan de moral
mientras limpian con servilletas de seda
las migajas de banquetes ajenos.

Pero en otra parte,
muy lejos del olor agrio de los mercados,
muy lejos del barro que sube por los zapatos del pobre,
la corrupción bebe vino en copas altas
y sonríe sin prisa.

Tiene trajes impecables,
perfumes caros,
discursos aprendidos,
manos suaves que jamás cargaron ladrillos
ni buscaron comida entre desperdicios.

La corrupción no rompe vitrinas.
Rompe hospitales.
No asalta panaderías.
Asalta escuelas.
No amenaza con cuchillos.
Firma contratos.

Y mientras el ladrón del hambre
duerme bajo una luz fría de prisión,
los arquitectos del saqueo
celebran reuniones elegantes
donde el futuro de un pueblo
se vende en cuotas.

Ellos no roban un pan.
Roban la harina.
El campo.
El agua.
La esperanza.
Roban carreteras que nunca se construyen.
Medicinas que jamás llegan.
Puentes dibujados solamente en papeles.
Vacunas vencidas.
Becas desaparecidas.
Techos prometidos a familias
que todavía duermen bajo lluvia.

Cada moneda robada
es un niño menos en la escuela.
Una madre esperando atención médica.
Un anciano abandonado en un pasillo.
Un joven obligado a migrar
con la patria rota en los bolsillos.

Pero esos ladrones
aprendieron a robar sin ensuciarse.
No huyen corriendo.
Dan conferencias.
No esconden el rostro.
Lo imprimen en campañas.
No tiemblan ante un juez.
Le estrechan la mano.

Y así la justicia,
tan severa con la miseria visible,
se vuelve sospechosa,
como un farol que solo ilumina
los barrios pobres
mientras deja en sombra
los palacios donde el crimen aprende modales.

Porque hay cárceles llenas
de hombres derrotados por el hambre,
y oficinas llenas
de hombres enriquecidos por el saqueo.

Al primero lo llaman delincuente.
Al segundo, honorable.

Qué extraña balanza
la de ciertos tribunales:
una hogaza pesa más
que un país saqueado.
Un vidrio roto
parece más grave
que una generación condenada a la ignorancia.

Y sin embargo,
el hambre rara vez nace sola.
Detrás de cada niño descalzo
hay presupuestos mutilados.
Detrás de cada escuela vacía
hay manos llenas de dinero.
Detrás de cada pueblo sin futuro
hay banquetes celebrándose en silencio.

La corrupción no mata de inmediato.
Por eso muchos no la ven.
Es una enfermedad lenta,
una termita paciente
devorando las vigas de la nación
mientras el edificio todavía parece firme.

Pero un día cae.
Cae el hospital sin medicinas.
Cae la confianza.
Cae la democracia.
Caen los sueños.
Y entre los escombros
siempre aparecen los mismos rostros cansados:
los pobres,
los olvidados,
los que jamás fueron invitados
a repartir el botín.

Entonces alguien vuelve a robar un pan.
Y la historia repite su crueldad.

Porque el sistema castiga mejor
lo que puede exhibir.
El hambre tiene rostro.
La corrupción tiene influencias.
El ladrón pequeño roba para sobrevivir.
El grande roba incluso después de tenerlo todo.

Y quizá por eso
el verdadero crimen no siempre hace ruido.
A veces firma decretos.
A veces inaugura obras vacías.
A veces promete justicia
mientras esconde cuentas secretas.

El pobre roba un instante de vida.
El corrupto roba décadas.
Uno roba comida.
El otro roba destinos.
Uno deja una panadería vacía.
El otro deja un país entero arrodillado.

Por eso duele tanto
cuando la justicia se arrodilla ante el dinero
y se levanta feroz contra la pobreza.
Porque la ley pierde dignidad
cuando protege más a las cajas fuertes
que a los seres humanos.
Y ninguna nación puede llamarse justa
si encierra al hambre
mientras escolta al saqueo.

Vendrá el día —debe venir—
en que las plazas recuerden los nombres
de quienes vendieron el futuro
por cuentas bancarias y privilegios.
Vendrá el día
en que robar un hospital
sea considerado más infame
que robar una tienda.
En que negar educación
sea visto como violencia.
En que condenar a un pueblo al abandono
tenga finalmente el peso
de un crimen verdadero.

Porque no hay robo más devastador
que aquel que no se lleva un pan:
se lleva el porvenir de millones.
Y un país sin futuro
es una mesa inmensa
donde sobra el lujo
y falta el pan.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Julio, 2021.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 16 de mayo de 2026 a las 00:39
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 3
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