Fragmentos de Estrellas
Hubo un tiempo
antes de tu nombre,
antes de mis manos,
antes incluso de la memoria de la Tierra,
en que el universo era apenas un murmullo encendido
expandiéndose en la oscuridad.
Las estrellas nacían y morían
como enormes corazones de fuego,
y en su colapso silencioso
forjaban lentamente aquello que un día sería nosotros:
el calcio escondido en tus huesos delicados,
el hierro que sostiene mi sangre,
el carbono que habita nuestros cuerpos
como una antigua escritura de luz.
Pienso en eso cuando te miro.
Pienso en la improbabilidad inmensa
de que entre incontables galaxias,
entre océanos de tiempo,
entre planetas sin nombre y noches sin testigos,
la materia del universo eligiera convertirse en ti.
Y también en mí.
Dos conciencias diminutas
levantándose apenas un instante
sobre la superficie infinita del cosmos,
como dos chispas conscientes
capaces de encontrarse.
A veces me pregunto
cuántas estrellas tuvieron que apagarse
para que tus ojos existieran.
Cuántos siglos atravesó la luz
para terminar descansando sobre tu rostro
la primera vez que te vi.
Porque nada de esto parece accidente.
No tu risa.
No la forma exacta en que el mundo cambia
cuando pronuncias mi nombre.
No la manera en que mi alma,
sin haberte conocido antes,
parecía reconocerte desde siempre.
Tal vez el universo guarda secretos
que solo revela a quienes aman.
Quizá por eso, cuando caminamos juntos,
las ciudades parecen menos solitarias,
y el ruido del mundo
pierde su peso sobre los hombros.
Tú y yo somos breves, sí,
pero también somos imposibles.
Somos el resultado de millones de años,
de estrellas extinguidas,
de órbitas precisas,
de lunas sosteniendo mareas,
de inviernos y amaneceres
que conspiraron silenciosamente
para que este instante ocurriera:
tu mano dentro de la mía.
Y hay algo profundamente sagrado en eso.
Porque en un universo tan vasto,
donde existen más galaxias
que granos de arena en todas las playas de la Tierra,
coincidir contigo
es un milagro que desafía cualquier lógica.
Tú eres irrepetible.
No existe otra mujer
con tu manera de mirar el cielo
como si todavía creyera en la esperanza.
No existe otra voz
capaz de convertir mis ruinas
en un lugar habitable.
Y yo, con todas mis cicatrices,
con todas las noches que sobreviví sin saberlo,
también soy único.
No habrá otro hombre
que te ame exactamente así:
con esta mezcla torpe de asombro y ternura,
con esta necesidad de cuidarte
como quien protege la última estrella encendida
durante el fin del mundo.
Eso es lo que más me conmueve de nosotros:
que pudimos no coincidir jamás.
Pude haber nacido siglos antes,
o después de tu último suspiro.
Pudimos habitar distintos continentes,
distintas guerras,
distintas eras del universo.
Pero aquí estamos.
Respirando el mismo tiempo.
Mirando la misma luna.
Existiendo simultáneamente
en esta pequeña esquina del cosmos.
Y aunque nuestras vidas sean breves
comparadas con la eternidad,
hay eternidades que solo necesitan un instante
para justificarse.
Tú eres la mía.
Cuando el miedo me alcanza,
cuando el mundo parece demasiado frío,
recuerdo que venimos de estrellas.
Que llevamos galaxias enteras
ardiendo en la sangre.
Entonces te miro
y entiendo algo inmenso:
el universo no creó conciencia
solamente para sobrevivir,
sino también para amar.
Para que alguien pudiera contemplar a otro ser humano
y descubrir en él
la belleza de existir.
Por eso no temo a la inmensidad del cielo.
Porque ya no me siento solo dentro de ella.
Te encontré.
Entre miles de millones de personas,
entre infinitas probabilidades,
entre siglos de historia y polvo cósmico,
tu vida y la mía coincidieron
como dos estrellas destinadas
a reconocerse en la noche.
Y quizá algún día nuestros cuerpos desaparezcan.
El tiempo borrará nuestras huellas,
las ciudades caerán,
el Sol también morirá.
Pero me gusta pensar
que el universo recordará este amor.
Que en alguna parte de la eternidad
seguirá existiendo la vibración invisible
de dos almas improbables
que se encontraron contra toda posibilidad.
Dos fragmentos de estrellas
que, por un instante maravilloso,
aprendieron a llamarse hogar.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Noviembre, 2019.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 15 de mayo de 2026 a las 00:07
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6

Offline)
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