Últimamente he comenzado a olvidar tu voz. Intento reconstruirla por las noches y solo consigo una versión incompleta, como una canción escuchada desde otro departamento, ya no recuerdo exactamente cómo pronunciabas mi nombre, pero todavía recuerdo el sonido diminuto que hacías al acomodarte para dormir, el roce de tus piernas contra las sábanas, la pausa breve antes de quedarte dormida del todo. Es extraño lo que decide conservar el cuerpo, la memoria borra los rostros primero y deja intactas las cosas más inútiles.
A veces despierto sobresaltado porque siento que alguien acaba de levantarse de la cama, el colchón parece recuperar lentamente una forma que nunca existió, entonces estiro la mano hacia ese lado vacío y me quedo ahí, tocando la sábana fría como quien intenta comprobar si un fantasma todavía tiene peso.
He comenzado a notar cosas peores.
Abro espacio para ti sin darme cuenta, en la fila del supermercado, en la banqueta, frente al espejo del baño mientras me lavo los dientes. Mi cuerpo sigue calculando un lugar para el tuyo aunque ya no estés aquí, como si la ausencia hubiera aprendido a caminar a mi lado usando tu forma.
A veces me descubro pensando algo y, antes de terminar la idea, aún traduzco el mundo como si fuera a contártelo después. Veo una luz encendida en un edificio lejano, escucho una canción en una tienda vacía, noto una grieta en la pared con forma de río y, por un segundo, mi mente gira hacia ti con la necesidad absurda de compartirlo. Es un reflejo tan automático que me da miedo, porque significa que incluso ahora sigo viviendo acompañado por una versión de ti que ya no existe en ninguna parte excepto dentro de mis hábitos.
Y lo más terrible es que empiezo a olvidar el dolor exacto.
Antes era un incendio claro, ahora es algo más silencioso, una humedad lenta dentro del pecho, me asusta porque siento que si dejo de dolerme por ti, terminarás de morir del todo. Como si mi tristeza fuera el último sitio donde todavía respiras.
Por eso a veces provoco el recuerdo, regreso a canciones que me destruyen, releo mensajes antiguos hasta las tres de la mañana, repito conversaciones enteras en mi cabeza solo para sentir otra vez esa presión en la garganta, me aferro al sufrimiento con una devoción ridícula. No porque disfrute caer, sino porque el dolor sigue teniendo tu forma y no quiero quedarme sin ella.
Creo que uno nunca supera realmente a ciertas personas, solo aprende a distribuirlas mejor dentro del cuerpo.
Tú terminaste viviendo en lugares mínimos: en mi manera de guardar silencio cuando estoy cansado, en la costumbre de dejar una luz encendida en otro cuarto, en cómo volteo instintivamente cuando escucho una risa parecida a la tuya en la calle, ya no eres una herida abierta, eres algo más profundo y más difícil de arrancar: una modificación permanente de mi manera de existir.
Y hay noches como esta donde entiendo algo horrible.
Que quizá el amor no era tenerte conmigo.
Quizá el amor era esto: seguir haciéndote espacio incluso después de que desapareciste.
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Offline) - Publicado: 14 de mayo de 2026 a las 01:50
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais

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