Erika es testigo de que existe Dios,
mas en su pecho anida un reino sin rey,
alma de viento que rompe la ley,
rebelde y libre hasta del mismo Dios.
En sus ojos negros me pierdo sin par,
no puedo parpadear, no quiero dejar
de soñar con ella al mundo gobernar,
¡oh Erika!, ¿quién cuenta la belleza que hay en ti?
¿Y quién la tristeza que en tu alma dormí?
Por que en tu inteligencia está tu desdicha,
obligada a seguir reglas que el mundo te ficha,
de lo que una mujer debe hacer y decir,
cuando tú sabes que eso no puede existir.
Nunca nadie ni nada la podrá retener,
ni poseer, ni doblegar, ni vencer,
mi ser es consciente de su esencia,
mas es también mi penitencia:
amar lo que el aire no puede tener.
Una mirada tuya bastaría
para que te diera el universo entero,
mas el universo ya es tuyo, no mío,
y solo puedo contemplarte con orgullo,
de lejos, de cerca, de donde sea,
porque amarte es saber que no eres mía,
sino del viento, del cielo, del día.
De apariencia suave y frágil,
pero fuerte y ágil,
si yo soy veintidós, tú eres veintitrés
y me aventajas en todo, en ser, en pies,
en la razón que me guía y me desvía,
en la vida que me quema y me aviva.
Hoy en mi vida, en este atardecer,
no quiero morir sin volverte a ver,
que el sol se hunde y yo me hundo también,
mas tú eres la luz que vuelve a nacer.
Y aunque han pasado años sin tu presencia,
aún siento tu mirada y tu existencia,
luz de la mañana, alma de mi vida,
cuánto sufre mi alma desde tu partida.
Vida de mi vida, reina de mi amor,
suplico a Dios por tu amor,
que aunque Él sea testigo de tu ser,
yo soy quien no puede dejar de querer.
Sombras en mi mente llegan y se marchan,
lágrimas de sangre lloro por tu amor,
que la noche es larga y el alma se estanca,
mas tú eres la luz que vence el dolor.
Nacerás en septiembre, como siempre,
flor de campo, libre y bella cual estrella,
sin raíz que te ate, sin huella que te sella,
reina del otoño que su propio camino traza,
que en tu luz hay fuerza, en tu sombra hay paza.
El universo le dice «no cumplas años»,
ella los cumple por puro placer,
que las reinas no saben obedecer,
ellas dictan los tiempos y los extraños.
Vive entre normas que intentan atar
lo que en su ser no puede encadenar,
pues su alma es brisa, es mar, es volcán,
y el mundo entero debe contemplar
cómo lo que ata ella sabe soltar.
Morena de piel donde el sol se posó,
clara el alma que nadie tocó,
oscuro el pelo donde el sueño entró,
rubio el secreto que en ella halló
quien se atreve a amar sin condición.
Reina es, y el cielo le rinde honor,
no entiende de fronteras ni temor,
su corona es de estrellas y de valor,
y en su rebeldía hay una canción:
la de quien nació para ser la flor
que crece donde no hay jardín ni labor.
Erika es mi amor, mi tormenta y calma,
la que dicta las reglas de su propio drama,
y en su contradicción bella y cerrada
he hallado la verdad más deseada:
que lo divino, para ser verdad,
necesita un alma que sepa volar.
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Autor:
Adolfo Prieto (
Offline) - Publicado: 13 de mayo de 2026 a las 14:40
- Categoría: Gótico
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, ElidethAbreu, Mauro Enrique Lopez Z.

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