Septiembre sin ti.

El Cronista sin puerto

 

Madrid tenía tu manera
de mirar el mundo:
silenciosa, inteligente,
ligeramente triste.

No sé en qué momento
dejé de escucharte
para empezar a habitarte.

Quizá fue Palencia
respirando todavía en tu voz,
o esa forma tan tuya
de hablar del invierno, de España,
de los trenes nocturnos,
como si la melancolía
fuese otra manera
de seguir vivo.

Madrid olía a invierno,
y tú tenías esa forma peligrosa
de entrar en mi cabeza lentamente,
como el vino que termina enloqueciéndote
sin avisar cuándo empezó a hacerlo.

Tú me conocías demasiado bien.

Sabías cuándo el Callao
me volvía oscuro,
cuándo el ruido de los barcos
me dejaba esa tristeza antigua
de los hombres
que nacieron para partir.

Y yo,
que siempre pertenecí más a los puertos
que a la quietud,
empecé a imaginar septiembre contigo
en alguna ciudad húmeda y antigua,
como los exiliados
imaginan regresar a casa.

Éramos jóvenes
de una forma peligrosa.

Dos chavalillos
jugando a ser adultos,
creyendo que el amor
podía domesticar la distancia,
como si Milano, París o Londres
fueran solamente ciudades
y no distintas maneras
de sentirse extranjero.

A veces pienso
que tú eras la parte europea
de mis nostalgias:

Madrid bajo la lluvia,
Palencia respirando invierno,
las estaciones vacías,
los trenes nocturnos,
el vino abriéndose lentamente
sobre la madrugada,
y esa tristeza culta
de quienes han leído demasiado
para volver a vivir ingenuamente.

Y yo quizá era eso para ti:
un hombre del puerto
intentando escribir su vida
sin admitir nunca
que también le tenía miedo al silencio.

Qué vértigo da
encontrar a alguien capaz de leerte
como si hubiera pasado
una vida entera dentro de ti.

 

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