La Sociedad del Envase
Vivimos en vitrinas iluminadas,
en escaparates de sonrisas prestadas,
donde el brillo del vidrio
vale más que la verdad del alma.
La humanidad aprendió a maquillarse el vacío,
a cubrir con filtros las grietas del espíritu,
a esconder detrás de marcas y apariencias
la silenciosa pobreza del pensamiento.
Vivimos en la era del aplauso inmediato,
donde un corazón digital
parece alimentar más
que una conversación sincera.
La ropa define el respeto,
el automóvil define el éxito,
el teléfono define el estatus,
y el ser humano, lentamente,
queda reducido a un catálogo de objetos.
Ya no preguntan:
“¿Qué sueñas?”
“¿Qué piensas?”
“¿Qué has aprendido del dolor?”
Ahora preguntan:
“¿Qué tienes?”
“¿Cuánto ganas?”
“¿Qué marca usas?”
Y así, poco a poco,
la sociedad convirtió el valor
en precio,
la dignidad en apariencia,
y la identidad en mercancía.
El funeral importa más que el muerto.
Las flores reciben más atención
que la vida que se apagó.
Las lágrimas se ensayan,
las fotografías se publican,
y el dolor verdadero
queda sepultado bajo protocolos elegantes.
La boda importa más que el amor.
Importa más el salón,
las luces,
el vestido perfecto,
la mesa de postres,
que las promesas que tiemblan en los labios.
Muchos celebran un amor inexistente
frente a cientos de invitados,
mientras dos corazones desconocidos
aprenden demasiado tarde
que el lujo jamás reemplaza la ternura.
El sexo se volvió sencillo,
instantáneo,
vacío como una habitación de hotel.
El amor, en cambio,
se volvió un idioma caro,
difícil de encontrar
en un mundo acostumbrado
a usar personas
como quien cambia de ropa.
La intimidad se consume rápido,
pero el compromiso asusta.
Todos quieren compañía
sin responsabilidad,
placer sin entrega,
cuerpos sin alma.
La pizza llega más rápido que una ambulancia.
La urgencia del hambre
parece más importante
que la urgencia de una vida.
Perder el teléfono
provoca más ansiedad
que perder la honestidad.
Porque hoy la memoria
vive guardada en una pantalla
y no en el corazón.
Un aparato roto
duele más que una amistad destruida.
Una batería agotada
desespera más
que una conciencia vacía.
La mentira se puso de moda.
Camina elegante,
habla bonito,
sonríe para las cámaras
y recibe millones de aplausos.
La verdad, en cambio,
anda cansada,
solitaria,
y muchas veces
es condenada por incomodar.
Hoy basta decir lo que uno piensa
para fabricar enemigos.
Porque vivimos tiempos frágiles,
donde la gente exige sinceridad
pero se ofende con la verdad.
Se sabe el precio de todo
y el valor de nada.
El precio del reloj,
pero no el valor del tiempo.
El precio de una casa,
pero no el valor de un hogar.
El precio de un perfume,
pero no el valor de la presencia.
El precio de un cuerpo,
pero no el valor de un abrazo sincero.
Los ancianos dejaron de ser bibliotecas
para convertirse en estorbos silenciosos.
Aquellas manos arrugadas
que construyeron caminos,
levantaron familias
y sobrevivieron tormentas,
ahora son ignoradas
por generaciones que creen
que la juventud es eterna.
Antes se escuchaba a los mayores
como quien escucha al tiempo hablar.
Hoy se les interrumpe
con la arrogancia
de quien cree saberlo todo
porque aprendió a deslizar un dedo
sobre una pantalla.
El dinero se convirtió en dios moderno.
Se mide el éxito
por la cantidad de billetes,
aunque el alma esté en bancarrota.
El conocimiento perdió prestigio.
Leer parece aburrido.
Pensar profundamente
parece una pérdida de tiempo.
Reflexionar incomoda
en una sociedad adicta
a la distracción inmediata.
Hay personas
que conocen todas las tendencias,
pero no conocen su propia esencia.
Y mientras tanto,
los libros acumulan polvo
en estantes olvidados,
mientras las redes sociales
consumen horas,
ideas
y vidas enteras.
Hoy una fotografía recibe más atención
que una página llena de sabiduría.
Un video de segundos
vence a años de pensamiento.
Y la humanidad, distraída,
ríe mientras se vacía lentamente.
Se muestra más la vida
de la que realmente se disfruta.
La felicidad dejó de sentirse
para empezar a exhibirse.
Las personas ya no viajan para descubrir,
sino para publicar.
Ya no comen para saborear,
sino para fotografiar.
Ya no aman para vivir,
sino para demostrar.
Y así nacieron sonrisas artificiales,
amistades de vitrina,
amores editados,
éxitos maquillados,
y vidas perfectas
sostenidas por dentro
con hilos de ansiedad y soledad.
La sociedad del envase
premia el ruido
y castiga el pensamiento.
Premia la apariencia
y olvida la esencia.
Premia la velocidad
y desprecia la profundidad.
Pero todavía existen almas distintas.
Personas que leen en silencio
mientras el mundo grita.
Personas que valoran una conversación
más que mil seguidores.
Personas que prefieren la verdad incómoda
antes que la mentira elegante.
Todavía existen quienes entienden
que un corazón noble
vale más que cualquier fortuna.
Que una mente despierta
vale más que una marca famosa.
Que la paz interior
vale más que la aprobación ajena.
Y quizás ahí,
en medio del ruido moderno,
sobrevive la esperanza.
Porque llegará el día
en que el envase se rompa.
Las modas pasarán.
Las pantallas se apagarán.
Las apariencias envejecerán.
Y entonces, finalmente,
solo quedará el contenido.
Quedará la bondad que ofreciste,
las palabras que sanaron,
el amor que entregaste,
las ideas que sembraste,
la dignidad que defendiste
cuando todos preferían venderla.
Porque al final,
nadie será recordado
por la marca de su ropa,
ni por el precio de su carro,
ni por la cantidad de “me gusta”.
Al final,
el verdadero valor de una persona
siempre estará
en aquello que no puede comprarse:
su conciencia,
su humanidad,
su manera de amar
y su forma de pensar.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Diciembre, 2018.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 11 de mayo de 2026 a las 00:03
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., AZULNOCHE

Offline)
Comentarios1
Muy completa y verdadera la descripción que haces en tus versos del postureo y la frivolidad que se vive en las llamadas Redes Sociales y en la sociedad.
Las apariencias engañan, y parece que se ha olvidado.
El brillo que desprende la pantalla, no llena ningún vacío al contrario profundiza aún más la hondura.
Y así avanza éste mundo en general, hueco, y lleno de falsedad...
Lo realmente valioso no se compra con dinero.
Un abrazo Luis.
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