Tiempo al límite, pero feliz de poder compartirlo
Te hiciste madre.
Aún en tu memoria están esos días en los cuales eras una niña pequeña.
Había una persona muy especial en tu vida, aquella que te cuidaba, aquella que te llenaba de mimos, de abrazos, de besos. Que cuidaba tus momentos más difíciles; aquella que acunaba tus sueños.
Te traía la medicina cuando estabas enferma, vigilaba que no haya monstruos debajo de la cama. Es cierto, también estaba el papá, pero era tu mamá la que vigilaba que nada te pasara. También te ponía orden, te indicaba las cosas correctas y te castigaba; con amor, es cierto, con mucha dureza a veces, pero ponía orden en tu vida. Te indicaba las cosas buenas y las cosas malas. Te enseñó a respetar y a ser respetada, te enseñó a cuidarte y a cuidar.
Y sin darte cuenta, sin darte cuenta, empezaste a hacer lo mismo que ella con los más pequeños. No sabías de dónde salía ese instinto de querer cuidar a alguien pequeño, de protegerlo, de alimentarlo. Si tuviste hermanos pequeños hiciste lo mismo con ellos; si no los tuviste, siempre encontrabas alguna opción, alguna versión de alguien indefenso a quien proteger. No lo sabías por qué, de dónde venía eso, no lo entendiste.
Y caminaste por la vida de la mano de esa persona, de ese ángel que te pusieron para cuidarte, hasta que al final te soltó porque ya eras capaz de coger tus propias alas y volar.
Y llegó el momento. Llegó el momento en que creció en tu vientre un nuevo ser que lo sentías completamente tuyo. Una sensación extraña, imposible de explicar, imposible de transmitir, hasta que nació.
Y recién ahí comprendiste esa sensación indescriptible de tener a un ser tan pequeño, tan indefenso en tus manos y, en silencio, jurar que darías tu vida por ese bebé que tenía esas manitos tan pequeñas, y que te miraba y se pegaba a ti y, sintiendo tu calor, se adormecía. Y lo amamantaste, lo cuidaste. Caminaste con ese bebé, con ese niño o niña de la mano, enseñándole a comer, enseñándole a caminar. Te lo llevaste, así como a ti te llevaron, hasta que tuvo sus propias alas y se echó a volar.
Ser madre es una bendición y una maldición. Te da emociones y sensaciones incomparables, indescriptibles; y tristezas y penas que no se las deseas a nadie.
Bendita seas mujer que, siendo madre, supiste poner en tus hijos ese espíritu de libertad que te pusieron a ti. Y si no fuiste madre pero hiciste lo mismo también. Hoy es el Día de la Madre y solamente te puedo desear que en este momento sientas el amor de tus hijos, de aquellos a los que les diste las alas para volar.
Feliz Día de la Madre.
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Autor:
Max (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 10 de mayo de 2026 a las 19:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 10
- Usuarios favoritos de este poema: Mª Pilar Luna Calvo, mauro marte, Antonio Pais, EmilianoDR, Osler Detourniel

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