Las puertas se abrían y cerraban como si el mundo entero estuviera de paso.
Rostros desconocidos se deslizaban
hacia destinos ajenos,
mientras el ruido distante del aeropuerto
se confundía con el cansancio de la espera.
Y entonces ocurrió.
El tiempo pareció inmóvil por un instante;
mi mirada tropezó con la suya
como quien encuentra, sin buscar,
un fragmento perdido de otra estación.
No hubo palabras.
Solo ese lenguaje silencioso que ambos comprendiamos y
que alguna vez aprendieron los ojos
y que los años no consiguieron borrar.
Una leve curva atravesó su rostro,nuevamente se dibujo esa sonrisa única,
casi imperceptible,
mientras su mirada descendía
con la discreción y timidez de quien reconoce demasiado.
Yo permanecí ahí,
sosteniendo aquel segundo suspendido,
viendo cómo la distancia volvía a reclamarle.
Lo comprendí entonces:
ahora habitamos vidas distintas, orillas ajenas de un mismo recuerdo que aprendieron a continuar en direcciones separadas.
hay encuentros que aparecen brevemente
para recordarnos que existieron.
Y aun así,
gracias por coincidir
en medio de tantos caminos transitorios
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