◇ El umbral
Un día, de mañana soleada, sólo Dios sabe que no quisimos vivirlo así, pero fue vivido y dolido
de una manera distinta… de la peor.
Ese día, estábamos todos un poco tristes.
No habías pasado una noche tranquila.
Sin mediar palabras, nos entendimos.
Fue una señal verte buscando la oscuridad, pero así ocurrió.
De toda una existencia —la tuya— compartida con tanta alegría, tan díscola, derramando energía, regalándonos los frutos de tu vientre sin pedir nada a cambio, sólo con una sonrisa animal.
Nunca pude imaginar lo que dejé en la casa; ni siquiera me atreví a pensarlo.
Ahora lo sé, después de tantos años, de mucha tristeza y dolor: una “hija” se estaba yendo.
Bajé corriendo.
Los dos éramos uno solo; no corría… volaba, sin rumbo, esperando que alguien me ayudara.
De pronto, te vi inerte, flotando entre mis brazos.
Sólo Dios sabe cuánto corrí buscando asistencia, para que recobraras unas fuerzas que ya no tendrías.
Mis brazos, casi agotados, no dejaban de sostenerte.
Aun así… ¡cómo me dolían!
Sólo sé que me olvidé del dolor.
Como una broma macabra, estaba casi todo cerrado; era poco más del mediodía.
Mi corazón hacía rato que no lo sentía: estaba pendiente de ti, por fin.
Cuando logré asistencia, tu destino ya estaba sellado.
Así son las cosas…
Como un sentir único en mi vida, te aflojaste toda tan rápidamente, haciéndome ver tu inminente partida.
Ella hizo todo lo que pudo —la doctora— para aliviarte, para reanimarte, tratando de disimular lo que su experiencia y su espíritu ya sabían, mientras mi rostro desesperado le pedía ayuda.
Salí de la veterinaria recorriendo la corta distancia camino a casa.
Toda una eternidad.
¿Cómo les explico a ellos que ya no estás?…
• El último viaje de Popy
Lo que vino después no fue poco.
¿Dónde dejábamos reposar tu cuerpo?
Por decisión familiar, pensamos que el mejor lugar sería el club Gurmendi, donde tantas veces corriste.
Allí retozaría tu espíritu.
Mi hijo se animó a acompañarme.
El viaje se hizo eterno.
El chofer del auto miraba la bolsa negra, miraba nuestros rostros quebrados, como sin entender ni adónde íbamos ni para qué.
Cuando se lo expliqué, se quedó más tranquilo.
Hasta hoy no sé cómo, en ese viaje, no fuimos todos.
Nuestra hija estaba en la escuela.
Creo que conspiró con esa idea la necesidad de encontrar un lugar ideal de reposo final antes de que nos alcanzara la noche.
Tampoco olvidaré nunca la mirada húmeda de mi hijo acompañando a quien otrora fue su amiga.
Popy, una cosa me deja tranquilo:
cuando cruzaste el umbral, no estabas sola; estabas conmigo.
Sólo que mis esperanzas de verte bien casi me ocultaron tu partida,
a metros del local.
♣Autor:
Vientoazul 🦋⃟ ©
-
Autor:
Vientoazul (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 10 de mayo de 2026 a las 00:15
- Categoría: familia
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Tommy Duque
- En colecciones: Desde el Altillo azul, Susurros en papel.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.