Bahía Santa Lucía
En la orilla callada de un sueño antiguo,
donde el agua conversa con la luna
y los manglares guardan secretos
que solo entienden los pájaros nocturnos,
vive todavía mi corazón perdido,
anclado en un lugar
que el tiempo no ha podido borrar.
Allá dejé mi risa entre las barcas,
mi juventud colgada en los muelles,
el eco tibio de unas manos
que sabían calmar la tormenta.
Desde entonces camino ciudades ajenas,
contando monedas como quien junta pedazos de esperanza,
trabajando hasta que el sol se deshace
en un horizonte de humo y cansancio.
Cada amanecer aquí
parece un reloj oxidado.
Las calles no conocen mi nombre,
y el viento no trae olor a sal,
sino polvo, ruido y despedidas.
A veces cierro los ojos
en mitad del bullicio
y escucho, muy lejos,
el lento golpear de las olas
contra los pilotes viejos del embarcadero.
Entonces comprendo
que hay lugares que nunca abandonamos,
aunque los kilómetros nos exilien.
Bahía Santa Lucía vive dentro de mí
como un farol encendido en la niebla.
Lo veo en mis noches más largas:
las barcas dormidas balanceándose despacio,
las redes tendidas como alas cansadas,
las luces pequeñas reflejándose en el agua oscura
igual que estrellas caídas del cielo.
Y allá, entre el murmullo de la marea,
tu voz.
Tu voz llamándome suavemente
mientras la tarde se vuelve plateada.
Tu risa mezclándose con el canto de los grillos.
Tus ojos, dos refugios tranquilos
donde el mundo dejaba de doler.
Cuántas veces he querido regresar.
Tomar el primer camino hacia el sur,
dejar atrás esta vida de relojes y ventanas cerradas,
volver descalzo a la arena húmeda
donde aprendí a creer en los milagros sencillos:
una fogata junto al río,
un suspiro que florece entre las manos,
un beso lento bajo la luna creciente.
Porque allá el tiempo no corría;
respiraba.
Las tardes caían despacio
sobre los techos de madera,
y los viejos contaban historias
mientras el café hervía en las cocinas abiertas.
Los niños perseguían luciérnagas
como si atraparan pedacitos de universo,
y el cielo entero parecía inclinarse
para escuchar nuestras canciones.
Aquí, en cambio,
la noche pesa.
Los edificios no dejan ver las estrellas,
y la soledad se sienta conmigo
cada vez que termina el trabajo.
Guardo monedas en un frasco vacío,
ahorro días, ahorro fuerzas,
ahorro lágrimas para no romperme.
Porque sé
que algún día volveré.
Volveré aunque el destino se oponga,
aunque los años intenten cambiarme la memoria,
aunque el dolor me cierre los caminos.
Regresaré a ese rincón donde el agua y el cielo
se abrazan sin prisa.
Y cuando llegue,
el viento reconocerá mi nombre.
Caminaré por el viejo muelle
mientras el amanecer despierta lentamente.
Veré otra vez los barcos de pesca
deslizándose como fantasmas azules sobre la bahía.
Escucharé las gaviotas,
oleré la sal fresca,
y mis ojos cansados
volverán a llenarse de luz.
Entonces sabré
que ninguna tristeza fue eterna.
Buscaré tu casa junto a los sauces,
la ventana donde la luna se quedaba dormida,
el jardín pequeño donde crecían jazmines
y promesas imposibles.
Quizá abras la puerta lentamente.
Quizá el tiempo también te haya herido.
Pero bastará mirarnos
para entender
que hay amores que sobreviven incluso al silencio.
Y si vuelves a tomar mi mano,
si caminas conmigo hacia la orilla,
el mar se llevará por fin
esta pena antigua que llevo en el pecho.
Porque habrá música otra vez,
y risas,
y noches tibias bajo el resplandor plateado.
El río cantará despacio entre los juncos,
las estrellas caerán sobre el agua dormida,
y mi corazón, cansado de vagar,
encontrará descanso.
Entonces nunca más estaré triste.
Nunca más seré un extraño en el mundo.
Mis sueños abrirán sus alas
sobre la Bahía donde el agua y el alma se encuentran.
Y mientras la luna suba lentamente
sobre las mareas tranquilas,
entenderé al fin
que algunos lugares no son un sitio en el mapa,
sino una forma de amar.
Bahía Santa Lucía…
eterno refugio de los que esperan,
de los que extrañan,
de los que sobreviven abrazados a un recuerdo.
Allá volverá mi alma algún día,
cuando el dolor se convierta en espuma
y el horizonte vuelva a llamarme por mi nombre.
—Luis Barreda/LAB
Santa Mónica, California, EUA
Diciembre, 2017.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 10 de mayo de 2026 a las 00:14
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3

Offline)
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