El agua, al romperse contra la orilla,
convertía el sonido en una forma de lenguaje.
No era solo el vaivén de las olas
ni la espuma deshaciéndose en la arena;
era un murmullo que relamía la orilla,
un rumor que me conocía desde hace tiempo,
como si el mar hubiera aguardado mi llegada
con la paciencia silenciosa
de quienes no preguntan porque comprenden.
Cada ola traía un ritmo distinto,
una cadena de versos que flotan
como aquellos que uno no recuerda haber leído
y, sin embargo, reconoce.
La tarde respiraba despacio,
y aquella calma que avanzaba desde el horizonte
no pertenecía del todo al paisaje,
sino a esa región más íntima
donde la poesía a veces deposita sus dedos
no para ordenar, sino como semillas
para que broten las emociones.
Entonces comprendí que el mar
no había venido a ofrecerme respuestas.
Él nunca responde.
Apenas nos nombra.
Y sentí que escribía algo de mí
en la lista de los que un día se acercan,
con esa letra mojada y temblorosa
de los mensajes que no conocen la urgencia
porque fueron escritos
para llegar exactamente a tiempo.
Yo venía de una semana ajetreada,
de conversaciones que se olvidan antes de terminar,
de sonrisas forzadas que no llegaban a los ojos,
y de ese cansancio educado
que aprende a mostrarse en los ascensores
mientras esconde el alma debajo de la rutina.
Pero allí, frente a la espuma,
el tiempo comenzaba a desabrocharse despacio,
como una camisa que se afloja al final del día,
y lo que fui, regresaba sin hacer ruido,
igual que una llave olvidada en el bolsillo
o el olor a lluvia reciente de una casa
que aún permanece intacta en la memoria.
Y mientras el agua insistía en volver a la orilla,
comprendí que quizá la vida
se parece más a este regreso interminable
de lo que estamos dispuestos a admitir.
Las olas llegan, se retiran, regresan otra vez,
y aun así nunca son exactamente las mismas.
También nosotros repetimos nuestros pasos,
nuestros errores, nuestras esperanzas,
intentando volver habitable
la orilla incierta de los días.
Tal vez por eso el mar habla tan bajo.
Porque las verdades importantes
no necesitan imponerse.
Basta con que alguien se detenga un instante
y escuche cómo el agua al retirarse,
deja en la arena la forma
de un nombre que no se borra del todo.
José Antonio Artés Sánchez
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Autor:
José Antonio Artés (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de mayo de 2026 a las 06:53
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Tito Rod, Antonio Pais

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