Lucía
Ayer la vida era un cuarto mojado,
una ventana temblando bajo la tormenta,
un reloj detenido entre sombras
y silencios que pesaban más que los años.
Las calles tenían color de despedida,
los árboles inclinaban su cansancio,
y hasta el cielo parecía olvidar
que alguna vez había nacido para la luz.
Yo caminaba despacio,
como quien carga inviernos en los hombros,
como quien ha aprendido a conversar
con la tristeza en voz baja.
Mis manos eran tierra seca,
mis ojos, dos estaciones apagadas,
y el corazón, un puerto abandonado
donde nunca regresaban los barcos.
Entonces llegaste tú.
No hiciste ruido.
No hubo relámpagos ni milagros visibles.
Solo una sonrisa sencilla,
clara como el primer amanecer después del miedo.
Y bastó mirarte
para que algo dentro de mí recordara
que la esperanza también tiene rostro,
que la ternura puede salvar ciudades enteras.
Lucía,
nombre de sol y de caricia,
de luz cayendo sobre la piel cansada,
de música suave atravesando la lluvia.
Tú apareciste en medio de mis ruinas
como aparece la primavera
sobre los campos que parecían muertos.
Gracias
por el ramo invisible de tu luz,
por cada palabra tibia
que curó grietas antiguas,
por enseñarme que el amor
no siempre llega gritando:
a veces simplemente se sienta a tu lado
y espanta la oscuridad con paciencia.
Antes de ti,
todo era arena dispersa por el viento.
No había raíces,
ni promesas capaces de quedarse.
Pero tomaste mi mano
y la tormenta perdió fuerza.
Tus dedos levantaron una roca firme
en medio del océano de mis dudas.
Desde entonces,
los días tienen otro idioma.
El café sabe más dulce,
las mañanas respiran distinto,
las ventanas se llenan de pájaros
y el mundo parece menos lejano.
Hasta la noche, cuando llega,
trae estrellas en lugar de heridas.
Lucía,
tú no lo sabes,
pero hay personas que nacen para salvar otras vidas
sin uniforme ni espada,
solo con la bondad encendida en los ojos.
Tú eres una de ellas.
Tu risa tiene algo de río limpio,
algo de fuego bueno en invierno,
algo de hogar esperando despierto
cuando alguien vuelve cansado del mundo.
Y cuando me miras,
siento que el universo se acomoda lentamente,
como si todas las piezas perdidas
hubieran encontrado por fin su sitio.
Gracias por mostrarme la verdad
sin romperme el alma,
por enseñarme que amar
también significa reconstruir,
volver a creer,
abrir ventanas cerradas por años
y dejar que la luz entre sin miedo.
Porque sí,
hubo días oscuros,
días donde el dolor parecía eterno,
donde la lluvia caía incluso dentro del corazón.
Pero llegaste tú
con esa claridad inmensa,
y las sombras comenzaron a retirarse
como animales vencidos por el alba.
Ahora camino distinto.
Ya no huyo del futuro.
Ya no temo tanto a los silencios.
Porque en algún lugar de cada pensamiento
vive tu nombre iluminándolo todo.
Lucía,
mi sol sincero,
mi pequeña eternidad de carne y sonrisa,
mi canción favorita cuando el mundo se derrumba.
Si alguna vez vuelven las tormentas,
si el invierno insiste en tocar mi puerta,
recordaré tu voz,
tu manera de salvarme sin prometer nada.
Y entonces sabré
que incluso en la noche más larga
existe una luz capaz de quedarse.
Esa luz eres tú.
—Luis Barreda/LAB
Burbank, California, EUA
Julio, 2022.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 9 de mayo de 2026 a las 02:31
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5

Offline)
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