Dicen
la madre.
Como si nombraran un templo,
una palabra sin grietas,
un lugar donde todo abriga.
Un lugar de puertas abiertas.
Pero yo conocí otra cosa.
Una mujer que cerró a mis hijos
Como gorriones en su jaula
y me dejó a la intemperie,
Helando mis esperanzas.
No gritó.
No hizo falta.
Le bastó con el gesto frío
de quien se cree raíz única,
como si la sangre tuviera dueño,
como si el amor se administrara
La madre, dicen,
y la elevan.
Yo la vi bajar
al territorio más humano:
donde el miedo se vuelve control,
donde el cuidado aprieta sin reparos.
Mis hijos crecían
y yo aprendía a ser ausencia
en fotos que nunca me mostraron,
en primeras veces que no regresan.
La madre, dicen y la elevan.
Hay quienes que al cuidado
lo confunden con frontera,
que levantan muros firmes
Al amor que protegiera
Me quitaron los desayunos,
las tareas, los juegos,
Los inviernos con fiebre,
Las manos en el cuaderno.
Me quitaron la risa, la voz
La disciplina amor del bueno
Mi lugar en la tormenta,
El refugio de los miedos.
Me quitaron la idea frágil
De una familia para siempre,
Que mi ausencia es adaptable
Que mi herida ya no duele
Y sin embargo,
sigo siendo padre..
Aunque me nombren menos
Aunque aprendan a no buscarme,
Porque hay una amor, que sabe
que no es altar, que no es mito
Que el valor de mi presencia,
son los versos que aún escribo.
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Autor:
Darío Méndez (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 8 de mayo de 2026 a las 11:09
- Categoría: familia
- Lecturas: 1

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