Me gusta que no necesite santiguarse antes de dormir,
ni lavarse las culpas con agua bendita cada noche.
Ella se acuesta con sus pecados intactos,
con ese olor a mujer viva, a sudor y a cansancio,
que es la única religión en la que creo.
Alguien le cuenta los errores
como quien cuenta cuentas de un rosario negro,
y quizá alguien le dice que le sobran huesos,
pero no saben que en esa pequeña figura cabe todo el universo.
Ella es más certeza que el aire,
más tierra que la que pisamos.
No anda deshojando flores para saber si existe;
ella es la fruta, el jugo, la mordida.
Se me pega al alma como una costumbre necesaria.
Sin querer, su voz me va tejiendo un nido,
un arrullo de animal manso que me quita la armadura.
Ante su calor, el orgullo se vuelve un trapo viejo
y la vergüenza se queda dormida en un rincón.
Es dulce, sí, y vanidosa como una tarde de sol,
pero me amarró a su vientre para siempre.
Aquí estamos, sembrando este amor de punta a punta,
un amor que no reza, pero que sabe cosas,
que tiene voz de viejo sabio,
y esa piel, Dios mío, esa piel
que es el único mapa que mis labios quieren recorrer.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 7 de mayo de 2026 a las 11:25
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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