Hay despedidas que no hacen ruido.
No rompen vasos,
no dejan cartas sobre la mesa
ni lágrimas frente a la puerta.
Solo suceden…
como la lluvia fina que cae de madrugada
y moja el alma sin que nadie lo note.
Yo me fui así.
Callado.
Con el mismo silencio con el que aprendí a quererte,
porque hubo un tiempo
en que tu nombre era refugio
y tus brazos parecían suficientes
para salvarme del mundo.
Me fui despacio,
como quien abandona una casa
donde todavía huele a recuerdos,
tocando por última vez las paredes
que escucharon nuestras risas,
nuestros planes imposibles,
las promesas que juramos eternas
mientras la vida se encargaba de romperlas.
Y aunque nadie lo supo,
me dolió hasta el pecho despedirme de ti.
Porque uno no deja atrás a quien ama
sin arrancarse también una parte del alma.
Guardé mis heridas bajo la ropa,
escondí el cansancio detrás de una sonrisa
y aprendí el oficio más triste del mundo:
hacerme fuerte
mientras por dentro me derrumbaba.
Tú nunca viste las noches
en que me quedaba despierto
hablándole a tu recuerdo
como si todavía pudiera alcanzarte.
Nunca viste cómo dolía tu ausencia
cuando todo alrededor se quedaba en silencio
y mi corazón insistía en buscarte
aunque ya no estabas.
Hay amores así…
amores que no terminan de golpe,
sino lentamente,
como una vela consumiéndose en la oscuridad.
Amores que no se acaban porque falte cariño,
sino porque el alma se cansa
de esperar lo que nunca llega.
Y yo esperé.
Dios sabe cuánto esperé.
Esperé mensajes que no llegaron,
miradas que ya no eran las mismas,
caricias tibias,
palabras vacías,
un “quédate”
que jamás salió de tus labios.
Hasta que entendí
que amar también puede destruirte.
Que hay personas que uno quisiera abrazar para siempre,
pero terminan convirtiéndose
en la tristeza que uno debe aprender a soltar.
Por eso me fui sin escándalos,
sin reclamarte nada,
porque el verdadero dolor
no necesita hacer ruido.
El dolor real se queda callado,
te aprieta la garganta,
te rompe lentamente
y aun así te obliga a seguir caminando.
Todavía recuerdo tu risa
rebotando contra las paredes,
tu manera de mirarme
cuando aún éramos fuego,
las madrugadas donde el mundo desaparecía
y solo existíamos tú y yo
peleándonos el sueño entre besos.
Qué triste es descubrir
que incluso los recuerdos más hermosos
también pueden lastimar.
A veces me pregunto
si alguna noche piensas en mí,
si al escuchar ciertas canciones
tu pecho también se aprieta un poco,
si aún queda algo mío
perdido entre tus días.
Porque yo sí cargo contigo.
Cargo con tu voz,
con tu perfume imaginario,
con la costumbre absurda de buscarte
en cada persona que llega.
Pero también aprendí algo:
nadie merece quedarse
donde tiene que mendigar amor.
Y aunque me fui roto,
aunque hubo días
en que respirar pesaba demasiado,
entendí que soltarte
era la única forma de salvarme.
No todo el que sonríe está en paz.
A veces uno aprende a disimular las ruinas,
a conversar mientras el corazón sangra,
a decir “todo está bien”
cuando por dentro todo terminó hace tiempo.
Yo fui experto en eso.
En esconder tormentas.
En abrazarte mientras me despedía por dentro.
En seguir amándote
aunque sabía que me estaba perdiendo.
Y aun así,
si pudiera volver atrás,
volvería a encontrarte.
Porque hay personas
que llegan para quedarse toda la vida…
y otras
que llegan solamente para enseñarte
qué tan profundo puede doler el amor.
Tú fuiste ambas cosas.
Fuiste mi lugar favorito
y también mi herida más grande.
Ahora camino distinto.
Más callado quizá,
más roto de lo que aparento,
pero con la certeza
de que algunas despedidas
no son el final del amor…
son el comienzo de aprender
a sobrevivir sin él.
-
Autor:
Luis de leon (
Offline) - Publicado: 7 de mayo de 2026 a las 10:17
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco

Offline)
Comentarios1
Muy bello poema poeta.
Te invito a leer mi poema. Saludos poéticos.
https://www.poemas-del-alma.com/blog/mostrar-poema-824278
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.