Bajo Techos Prestados
Bajo techos prestados crece una generación,
no de raíces, sino de contratos,
no de llaves propias, sino de copias temporales
que abren puertas ajenas
y se cierran siempre desde fuera.
Nacimos en ciudades que prometían futuro
como quien promete lluvia en el desierto,
y aprendimos pronto
que el horizonte no era una línea,
sino una factura mensual.
Nos dijeron: estudia,
esfuérzate,
hazte imprescindible.
Pero olvidaron decirnos
que el suelo bajo nuestros pies
ya tenía dueño
antes de que supiéramos caminar.
Así creció la vida,
entre anuncios de alquiler
y visitas que olían a urgencia,
entre paredes que nunca aprendieron nuestros nombres
y caseros que jamás aprendieron nuestras historias.
Somos la generación que mide el tiempo en renovaciones,
que celebra contratos como si fueran victorias,
que teme cada subida
como se teme un invierno sin abrigo.
Y sin embargo,
no somos solo precariedad.
Somos también la grieta.
Porque vimos caer el relato
de la casa como destino,
del esfuerzo como llave,
del mercado como árbitro justo.
Vimos cómo las ciudades se vendían por partes,
cómo los barrios cambiaban de idioma
sin mover una sola piedra,
cómo los balcones se convertían en escaparates
y las vidas en mercancía.
Y empezamos a nombrarlo.
Nombramos el miedo
cuando el buzón traía amenazas en lugar de cartas,
nombramos la rabia
cuando el hogar se volvía transitorio,
nombramos la injusticia
cuando vivir se convirtió en lujo.
Y al nombrarlo,
algo empezó a cambiar.
Porque donde antes había silencio,
brotaron voces.
Donde había puertas cerradas,
aparecieron manos llamando al mismo tiempo.
Aprendimos que la soledad era parte del contrato,
y que romperla
era el primer acto de rebeldía.
Entonces llegaron las asambleas,
los pasillos llenos de vecinos que ya no eran desconocidos,
las cocinas convertidas en trincheras de ideas,
las plazas recuperando su antiguo oficio:
ser lugar de encuentro.
Y entendimos algo sencillo
y enorme:
que el hogar no es un objeto,
es un derecho que se construye en común.
Que ninguna ciudad puede llamarse viva
si expulsa a quienes la sostienen,
si convierte la vida en renta
y la dignidad en excepción.
Soñamos entonces con otros mapas:
calles donde quedarse no sea un privilegio,
edificios que no respondan a la especulación
sino al cuidado,
barrios donde el tiempo no esté en venta.
Soñamos con puertas que no expulsen,
con ventanas que no miren al miedo,
con contratos que no sean cadenas
sino acuerdos justos.
Y en ese sueño,
la vivienda dejó de ser mercancía
y volvió a ser refugio.
Quizá aún no hemos llegado,
quizá todavía cargamos cajas de una casa a otra
como quien traslada su vida en fragmentos,
pero ya no caminamos a ciegas.
Porque ahora sabemos
que las llaves del cambio
no están en los bolsillos del poder,
sino en las manos que se juntan.
Y aunque la noche del mercado sea larga,
aunque las luces de los escaparates intenten deslumbrarnos,
hay algo que no pueden comprar
ni desalojar:
la certeza
de que un día
la ciudad será de quienes la habitan.
Y entonces,
por fin,
dejaremos de alquilar el futuro.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2024.€
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 2 de mayo de 2026 a las 01:04
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

Offline)
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